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Andrés Ibañez



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Uno de los nuestros el igualitario
Por: Ricardo Bajo

Santa Cruz es una ciudad colonial con plaza principal y ocho cuadras alrededor. Viven unas 15.000 personas, la mitad son españoles o descendientes, el resto son mestizos, criollos, cholos (mestizos urbanos), indios y negros, unos dos centenares. Los cruceños son racialmente homogéneos y los descendientes de los españoles dominan todas las capas sociales, desde las pobres hasta las ricas. Incluso en el departamento (las otras dos ciudades son Samaipata y Vallegrande), los indígenas, guaraníes en su mayoría, son tan sólo la mitad de la población, a diferencia del resto del país.

Santa Cruz vive en una solidaridad patriarcal donde la propiedad privada de la tierra no existe. Sus hacendados gozan de las tierras sin derecho a compra y venta, siendo sus propietarios mientras pasta su ganado o madura la cosecha.

Los cruceños tienen el índice de alfabetización más grande de Bolivia (uno de cada tres niños va a la escuela, en La Paz, uno de cada 68) y tienen varios periódicos locales. Gran parte de la población (30%) está formada por artesanos, que se hacen llamar los ‘sin chaqueta’ y tienen derechos como votantes. Santa Cruz, alejada del centro político, se dedica a proveer de azúcar, charque y arroz al interior. Los cruceños son, como dice René Moreno, ‘hermosos como el sol, pobres como la luna’.

Corre el año 1876 y todo está a punto de cambiar para siempre. El incremento de los intercambios comerciales y la victoria del libre mercado (es decir, la llegada del capitalismo librecambista) va a provocar graves cataclismos sociales en la lejana Santa Cruz. El auge económico causa la llegada a la ciudad de habitantes del altiplano y de pueblos guaraníes. La lucha de clases, eliminada la ‘fraternidad provincial’, estalla entre la élite local (ganaderos y dueños de ingenios azucareros que abren mercados para el comercio exterior y quieren conservar sus privilegios en el cabildo) y la plebe (artesanos y obreros).

Y ahí, en medio de este panorama novedoso, de crisis, de malestar popular, cuando no ha muerto lo viejo (la sociedad tradicional) y no ha nacido lo nuevo, está parado nuestro personaje, nuestro mártir, Andrés Ibáñez. No sabe todavía que sus sueños de igualdad y justicia social lo van a llevar prematuramente a la muerte, a sus 33 años, fusilado cerca de la frontera con Brasil en un pueblito llamado San Diego, junto a tres de sus compañeros Francisco Javier Tueros, Manuel María Prado y Manuel Valverde.

Ibáñez muere feliz, si cabe semejante dicha. Las descargas de los verdugos acallan el más sorprendente experimento social en la historia de Bolivia en el siglo XIX. La desconocida revolución de la igualdad, bajo el grito de ‘todos somos iguales’, ha fracasado. Ibáñez ha muerto como los primeros cristianos, como un mártir. Tal vez como alguna vez soñó.

La primera revolución socialista (algunos la denominan protocomunista o anarquista) nace a comienzos de la década de los 70, del siglo XIX, liderada por el ‘mestizo Ibáñez’ (como lo llama René Moreno), un abogado cruceño de familia que estudia en Sucre.

A sus 24 años es elegido concejal de Santa Cruz. Ya es un tipo conocido y va camino de ser la figura más popular de la ciudad. Dos años después, se subleva contra Melgarejo y su lucha contra la dictadura lo convierte en héroe popular. En 1871, es elegido diputado, es despedido en la plaza por una multitud y sufre camino a Sucre su primer intento de atentado mortal: la élite y los poderosos ya lo quieren ver muerto. En el Congreso, defiende proyectos de ley a favor de Santa Cruz, vislumbrando ya el posterior federalismo, que más tarde abraza.

Las ‘ideas francesas’, el pensamiento socialista utópico europeo, la Comuna de París con su proyecto de federalismo socialista y autonomía municipal junto a las lecturas de Rousseau, Proudhon, Renan, Darwin, Lamennais marcan su identidad y su lucha política.

Ibáñez, sin embargo, no escribe. Es un hombre de acción. Y de acciones espectaculares y cautivantes. En la campaña electoral al Congreso de 1874 se enfrenta a su rival, el líder de la élite cruceña, Antonio Vaca Díez (curiosamente, Hormando, un descendiente llega a la Asamblea Constituyente de 2007 con una agrupación ciudadana que lleva el nombre de Ibáñez). Discute con él en la plaza ante cientos de personas. Ibáñez, vestido con la leva típica de los abogados, sombrero de copa y botines de charol, se acalora, arroja la leva y los botines al piso y se retira descalzo, seguidos por los también pies descalzos de sus seguidores. El gesto es repetido por su fiel partidario, Carlos Melquíades Barberí, que da a conocer el grito de guerra: “Todos somos iguales”. Dos días más tarde, nace el Club de la Igualdad, cuyo órgano de difusión es el periódico El Eco de la Igualdad. Sus directores son Ibáñez, Barberí y Antonio Barba. Y protestan contra el olvido de los intereses de Santa Cruz y su pueblo, reclaman caminos y el desarrollo de su economía, recibiendo el apoyo de artesanos y parte de los criollos acomodados. Ha nacido el movimiento de los igualitarios, que dos años después protagonizará la revolución de la igualdad en Santa Cruz.

Fuente: Ecdótica



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