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Crítica a La decisión de Mauricio Rodríguez Medrano por Luis Minaya

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La inercia como método
Por Luis Minaya Montaño*

El cuento titulado “La Decisión”, de Mauricio Rodríguez Medrano narra la alienación existencial de Salvador Silverio, cuya falta de autoridad sobre sus necesidades lo hace dependiente de otros para su comercio con la realidad.

Está preso por un crimen que no ha cometido y su enlace con el mundo es el Compadre, un personaje tenebroso que, siendo el asesino de Alondra, maniobra para que Silverio fuera condenado por ello a 30 años de cárcel.

Silverio no es un hombre resignado ni vencido. Es inerte, sin control de sus sensaciones, tanto que no está seguro de haber cometido el asesinato, que “olvida como imaginó el incidente”. El Compadre se encarga de restregarle los detalles, entre vasos de alcohol con sultana, durante las visitas a la prisión.

Nos enteramos que el intrigante Compadre se autoelimina, sugiriendo que lo hacía como un Judas arrepentido por su traición. Aunque es más probable que no tolerara perder el control de Silverio, al que le quedaban pocos meses para cumplir su condena.

Una mañana un dinamitazo abre un boquete en la pared de la celda de Silverio. Una sublevación de mineros y campesinos ha tomado la carcel de San Pedro y los reos escapan del penal. En un arranque de narcisismo Silverio rehusa sumarse a la fuga colectiva para jugarse sólo.

Un avión ametralla a los manifestantes que han tomado la Plaza de San Pedro. El avión es el agente que restaura el orden en la urbe. El silencio acalla lo humano y solo se escucha el arrullo de las palomas.

Silverio emite señales contradictorias. Se puede suponer que en su único acto racional, ya libre de la influencia demoníaca del Compadre, decidiera lanzarse para ganar libertad personal. También es posible que al hallarse sin guardián saltara al vacío para completar su autodestrucción y retornar a su estado prenatal.

Es la recompensa que el destino les reserva a Silverio, por su inercia personal, y al Compadre, por su inútil intento de simular solidaridad humana.

Cuando Silverio salta para zafarse de su alienación, un balazo lo deja en suspenso. Las palomas de la Plaza de San Pedro levantan vuelo al cielo. No sabemos si alguna retorna con una rama de olivo en el pico, para anunciar que el diluvio ha terminado para Silverio.

El escenario del cuento gira en torno al Penal de San Pedro y la acción abarca dos horas. El personaje ausente, pero activo, es Alondra, en cuyo alrededor gira el destino de los hombres de la narración. La televisión es otro factor enigmático, que se arroja la representación de la ley y determina la culpabilidad de Silverio.

El cuento de Rodriguez Medrano habla de la inutilidad de intentar eludir el control autoritario y de lo vacuo de las victorias populares que incitan a los reos salgan a retomar su libertad. Silverio tiene el alma encadenada y ninguna rebelión le sirve.

Sin salida, como diría Sartre.

*Autor de la novela “El Cadáver de Leonardo”, publicada por Los Amigos del Libro.

Fuente: Ecdótica

Sun Tzu

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Sun Tzu
Por: Pedro Shimose

Diecisiete años antes del estallido de la Revolución Francesa, un misionero católico francés, el padre J.J.M. Amiot sj, publicó en París (1772) un ensayo interpretativo de El arte de la guerra, de Sun Tzu o Sun Wu Tzu, como lo denomina Mao Tse Tung. La obra del padre Amiot tuvo amplia difusión y ella fue reeditada en 1782. Es probable que el entonces teniente Bonaparte –ávido lector– la leyera. Desde entonces, El arte de la guerra se divulgó en Japón, Rusia e Inglaterra antes que en la propia China. En los albores de la II Guerra Mundial, los oficiales del ejército nacionalista de Chiang Kai-shek –tan ‘occidentalizados’– se equivocaron al menospreciar las enseñanzas de Sun Tzu por considerarlas algo ‘pasado de moda’ en la era de las armas automáticas, los tanques blindados, los submarinos y la aviación. Grave error, Mao y su Ejército rojo reivindicaron las enseñanzas de Sun Tzu.

Los datos biográficos del autor de El arte de la guerra son imprecisos. Hasta hace poco se creía que era un mito como Homero, pero hoy se sabe que nació en el estado de Chi, en el siglo IV a.C. Antes se creía que había sido escrito en el año 500 a.C., pero hoy se ha fijado el siglo IV a.C. como fecha genérica para situar la ofrenda del libro El arte de la guerra al rey Ho Lu, monarca del incipiente estado de Wu.

No es mi intención reseñar el libro de Sun Tzu. Hay que leerlo. Por Iberoamérica circulan muchas ediciones populares poco fiables. Si me lo permiten, citaré dos ediciones asequibles al lector no especializado en temas militares. Una, la versión del orientalista Thomas Cleary, de la Universidad de Harvard, EEUU (Massachusetts, Shambala Publications, 1988), traducida al español por Alfonso Colodrón y publicada en Buenos Aires por la editorial Edaf, en 1993 (125 págs.). Y otra, la versión de Fernando Montes, publicada en España (Madrid, Editorial Fundamentos, 1974, 164 págs.). Ambas se apoyan, sin decirlo, en la magna edición del general Samuel B. Griffith (Oxford University Press, 1963). Hay una pulcra y erudita versión en español de la edición Griffith, en la cual se omite el nombre del traductor. Es una edición preciosa y rara. Está publicada por una editorial alemana (Colonia, ed. Evergreen, 2008, 272 págs.) e impresa en China. Recomiendo esta edición por el iluminador prólogo de B.H. Liddell Hart, el prefacio del propio Griffith, los nuevos datos sobre Sun Tzu, la guerra en la China del siglo IV a.C. y un estudio comparativo entre El arte de la guerra, de Sun Tzu y tres libros de Mao Tse Tung.

Escribo estas líneas informativas porque un político boliviano, el vicepresidente García Linera, le ha regalado un ejemplar de El arte de la guerra al presidente Evo. Llama la atención que sea el Vicepresidente matemático quien recomiende la lectura de un libro de estrategia militar. Quien conoce bien a Sun Tzu es el ministro de la Presidencia, el capitán Quintana, oficial becado de la Escuela de las Américas, academia militar estadounidense donde, sin duda, se estudia el libro de Sun Tzu, cuyas enseñanzas, deduzco, han servido para sitiar y amedrentar las ciudades de Sucre, Santa Cruz, Tarija y Cobija, los edificios del Congreso, en La Paz, y la Casa de la Libertad, en Sucre, y derrocar al prefecto de Pando, don Leopoldo Fernández, elegido democráticamente en el bendito ‘referéndum revocatorio’ de hace tres meses.

Sun Tzu escribió El arte de la guerra para vencer a los ejércitos enemigos. Los prefectos del Conalde no tienen ejércitos ni son enemigos. El MAS, en cambio, tiene tres ejércitos: las Fuerzas Armadas de Venezuela, las Fuerzas Armadas de Bolivia y los ponchos rojos. Así, cualquiera gana cualquier guerra sin necesidad de leer a Sun Tzu. // Madrid, 28/11/2008.

Fuente: El Deber

La polémica en torno a La gula del picaflor de Juan Claudio Lechín

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La polémica del picaflor
Por: Gerson Rivero

(La gula del picaflor, de Juan Claudio Lechín, tuvo un curioso detractor. Un catedrático francés de la Sorbona calificó a su autor de ‘agente del demonio’, prometió ‘quemarlo en esfigie’ y lo comparó con el Marqués de Sade. La novela cuenta los relatos de un grupo de seductores de todo el país que se reúne en un particular congreso).

Es frecuente que un libro genere críticas, buenas o malas, y de diferente índole. Pero el caso de La gula del picaflor, de Juan Claudio Lechín, es bastante curioso, pues las observaciones que le hizo un catedrático francés no fueron literarias, sino moralistas. La historia comienza hace cuatro meses, cuando Malavialle Renaud, hispanista y profesor de la cátedra Civilizaciones y literaturas de España y América desde la Edad Media hasta la Ilustración, de la Universidad Sorbona de París visitó al Premio Nacional de Novela 2003, junto a un grupo de sus alumnos. Al final del encuentro, Lechín le sugirió leer su libro.

La respuesta de Renaud llegó hace poco, vía mail, calificando al escritor cochabambino de ‘agente del demonio’, promete ‘quemarlo en efigie’ y lo compara con el legendario Marqués de Sade. Reproducimos la crítica del académico francés y la respuesta de Juan Claudio.

La carta de Renaud
Hola, don Juan Claudio, espero que esté todo bien. ¿Sí? Bueno, esto es sólo una fórmula convencional pues con lo que me trago de tu prosa, de tus palabras, de tu tiempo y de tus visiones, no sé ya qué desearte, ¡peligro de los sentidos!, ¡agente del demonio!, ¡perdición de la juventud! Te das cuenta de que yo te visité con estudiantes de veinte años, confiantes y serios, decorosos, como lo pudiste intuir. Y tú, además de no escondernos la existencia siquiera del libro, de cuyo nombre ni quisiera acordarme, potenciaste nuestra inconfesable ‘libido sciendi’, sugiriendo que “podíamos buscarlo”, por si lo encontrásemos, por las calles de La Paz, nunca tan mal llamada.

Hasta aquí todo bien, pero quisiera poder decirte que sólo al ver la portada y al leer el título lo quemamos… Te cuento que yo lo leí, que no me ayudó a dormirme, ni mucho menos, como tantas otras novelas decentes y aconsejables. ¡Fui a buscarles a los estudiantes un maestro literario boliviano y nos topamos, ingenuamente, con un marqués (de Sade) hispano, ademas de boliviano! Sé que hay quienes encontraron tu libro también. No sé si lo leyeron y no sé si quiero saberlo, cómo disuadirles, que no estoy tan tonto para ignorar que sería contraproducente.

Bueno, no pensaba que te merecieras tener noticias mías, pero puede que te aleje y aunque sólo sea por eso, valga la inmodestia, te cuento que yo si soy decente: doy clases de iconografía de la Virgen, inmaculadas y anunciaciones, como Dios manda. Así que mucho ojo, hermano, que el mío te vigila. Tú aludiste también a una comedia a lo antiguo, si bien recuerdo, o histórica en todo caso. Estaría bien para tu salvación que la expurgara yo. Rezaré por ti, si aceptas la censura, es mi única oferta.

Avísame si te pasas por Francia, que no te arrepentirás. Y si no vienes, procuraremos quemarte en efigie.
Renaud

La respuesta
Recordado profesor Renaud:
Entiendo su sorpresa al descubrir que un boliviano está lejos de la imagen del buen salvaje y que pueda llegar a ser un émulo del marqués. Nunca un original, por supuesto, porque el lado original del mundo es el hegemónico, el eurocentrista, que es original hasta para el pecado.

Verá usted que no tengo salvación. Pero hay gente joven a quien si puede salvar. Por ejemplo, hay una muchacha francesa que ha hecho un estudio muy minucioso de mi novela. Se llama Clemence Bouffare.

Espero que usted pueda disuadirla de que es mejor no ver las realidades de la seducción y que es más aconsejable concentrarse en un solo lado de la vida, la de las imágenes santas y la pureza. Territorios sin duda encomiables, pero para mí parciales.

Le agradecería mucho la quema prometida en efigie. Me trae usted a la memoria fantásticas épocas pasadas de prejuicios, aventuras, coros gregorianos, cilicios, transgresiones amorosas y deseos desatados. Si puede ser pública, sería excelente, y si puede usted tomar cuidado de que esté presente la televisión, sería aún mejor.

Mis obras de teatro tienen que ver con otro tipo de transgresiones. Tratan sobre el supuesto descubrimiento y conquista que de Europa realiza el Inca Huayna Capac en 1491.

Estoy muy halagado por su mail y sus palabras. No es frecuente ni sencillo llegar a tocar el alma del semejante y estremecerla. En estos tiempos, donde la pornografía, las violaciones, los crímenes y las masacres son normales, y hasta hay asesinos y violadores famosos y admirados, debo concluir que el tratamiento de mi novela tuvo el mérito de trascender esas rutinarias informaciones de la televisión contemporánea y conmoverlo a usted.

Le quedo agradecido por hacérmelo saber y si vuelve por Bolivia estaré, como estuve, siempre deseoso de atenderlo. Lo saludo con las muestras de mi mayor atención.

Juan Claudio Lechín

El libro
La gula del picaflor cuenta la historia de don Juan, un anciano que en el ocaso de su vida quiere conquistar a la joven Maya. Para ello, convoca a un congreso de seductores de todo el país.

Se presentan expertos casanovas de las diferentes regiones que empiezan a relatar las experiencias que han vivido. Estos relatos evocan clásicos de la literatura tanto románticos como eróticos, que van desde Romeo y Julieta hasta las obras del Marqués de Sade, con quien compara Renaud a Lechín. Sin embargo, son todos relatos muy bolivianos, que tienen el sello particular de las tradiciones locales.

Desde un comienzo, el tema y la forma de exponerlo abiertamente generó cierta susceptibilidad en un ambiente cultural boliviano todavía conservador. Empero, nunca trascendió las cortinas de las charlas de café y el intercambio de mails.

En algunos espacios como las ferias de libros de La Paz y Santa Cruz, se analizó el libro en mesas estrictamente literarias. Algunas de esas reseñas fueron publicadas en páginas y blogs culturales. El libro se convirtió en un best seller y catapultó a su autor en el escenario literario nacional e internacional, ya que fue finalista del premio Rómulo Gallegos, en Venezuela.

Fuente: El Deber

Mafalda, ha muerto?

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Quino: “Yo no maté a Mafalda”

El dibujante argentino Quino aseguró hoy en que él nunca dibujó la muerte de su personaje más famoso, Mafalda, en referencia a un rumor sobre una tira donde moría atropellada.

“Es una creación exclusivamente mexicana, yo no sé quien la ha inventado”, sostuvo divertido.
“Esta leyenda del camión de sopa -porque hay varias versiones, otra dice que fue un coche de policía- nació aquí en México, y hay gente que me dice ‘yo vi la tira dibujaba por usted’, y yo jamás dibujé eso”, explicó.

Aun así aseguró que no volvería a dibujar a Mafalda ahora porque los jóvenes actuales están desilusionados y no quieren cambiar el mundo para mejor, al contrario de la década de 1970, cuando nació el personaje.

“En el mundo los problemas se van dando en espiral, nunca de la misma forma. La época en que yo hacía Mafalda no se repite, (…) toda la juventud tenía ideales políticos para empezar, y creíamos, con los Beatles, el Che Guevara, el Papa Juan XXIII y el mayo francés del 68, que el mundo estaba cambiando para mejor”, indicó.

Agregó que en cambio ahora “los ideales políticos se han diluido” y que el sistema ha asumido todas las protestas. En su opinión, hoy lo que quiere la juventud es estudiar, conseguir un título y un trabajo y que nada cambie para conservarlo. “Eso me parece terrible, porque nadie piensa en este momento que el mundo va a cambiar para mejor”, se lamentó en una rueda de prensa el artista, que se encuentra en el país promocionando el libro “Mafalda inédito”, una novedad en México pese a que lleva varios años publicado en otros países.

“Es irrepetible la época aquella, no podría yo empezar hoy con una pena que tiene estos ideales y estas ganas de que el mundo cambie para bien, que fueron los que yo tuve”, sostuvo.

Quino, nacido en Mendoza en 1932, recordó que toda su familia era española y primero vivió la desilusión de la Guerra Civil, después la Segunda Guerra Mundial, y por último la de Corea. “Cada paso que da la humanidad hacia delante, después da dos para atrás con mucha sangre y millones de muertos, es siempre así”, aseguró.

Por todo ello descartó que se pueda repetir esa época y encontrar “un personaje que protesta de todo para que todo cambie, porque en el fondo Mafalda es muy positiva”. A pesar de reconocer que él ha perdido las ilusiones, opinó también que “históricamente uno no puede perderlas, debe tener fe de que la humanidad va a ir mejorando”.

“Es obligación creerlo aunque uno crea que es mentira”, añadió. Quino consideró que actualmente no hay políticos en el mundo con los que ilusionarse e identificarse, excepto quizás Barack Obama. “A mí me asusta un poco que se ha tomado en todo el mundo como si hubiera llegado el Mesías” y que va a solucionar todos los problemas del planeta, ya que eso “lo va a desbordar”, opinó sobre el presidente electo de Estados Unidos.

En Argentina, dijo, conocen muy bien el peligro de la desilusión con los políticos, que en América Latina se solucionan con un golpe de Estado y en EE.UU. “matando al presidente”, bromeó.

Por último, el dibujante admitió que Mafalda sigue “muy viva” para la gente, que encuentra en ella la ilusión perdida, lo cual le hace muy feliz.

Fuente: El Deber

El africano de Le Clézio

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“El africano”, una reflexión de identidad del Nobel 2008
Por Mabel Franco

J.M.G. Le Clézio, escritor francés a quien se ha llamado “un indio en la ciudad”, retrocede en este libro a sus años de niñez en África y a sus orígenes que halla en la propia concepción.

¿Quién se es? ¿Cuándo comienza a definirse lo que uno es? ¿Qué representan en este misterio los padres con su propia vida? En esto hace pensar el francés J.M.G. Le Clézio (1940) en el libro que escribió entre diciembre de 2003 y enero de 2004 y que tituló El africano (L’Africain).

Le Clézio es el Nobel de Literatura 2008. Que así sea ha motivado a buscar en las librerías la obra de este autor que, en la isla que suele ser Bolivia respecto a los libros, no es fácil de encontrar. Por suerte está el Nobel. Ya llegará su obra más diversa. Mientras tanto, la carta de presentación es El africano. No poca cosa y más que suficiente como para descreer lo que dijo algún crítico chileno sobre que el autor de Desierto o Lo desconocido en la tierra resulta aburrido.

El libro es un breve pero profundo ejercicio de memoria y de descubrimiento. Le Clézio recuerda su niñez en África, donde su padre ejerció como médico, y a partir de este hombre, de su ilusión y su desencanto posterior, va haciendo un contrapunto para comprenderse a sí mismo.

“Todo ser humano es el resultado de un padre y de una madre. Se puede no reconocerlos, no quererlos, se puede dudar de ellos. Pero están allí, con su cara, sus actitudes, sus modales y sus manías, sus ilusiones, sus esperanzas, la forma de sus manos y de los dedos, su manera de hablar, sus pensamientos, probablemente la edad de su muerte, todo esto ha pasado a nosotros”, escribe el Nobel.

Le Clézio no conoció a su padre sino cuando, a los ocho años, fue a su encuentro, junto a su madre y hermano, a Nigeria. La Segunda Guerra Mundial los había separado. Al niño le tocó encontrarse con un hombre duro, rígido, amargado por los años de soledad. Llegaría a sentir casi odio por ese ser que al mismo tiempo le acercó a un mundo, África, de absoluta libertad.

Cuenta el autor que “allí aprendí a olvidar”. Si antes rehuía su rostro en los espejos y en las fotos, “creo que la desaparición de mi cara, y de las caras de todos los que estaban alrededor de mí, data de la entrada en esa casa (una austera cabaña), en Ogoja”.

Paralelamente, “de esa época (…) data la aparición de los cuerpos…”. El suyo, los de sus familiares y de los africanos, sin afeites, sin afanes de esconder enfermedad ni edad, próximos todos, “algo que no había conocido antes, algo nuevo y familiar a la vez, que excluía el miedo”.

Con la distancia del tiempo, el autor irá comprendiendo a ese padre, trazando cercanías y distancias. Las primeras, su profundo respeto por esas culturas sufridas y colonizadas, sumergidas en la violencia de la enfermedad o de la guerra, pero aun así signo de auténtica vida. Entre las segundas, la amargura, porque Le Clézio no es el africano en que se convirtió su padre a fuerza de los desencantos, sino el heredero de aquel joven médico, enamorado de su esposa y de su trabajo, que concibió a sus hijos en ese continente intenso. Así, “si mi padre se había convertido en el africano, por la fuerza de su destino, yo puedo pensar en mi madre africana, la que me abrazó y me alimentó en el instante en que fui concebido, en el instante en que nací”.

En definitiva, el escritor escapa a los determinismos sin dejar de reconocer la huella de sus antecesores, dejando sentado que se es, en gran parte, lo que se elige ser. El africano. J.M.G. Le Clézio. Trad. Juana Bignozzi. AH. Bs. As., 2007.

Fuente: La Razón



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