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Cuento ganador de la II versión del concurso Los jóvenes también contamos



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El santo y yo
Por: Cristian Suárez Salinas

(Cristian Suárez Salinas, del colegio Isabel Saavedra, obtuvo el primer lugar en la II versión del concurso de cuento Los jóvenes también contamos, impulsado por el Centro de Arte, Cultura y Educación, y la Mesa departamental de Concertación por la lectura y escritura, de la que forma parte EL DEBER)

En la mañana lo dejo en la iglesia y me voy a lavar ropa a la casa. En la nochecita lo recojo y nos vamos al cuarto, yo lo he conocido así, pero él no es ciego de nacimiento, siente lástima por lo que nunca más ha visto la luz. Trabajaba en un bar y un día, de repente, se le nubló la vista, las cosas empezaron a desvanecerse poco a poco, hasta que no pudo distinguir los dedos de su mano y una mañana durmió hasta tarde porque el sol no lo despertó.

Continuó viviendo en una noche sin luna, a veces veía monstruos lejanos envueltos en una espesa neblina amarilla. Fue al hospital, le pusieron gotitas al ojo y después de examinarlo con aparatos metálicos y fríos le dijeron que necesitaba operación. Pero la operación cuesta plata y él no tiene. Entonces se fue a trabajar a la iglesia, donde tramita gracia e indulgencia. Allí lo conocí y nos juntamos, le dan buenas limosnas, especialmente los viejitos con anteojos.

Le gusta estar en la puerta de la iglesia, cerca de la virgencita, le reza todo el día para que se lleve las nubes. También reza para que regrese su hijo, no sabe nada de él, pero todos los días que van a pisar coca vuelven ricos. Volverá, algún día, con los pies verdes y un rollo de billetes del mismo color, con chamarra de cuero y anteojos oscuros, le costeará la operación y él volverá a ver -la plata te saca las nubes de los ojos y las devuelven al cielo; hasta te pueden sacar los ojos que no sirven y colocarte otros nuevos, el color que quieras; yo quisiera azules, como los gringos… si mi hijo no me costea la operación me comprará un perro policía con collar y correa, que me lleve donde quiera. Ese perro se llamará Nerón, conocerá las luces de los semáforos. Sabrá cómo esquivar los autos, morderá callado los traseros de los motociclistas, ¡esos malditos!, verá en las noches como los gatos, entenderá todo, como la gente. Más que guiarlo a uno, lo arrastrará suavemente y cuando le ordene: “¡A mi cuarto!” me llevará a mi cuarto, “¡al mercado!”. Allí me llevará como un taxi, si mi hijo no me hace operar ni me consigue el perro, por lo menos me regalará sus antejos oscuros- asegura el ciego.

Casi siempre la limosna alcanza para un plato de comida, se va al mercado solito, cruzando las esquinas con temor, tanteando el piso con su bastón blanco, los autos, los colectivos y los motociclistas.

Conoce el mundo por los olores, reconoce las flores de los altares y distingue el color de las rosas por su fragancia, le gustan las rosas ulincates. Me cuentan de los fieles que va a la iglesia dicen que la novia huele a galleta, las viejas a naftalina y mentolado, las monjas a almidón, las sirvientas a comino y quiliña en la misa de doce del domingo, los hombres huelen a oficina y a libro, las mujeres a flores desconocidas, los pobres a sudor y a trabajo. Dicen que yo huelo a ropa lavada y secada al sol.

Una vez me contó que en un matrimonio de segunda clase, la novia, que olía a helado de vainilla, dijo: ¡no! frente al altar. El cura creyó haber oído mal y repitió la pregunta, ella volvió a contestar que no quería casarse. Entonces el novio le dio un sopapo y la novia se desmayó, sacaron las flores de un florero y le echaron agua a la cara para reanimarla.

Los parientes y amigos del novio insultaban a los parientes y amigos de la novia desmayada, alguien pegó el primer puñete y se armó una pelea entre todos los invitados. A la salida de la iglesia comentaban que ella tenía otro novio, se lamentaban por la fiesta.

Yo nunca he tenido hijos y no es porque él sea ciego, antes de él, con el Serapio tampoco. El ciego es como mi hijo. En las noches me pide que yo también le cuente algo, pero a mí no me pasa nada y si me pasa, son peleas con las patronas o sus sirvientas: ¡tienes que frotar más, hasta que la ropa salga blanca!, me dicen. Froto con rabia pero siempre se descontentan, me riñen, pero aguanto. Esas cosas le cuento, él se aburre y dice que soy sonsa, no cree que no me pasa nada, dice que hay que saber ver las cosas.

Lo voy a recoger después de la misa vespertina del domingo.
– ¿Nos vamos nomás ya?
– ¿Cuántos quedan?, me pregunta.
– Dos viejitas y un caballero que se está confesando.
– Esperamos un ratito si es muy pecador, el tata cura le va a dar de penitencia cinco padres nuestros y una limosna al ciego. Nunca se olvida de mí el padrecito, recorro los altares, miro los ángeles con su trompeta, la urna con Cristo muerto, la dolorosa vestida de morado con dos lágrimas detenidas en sus mejillas. Pobrecita, me arrodillo frente a la estatua de santo, tiene una sonrisa contenta y los ojos fijos con pestañas de pelo natural, está rodeado de cirios encendidos y floreros con nardos. Al pie de la estatua está el pequeño cajón de madera oscura, asegurado por un candado y un letrero que dice: “Limosna para el santo”. La hendidura del centro parece una sonrisa, me fijo, en la esquina apenas asoma un billete dobladito, su colorcito anaranjado me hace pensar que es de cien pesos. No puedo creerlo. “¿Se habrá equivocado algún rico?”, pienso. “O se lo ha entregado al santo, agradecido por una gracia posible. ¿Para qué le va a servir al santo tanta plata? ¿Para que le prendan más velas? No creo que quiera más flores, ya debe estar mareado con tantos nardos. Eso tal vez alcanzaría para dar un adelanto para la operación o para pagar los alquileres del cuarto, debo de muchos meses y ya nos van a botar. O servirían para ir a la chichería y emborracharnos todos los días, con lo que me olvidaría de la ropa blanca que hay que seguir frotando hasta que me duelan los pulmones y el ciego se olvidará de sus nubes. Nadie me está mirando, sólo el santo. La viejita desgrana el rosario, mientras conversan con la Virgen, el caballero sigue contando sus pecados frente al confesionario, el sacristán entra y sale de la sacristía, me parece que está borracho, se toma el vino de la misa… el santo y yo, el cajón de la limosna y ese billete a medio salir. Acerco mis manos como quien acaricia el cajón, jalo el billete, lo encierro en el puño, abro mi mano y lo miro con disimulo, había sido realmente de cien, lo pongo en mi pecho y mantengo mi mano sobre el billete mientras mi corazón late muy fuerte.

– Gracias santo, no está enojado ¿no?
– El santo sigue sonriendo contento, me persigno y murmura palabras de agradecimiento mientras pienso que ya tengo algo para contarle a mi ciego.

Fuente: El Deber



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