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Fotógrafo de guerra



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Un antídoto contra la guerra
Por Luis Bredow

Fotógrafo de Guerra, el documental que Suiza exhibe en el marco del Noveno Festival de Cine Europeo, es una película que ningún boliviano debiera dejar de ver pues las fotografías de James Nachtwey son un antídoto contra una estupidez que estuvimos y quizás todavía estemos a punto de cometer.

Si la seriedad fuera el parangón del cine, apenas algunas películas llegarían a alcanzar la seriedad de Fotógrafo de Guerra, el documental de Christian Frei que Suiza exhibe en el marco del Festival de Cine Europeo 2008.

Frei, un productor, director, guionista y documentalista suizo siguió con minúsculas cámaras a James Nachtwey cuando este fotógrafo de guerra se adentró en las matanzas de Kosovo, Indonesia y Palestina, en 1999 y 2001.

Como pescadores en mares profundos, que sacan al sol espantosas y gigantescas medusas, así Frei y Nachtwey se sumergen en la oscuridad del horror y nos muestran cuán monstruoso es el hombre cuando se convierte en el espanto del hombre.

Nachtwey expone la guerra tal cual es: estúpida, absurda e inútil. El dolor y la muerte se presentan en obscena desnudez, sin los oropeles de la gloria ni del propósito. La civilización y la paz también exhiben perplejas su vergonzante impotencia, pues la muerte y la guerra imponen una realidad que torna irrelevante y vano todo intento de descripción, explicación o remedio.

Fotógrafo de Guerra es una película que muestra la quiebra del lenguaje y del sentido. A pesar de toda su elocuencia, la fotografía no logra más que mostrar algunas parcelas tomadas al azar del cuerpo repulsivo de un Leviatán que se ha hecho invisible porque está en todas partes.

Espanto detrás de espanto, las fotografías de Nachtwey muestran el mal absoluto en total desnudez, exhibiendo su horror único y mismo; pero también lo exponen cubierto con los siempre nuevos dolores que viste. Así, unas veces el espanto tiembla en los delicados dedos de una niña en Kosovo; otra vez se cubre con una mortaja verde en Palestina, o llega desafiante sobre un viejo camión a Ruanda.

Esta sucesión de cosas idénticas y siempre diferentes penetra la mente del espectador y lo deja perplejo y mudo en la oscuridad de la platea, viendo una película que no narra una historia coherente, pues no muestra nada que provoque suspenso, nada que exponga un proceso, ningún cambio, ningún comienzo ni fin. Las imágenes podrían sucederse durante horas, y nada quedaría dicho pues esta película muestra una historia que todavía (?) no tiene fin.

Fotógrafo de Guerra se sitúa en el grado cero de la narrativa cinematográfica y Nachtwey no puede hacer nada más porque en la guerra, todas las cosas y los acontecimientos dicen lo mismo: una cebolla dice hambruna, un riel de ferrocarril dice peligro, una cuna de niño dice abandono, unos zapatos dicen huida, un aula de escuela dice escombros, un terrón de suelo dice trinchera y tumba…

Fotógrafo de Guerra solamente atina mostrar que cuando la guerra se enseñorea del mundo, el mundo cabecea monótonamente como un sordomudo al que el horror ha arrebatado todas sus palabras y sentidos. Y los hombres y las mujeres —inventores del lenguaje, de la música y de la danza— enmudecen porque el mundo ya es solo una hoguera pestilente, una inmensa fosa común…

La congoja es el único lenguaje que pude expresar alguna realidad, pues en la guerra, en medio del humo y en el silbido de la muerte, sólo el luto logra emitir un balbuceo humano. Para conservar alguna dignidad, los hombres apenas tienen el recurso de expresarse desde el interior del luto, articulando gemidos y llantos. Nada más. El resto es silencio.

Aunque pareciera que los murmullos del llanto articulan algún sentido cuando lo envuelven en un jirón de plegaria, es evidente que es un intento fallido pues ese sentido ya no está en este mundo. El lenguaje humano ya no logra erguir una realidad mayor a la mudez que impone el espanto.

Sin embargo, si Jim Nachtwey no hubiera asumido la tarea de coger al espanto por la cola y obligarlo a que deje fotografiadas sus huellas, evidencias y documentos, la guerra sería pronto olvidada, como se olvidan las mortajas. Impedir ese olvido, es el sencillo motivo que Nachtwey ha dado a su vida. Para pagar su osadía de aprisionar el espanto, Nachtwey pone en riesgo su cuerpo inerme. Si el infierno no le ha cobrado todavía, es seguro que no tardará en hacerlo. Por eso, Fotógrafo de Guerra es una película indispensable.

Pero Nachtwey no sólo quiere mostrar al hombre convirtiéndose en espanto para el hombre, sino que cree firmemente que sus fotografías son un antídoto a la guerra. Aunque está consciente de la inmensa desproporción entre la elocuencia que puede lograr la fotografía y la mudez que impone la guerra, Nachtwey continúa cumpliendo la misión que se ha impuesto, pues él cree que fotografiar el delirio del hombre, contribuye a rescatar a la humanidad.

Este minucioso fotógrafo de guerra, cumple su tedioso oficio de notario con una seriedad tan profunda y un respeto tan inmenso, que las victimas dolientes no dudan un instante en permitir que se lleve en su cámara una parcela minúscula de la atroz realidad. No dudan porque saben que gracias a Nachtwey, la atrocidad cometida permanecerá impresa sobre el papel fotográfico, y quedará allí obligada a significar y confesar y denunciar el horror que el hombre comete en el hombre. De ahí que sea posible creer en Nachtwey cuando dice que el fotógrafo de guerra es el mensajero de las víctimas y que son ellas las que nos envían fotografías para que nosotros veamos su indefensión y reaccionemos recuperando con nuestra voz, la voz que el horror les arrebató.

Hoy, yo no dudo en asegurar que esta película aparece ahora en nuestras pantallas de cine para que sea vista por la mayor cantidad de bolivianos. Hoy Bolivia atraviesa un momento propicio para ver esta película porque acabamos de escapar a una guerra civil y ahora tenemos la responsabilidad de meditar sobre la estupidez que estuvimos a punto de cometer.

Por eso, quizás la Defensoría del Pueblo y las ONG debieran asumir el trabajo de convocar público para esta película; quizás las organizaciones sociales debieran dedicarle alguno de sus ampliados; quizás las instituciones educativas debieran alentar a sus alumnos a reaccionar ante estas fotografías; quizás el Parlamento, el Gabinete y las FF.AA. debieran ponerla en su Orden del Día y los partidos políticos y los jerarcas regionales dedicarle una reunión de sus cúpulas. Quizás se debiera alentar a los piratas a sacar copias de Fotógrafo de Guerra y lanzarlas al mercado, porque quizás si muchos bolivianos vemos esta película, logremos aprovechar una oportunidad para vacunarnos con un antídoto contra la guerra. Quizás.

Fuente: Ecdótica



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