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Regreso a Río fugitivo



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Regreso a Río fugitivo
Por Edmundo Paz Soldán

(Prólogo de Río fugitivo a la edición boliviana)

A principios de los noventa, yo vivía en Alabama y tenía un par de ideas para embarcarme en una segunda novela. Quizás por la nostalgia, quería escribir sobre el año de promoción, el último que había vivido en Bolivia. Creía que era un tiempo mítico, el fin de la adolescencia y el principio de la temprana juventud, cuando uno comienza a irse de casa y a adquirir responsabilidades y está entusiasmado por ese futuro que se le abre a sus pies, sin saber muy bien qué es lo que le espera. Sí, yo era de los que contaba los días para que terminara el colegio, y había querido irme de Cochabamba, pero, apenas cinco años después, todo había cambiado: el año de promoción en el colegio Don Bosco de Cochabamba era ahora un período de leyenda. Mi novela se llamaría Fin de fiesta.

Escribí setenta páginas de ese manuscrito y no pude continuar. Quería contar algunas anécdotas familiares, experiencias personales en el colegio, pero no estaba orgulloso de ellas y el pudor me ganaba la partida. Archivé el proyecto y concluí que en esas páginas me jugaba la vocación: sólo podría convertirme en escritor si llegaba a perder el pudor. Debía poder escribir sobre aquellas cosas que me avergonzaban si las contaba en voz alta delante de gente. Debía poder escribir sobre aquello que me dolía, sobre mis momentos bajos, sobre todo aquello de lo que no me enorgullecía.

Me fui a Berkeley a hacer un doctorado en literatura latinoamericana. Escribí Alrededor de la torre, mi segunda novela. A mediados de los noventa, en los tiempos libres que me dejaba la tesis doctoral, Fin de fiesta volvió a la vida, pero ahora con un título hermético: Una estela blanca en Chinatown. Tenía, esta vez, modelos claros, influencias centrales, y creía que mi historia podía despegar esta vez. 1984, año de mi promoción, había ocurrido durante la debacle hiperinflacionaria de Siles Zuazo; tomando como punto de partida el ejemplo de una novela como La ciudad y los perros, intentaría que el microcosmos del Don Bosco fuera un reflejo del macrocosmos social del país. Mi narrador sería un adolescente parcialmente basado en el que yo había sido: un chico fascinado por las novelas policiales de Agatha Christie, que las plagiaba para escribir cuentos que sus compañeros leían, y que también se escribía cotidianamente un periódico para su curso. El tono del narrador estaría influido por el del Javier Marías que acababa de descubrir en Corazón tan blanco y Mañana en la batalla piensa en mí: alguien que no le tiene miedo a las digresiones, alguien que narra a partir de ellas y que, además, está obsesionado por la idea de que el mundo depende de sus narradores, y de que todos, por una u otra razón, están siempre narrando historias.

La novela me tomó dos años de escritura; la terminé en 1997 y fue publicada en 1998. Para ese entonces, se había convertido en Río Fugitivo. La había escrito en estado de trance y, debido a la distancia, y también a que por fin había podido usar sin tapujos mi experiencia personal como parte fundamental del relato, no me había fijado en que allí contaba cosas que podían ofender a mi familia y a los amigos. La primera reacción adversa fue en casa, con mi madre y mi hermano. Me preparé para lo peor. Luego, el padre Miguel Ángel Herrero, director del Don Bosco en ese entonces, me buscó muy molesto y me invitó a que, una nublada mañana de sábado, en el coliseo de fulbito del colegio, enfrente de unos cincuenta profesores, explicara por qué en la novela los alumnos eran tan irreverentes, tan insultantes con los curas y los profesores. Nervioso, atiné a comenzar mi intervención respondiendo a su pregunta: “Si algo debo decir, es que me he quedado corto”. Hubo aplausos de un sector de los profesores, y me sentí mejor: no todos estaban en mi contra.

El momento más difícil esa mañana fue cuando la profesora de Química, doña Esperanza, me preguntó por qué, si su vida era tan intachable, la profesora de Química de la novela era capaz de serle infiel a su marido. ¿Cómo responder a esa pregunta? ¿Explicar eso de que, para un novelista, la realidad puede ser un buen punto de partida pero jamás uno de llegada? Le prometí que escribiría un artículo en la página editorial de Los Tiempos, en el que explicaría claramente qué era verdad y qué ficción en Río Fugitivo. Ese rato, al ver el rostro descompuesto de una profesora a la que respetaba mucho, pensé que tenía que hacerlo; después, me di cuenta que no.

Con los años, me he vuelto amigo del padre Herrero, pero a veces me pregunto por qué, a más de dos décadas de salir bachiller, he sido invitado a hablar en muchos colegios de Cochabamba, pero jamás en el Don Bosco. Con todo, siempre me emociona encontrarme con alumnos de las nuevas generaciones del Don Bosco que me dicen que han leído la novela; no los conozco pero, de pronto, me siento muy vinculado a ellos.

Hubo también, esos meses posteriores a la publicación de Río Fugitivo, anécdotas con mis ex-compañeros de curso. Uno de ellos no había leído la novela y estaba enojado conmigo porque le habían dicho que daba un retrato algo negativo de él; cuando la leyó, se dio cuenta que, más allá del fondo, importaba la forma: él era uno de los personajes centrales de la novela, y eso mostraba, sobre todo, cuán importante era él para mí. En cuanto a otro ex-compañero, durante muchos años tuve miedo de cruzarme en la calle con él, y antes de ir a las reuniones de curso en diciembre, preguntaba si asitiría; pero él había partido a los Estados Unidos muy temprano, y nunca había vuelto. A veces me encuentro pensando en cómo será el reencuentro, y si habrá leído la novela.

Si tuviera que quedarme con una de mis novelas, elegiría Río Fugitivo. Es la más íntima, la más personal; aquella en que puse más de mí. Al revisarla para la nueva edición, me sorprendió redescubrir al narrador, a Alfredo y su hermana, a sus padres, a Eulalia, a Mauricio y Chino, Tomás y Conejo, el padre Tejada y el inspector. Ese mundo pululante y caótico en la página era mi versión distorsionada de la Cochabamba de mi adolescencia, aunque algunas cosas se habían terminado fundiendo con mis recuerdos de ese período. Cambié frases y párrafos que encontré redundantes, pero mantuve intacto el núcleo del relato, los motivos a veces complejos y a veces no tanto de los personajes. Si bien me emociona cada nuevo libro escrito y publicado, me emociona mucho más recuperar este mundo. Quizás ocurre que, con los años, uno aprende de verdad que, como dice Quevedo en un poema citado en la novela, sólo lo fugitivo permanece y dura. Y ese año, y la reinvención de ese año en la escritura, se me aparecen ahora como puro tiempo fugaz que traté con todas mis fuerzas de detener.

Fuente: Editorial Nuevo Milenio / Ecdotica



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