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Cuento: La decisión



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La decisión
Por: Mauricio Rodríguez Medrano

(Cuento ganador del “Concurso Nacional de cuantos Libres” organizado por el PEN y FULIDE. El tema se refiere al valor de la libertad y fue convocado para jóvenes de 18 a 25 años de edad. Se realizará la publicación del cuento el 27 de noviembre, aunque, muchas veces, la imprenta puede tardar un poco más. Hubo, además tres finalistas que son de Santa Cruz y Sucre respectivamente, aunque eso se confirmará después del día 27. Este cuento se lo presentamos en calidad de primicia de ecdótica, además de que Mauricio Rodríguez, para quienes aún no lo reconocen, es uno de los dos ganadores del AXS y recibió algo de palo por ello. Pero ya ven, el tiempo decanta el talento y algunos lo tienen y de sobra. Quien sabe, de por ahí Mauricio, con apenas 22 años, sea un futuro referente de las letras bolivianas. Le deseamos suerte, que es lo único que podemos hacer desde acá)

Después de que el reloj de la plaza Murillo anunciara las seis de la mañana y los estruendos de las dinamitas se confundieran con el escándalo de la balas, Salvador Silverio, recluso de la cárcel de San Pedro, que en dos días cumpliría veintinueve de los treinta años sentenciados, habría de descubrir que la pared de su cuarto se había derrumbado, dejando, en su lugar, un espacio libre hacia la calle , resguardado sólo por la mirada impasible de la palomas arrimadas en el tejado del frente.

El Compadre, que en paz descanse, había recomendado a Salvador que no prolongara sus viajes. “Alondra necesita de un hombre que la retenga”, le dijo cuando vio a Salvador con sus maletas en la puerta. Pero, no, su ahijado podía perderse hasta medio año, negociando , sin trabajo fijo, sujeto a las eventualidades de la carretera, dejando su hogar a merced del destino Así lo descubrió Salvador cuando llegó a la ciudad en un camión polvoriento, casi un año después. Y, sí, dejó las maletas en la puerta y miró por la ventana. Alondra no estaba sola. Salvador hace mucho tiempo que lo estaba.

El viejo Silverio despertó asombrado, escuchando un golpe seco y mirando los escombros y el polvo de la tierra que se esparcía hacia el exterior. Escuchó dos dinamitazos. Bajó con pesadez de su catre y cojeó encorvado hacia la pared derrumbada. Dudó en mirar por la grieta que se había formado. Esperó que la última campanada del reloj de la plaza Murillo se acallara. Ladeó su rostro y vio a través de la grieta que afuera una marcha de mineros tomaba la plaza de San Pedro y los policías se formaban en hileras, tratando de contenerla. Disparaban a quemarropa. Dentro de la cárcel, lo reos se movían inquietos por el patio. Sacudían la puerta de entrada y golpeaban las paredes. Después de casi veintinueve años, el viejo Silverio no creía que el destino le había otorgado la posibilidad de la libertad. Volvió a mirar desconfiado hacia la calle. “Dos metros”, pensó. Si saltaba, el impacto podría ser menor. “Dos días y después un año”, habló en voz baja. Algunas palomas habían escapado por el estruendo de las dinamitas, otras caminaban desorientadas de un lado a otro.

El Compadre, que Dios lo tenga en su gloria, le había recomendado: “No vale la pena Silverio. Alondra siempre fue ajena”, pero, no, Salvador no escuchó. Tuvo que ser la noche incorrecta, el minuto incorrecto y la puerta incorrecta -la puerta de su casa- que Salvador decidió abrir. Sin embargo, no, él no se sentía culpable. Olvidó cómo buscó el cuchillo que estaba en el cajón enrejado de la cocina; olvidó cómo lo levantó por el mango con la mano izquierda y cómo el acero reflejó su rostro; olvidó los veintinueve pasos que dio antes de entrar a la habitación, la respiración que apenas podía contener, las gotas de sudor que le bañaban la frente; olvidó cómo empujó la puerta de su habitación, cómo se acercó a una esquina del catre y cómo lo bordeó hasta llegar al lado de Alondra, cómo levantó el brazo y cómo imaginó hundir el cuchillo hasta el fondo, más adentro de la piel que tanto quiso; olvidó cómo imaginó escuchar el último gemido, confundiéndose con el dolor y el placer; ver los ojos abiertos de Alondra y cómo se irían cerrando; besar sus labios fruncidos que nunca más se moverían; pero, no, Salvador había llegado tarde. El cuchillo cayó de sus manos. La sangre cubría la sábana de Alondra. Salvador, tal vez, sólo lo había imaginado, aunque era imposible saberlo. No en vano habían pasado casi veintinueve años.

El viejo Silverio volvió a mirar hacia el exterior. Lo hizo cauteloso, pensando que la grieta podría volver a cerrarse. Los mineros habían rebasado a la policía y se juntaban con los campesinos que ingresaban por las calles adyacentes. Los reos, dentro del penal, se amotinaron. Apaleaban la puerta de entrada, tratando de tumbarla. Si descubrían que el viejo Silverio ocultaba otra salida, entrarían a su habitación. “Sólo faltan dos días y después un año”, pensó. Vio por la grieta que el cielo era diferente, no como el rectángulo, entre paredes, al que ya se había acostumbrado después de casi veintinueve años. Volteó su cuerpo y vio que la puerta de su habitación estaba entreabierta. Hizo fuerza con sus brazos y enderezó su cuerpo como pudo. Cojeó encorvado hacia una silla, la levantó y la llevó para acuñarla con la puerta. Despegó el calendario de la pared posterior y cubrió la ventana que daba hacia el patio central. “Dos metros”, volvió a pensar. Algunas palomas se quedaron quietas, mirando la grieta como si nada más existiese.

El Compadre, alma bendita, había contratado a un abogado. Pero, no, de nada sirvió. A Salvador lo encerraron antes del juicio, mucho antes de que la madre de Alondra se quitara los cabellos en el velorio, golpeara su pecho pidiendo justicia, llorara hincada a los pies del ataúd, caminara en procesión hacia el cementerio y pidiera ser sepultada junto a su hija; antes de que los vecinos clamaran la pena de muerte y la reconstrucción del asesinato se transmitiera por la televisión.

El viejo Silverio lanzó algunos cascajos de estuco hacia afuera. Ladeaba su cuerpo a cada instante, asegurándose que la puerta de su habitación no fuese forzada por alguno de los reos. Los campesinos, junto a los mineros, rodearon a la policía en una esquina de la plaza de San Pedro. Silverio volvió su rostro hacia la grieta. Vio que las nubes empezaron a cerrar el cielo. La grieta parecía haberse reducido a un resquicio. La cuadra estaba desierta. El humo de las fogatas del patio central se esparcía, liberándose hacia el extremo sur de la cárcel. “Dos metros”, pensó el viejo Silverio. Se puso en pie y cojeó encorvado, de un lado a otro de la habitación. Buscó un cigarrillo en el cajón oculto, debajo del catre. No lo encontró. Cojeó hacia la ventana. Su frente se llenó de sudor. Levantó el calendario para mirar por una de las ranuras. Vio que los reos habían tumbado la puerta principal y cómo quemaban la caseta de ingreso y salían sin que los policías lo impidieran. El viejo Silverio volvió a cubrir la ventana. Cojeó apresurado hacia el resquicio y vio que se había reducido a una estría, donde a duras penas podría sacar parte de su cabeza y, tal vez si hacía esfuerzo, alguno de sus brazos.

El Compadre, bendito sea, visitaba a Salvador todos los fines de semana. “Alondra no valía la pena, pero se lo merecía”, le decía en cada visita. La cárcel para Salvador fue una extensión de sus dudas y remordimientos. Cada noche se repetía en su mente la muerte de Alondra. Ella lo visitaba y se sentaba en el borde de su catre y señalaba con su mano izquierda la herida que la mató. Se quedaba hasta la madrugada mirando, con algún dejo de responsabilidad, a Salvador. Y, sí, transcurrieron los años y el juicio llegó a su fin. “Treinta”, le dijo el Compadre en una de sus visitas.

El viejo Silverio miraba a las palomas del tejado del frente. Parecían aterradas y confundidas. Dentro de la habitación, se escuchó el caer sucesivo de unas hojas de papel. Silverio volteó con rapidez su cuerpo. El calendario que había puesto para cubrir la ventana estaba en el suelo. Se levantó ayudándose con un madero apoyado a un lado del catre. Cojeó, tan rápido como pudo, y lo recogió y mientras lo volvía a acomodar, vio que Sentencio Aguilar, uno de sus compañeros del penal, estaba parado afuera, mirándolo. “¿Te quedas o te vas?”, preguntó. Respiraba agitado. Llevaba una jaula de canario en el hombro derecho. El viejo Silverio cubrió con urgencia la ventana. Quiso contestar, pero su voz estaba aprisionada dentro de su garganta. “Todavía no lo sé”, respondió casi con un murmullo.

El Compadre, gloria en los cielos, siempre dijo a Salvador: “Alondra no te merecía”, cada vez que lo visitaba en la cárcel. Salvador creyó enloquecer. Los años pasaban lentos y sin ninguna esperanza. Los domingos de visita, el Compadre era el único que se preocupaba por verlo y acompañarlo hasta el final de la tarde, siempre recordándole y aumentando detalles sobre la muerte de Alondra. Y, sí, el caso fue cerrado y los reporteros dejaron de hablar sobre el asesinato.

El viejo Silverio se sintió aliviado por un momento. La estría de la pared pareció volver a crecer. Se apoyó en el borde del catre y limpió el sudor de su frente con el dorso de su puño izquierdo. Sentencio Aguilar se había alejado corriendo, cuando un estruendo de dinamita se escuchó en la única puerta de entrada de la cárcel. Los mineros habían hecho dispersar a los policías hacia el mercado Rodríguez. Victoriosos, gritaban y se juntaban con los campesinos en la plaza. Varios reos ya habían abandonado la cárcel. Los papeles de la oficina del alcaide avivaban las fogatas que ardían en el centro del patio. El viejo Silverio cojeó hacia la grieta de la pared. Sacó su rostro y vio que un avión sobrevolaba el cielo. “Sólo son dos metros”, pensó. Las palomas también observaban al avión.

El Compadre, Dios sea misericordioso con él, visitó por última vez a Salvador antes de ser encontrado colgado en el cancel de la puerta que daba al patio de su casa con un cinturón de treinta eslabones de plata. “Alondra se lo merecía”, le dijo el Compadre antes de entrar al cuarto de Salvador. El Compadre abrió una botella de alcohol que había metido a la cárcel de forma clandestina, después de pagar unos pesos al policía que hacía guardia. Salvador mezcló el alcohol con agua de sultana. Después de varios vasos, de brindis, evocaciones y juramentos, el Compadre le reveló a Salvador los detalles que nadie había investigado sobre la noche del asesinato de Alondra. Reveló que dos horas atrás, antes de ser encontrada muerta y cubierta con una sábana, había hablado con ella; reveló cómo, mientras Salvador viajaba, él se encargaba de Alondra, pero, no, “…ella siempre fue libre, Silverio”; reveló cómo discutió con Alondra, cómo la ira rebasó las palabras, cómo corrió a la cocina y empuñó el cuchillo que sacó del cajón enrejado, cómo Alondra pidió perdón y lloró y su última lágrima se secó en el piso, pero no la sangre, “Silverio, la sangre no se secaba”; reveló cómo Alondra exhaló su último gemido, cómo sus ojos se quedaron abiertos y mirando el cielo raso. El Compadre le reveló cómo salió treinta minutos antes de que Salvador llegara, pero era imposible saberlo. No en vano habían pasado casi veintinueve años.

El reloj lejano de la plaza Murillo anunció las siete y veintinueve de la mañana. Salvador Silverio sacó su cabeza por la grieta. El cielo estaba nublado. Algunas gotas de lluvia empezaron a caer. Las palomas se refugiaban entre el espacio de la cornisa y el techo. “Dos días y serán veintinueve”, pensó Salvador Silverio. Los mineros y campesinos festejaban en la plaza. La cárcel estaba vacía. El avión volvió a pasar y descargó dos hileras de balas que callaron toda victoria. La estatua del Mariscal Sucre, en el centro de la plaza, también quedó marcada con los rastros de los proyectiles. Después, un silencio conmovedor se apoderó de las calles. Ni mineros, ni campesinos, ni reos, ni policías rondaban las cercanías de la plaza de San Pedro, sólo había silencio y el arrullo de las palomas, silencio y la lluvia que caía sin hacer ruido, silencio y Salvador Silverio que pensaba “Alondra se lo merecía”; silencio y el único instante para tomar una decisión, silencio y Salvador Silverio que saltó y antes de llegar al suelo escuchó cómo un fusil descargó una única bala, un estruendo que cortó el silencio y Salvador Silverio sintió el roce, tal vez el impacto; después, sólo hubo silencio y las palomas del techo del frente volaron hacia el cielo.

Fuente: Ecdótica



24 Respuestas »

  1. Felicidades por el premio obtenido.

    Si comparamos este cuento con el de AXS, daría la impresión que fueron escritos por diferentes personas.

    Sea como fuere, reitero mis felicitaciones.

  2. Ernesto Tarifa dice:

    Buen cuento. Definitivamente mucho mejor que el anterior.

    Realmente me gustó el trabajo con el lenguage, el cuidado en la gramática y la puntuación y el hecho de ahondar en una personalidad.
    Muy bien logrado. Quizá yo hubiera elegido otro final, pero eso no le quita nada.

    Bien Maurucio! Sigue escribiendo y trabajando de esta forma.

  3. Marcelo dice:

    A Arturo, parece, nada termina de convencerlo del todo y siempre deja una ventana abierta, por si hay necesidad de huir. El cuento fue escrito por Mauricio y punto, como la tarde.
    Lo que si me parece interesante es escuchar el final que le daría Ernesto, digo, lo lindo del cuento fue que finalmente tomó la decisión, pero equivocada.

  4. Hola mi amigo Marcelo,

    Me gusta el cuento, es muy bueno. Pero independientemente de la temática o el final, simplemente, tengo la impresión de que el cuento parece escrito por diferentes personas.

    Algo así como un principiante que da sus primeros pasos musicales haciendo chillar el violín y, de pronto, al día siguiente y como por arte de magia, tenemos el deleite de un concierto de Paganini.

    De todas maneras, hago llegar mis felicitaciones al autor y al corrector, si es que hubo este último.

    Y por favor, permítaseme dudar; pues mi duda no le hace daño a nadie, ni tampoco es una puerta que preparo para evadirme.

  5. Marcelo dice:

    Lo que me sorprende, para ser honesto con Arturo, es su capacidad como lector (y él sabe que no estoy siendo irónico, ni mucho menos!). Pero, coincido con él, son dos cuentos pero que no dejan, a mi gusto, de mostrar el potencial que tiene Mauricio.

  6. El final es fantástico.

    Se inicia con una tragedia y termina con una tragedia. Esos son los cuentos que me gustan y no de esos otros, donde al final, de manera cursi, los protagonistas se casan y viven felices comiendo perdices; o de aquellos donde el cielo encapotado se limpia y sale el sol.

    Dejemos eso para los infantes.

    ¡Buenísimo el cuento!!!! y ¡Maravilloso el final!!!

    Congratulaciones.

  7. Ernesto Tarifa dice:

    Marcelo, respondiendo a tu pregunta, el final del cuento de Mauricio me dejó un poco desconcertado porque para mi toda la evolución del cuento se daba en tono de algo que crecía y crecía hasta estallar.

    Es decir que el tono y la narrativa, según los entiendo, funcionan como un mecanismo destinado a colmarse, a llegar a un climax. Toda la historia de Silverio joven y viejo (que para mi tienen un inconfundible tono a Crónica de una muerte anunciada) parece haber sido estructurada para alcanzar un final inesperado (lamuerte o algo similar).

    Ahora bien, para mi ese climax, esa esperada vuelta de tuerca, tal vez hubiera funcionado mejor si no fuera lo esperado, es decir, precisamente, si no actuara como un climax o una vuelta de tuerca sino como simplemente una instancia más en el relato. Tal vez Silverio saltando de la prisión y desapareciendo sin decir palabra.

    Todo esto tiene el peso de un castillo de humo porque el cuento está hecho (y está además bien hecho), pero en mi opinión podría haberse afinado un poco el final.

  8. Marcelo dice:

    Pero en ese caso la decisión hubiera sido la adecuada, es decir, si saltaba y no dejaba rastros lo que hubiera sido, digamos, un final feliz. Mauricio lo volvió todo tragedia. Se pasó casi treinta años en la cárcel por un crimen que no cometió y cuando finalmente toma una decisión, de fugarse, lo matan. Me parece que el final es el adecuado, todo el cuento está escrito, digamos, en un tono gris signado por la tragedia del protagonista.

  9. Mauricio dice:

    Disculpen por no realizar algún comentario durante esta semana porque estuve de viaje para la recepción del premio de este cuento. Con respecto a que si soy dos personas diferentes o algo así tan borgiano, quiero decir que no, lamentablemente soy la única persona que escribe, pero eso sí, debo decir que estar en la Carrera de Literatura me ayuda mucho a comprender mejor las formas de realizar literatura (más allá de la imaginación). Arturo, soy yo quien escribió los dos cuentos y creo que todavía no muestra todo mi potencial porque sé que puedo dar mucho más. Lo estoy seguro, no por los premios recibidos, sino porque sé que este es mi oficio y si ves cambios en mi escritura es porque todo forma parte de un proceso. Lo que sí les conecta es la misma idea de la muerte que, en todo caso, es un tema que muchos utilizan. Con respecto al final, creí darle el punto culminate con la idea de que sea una conclusión abierta pero sugerida hacia un único fin. Bueno, tal vez pudo haber sido otro, pero ese final no hubiera sido parte de mi escritura, tal vez sí. En todo caso, quiero agradecer las críticas que me ayudan a realizar mucho mejor mi escritura, además que me enseña para conocer mis problemas. Quiero agradecer a Marcelo Paz Soldán, que aunque no me conoce, tiene confianza en mí, sólo por leer mis escritos. Y sí Arturo, Marcelo me ayudó en la corrección de estilo de mi cuento después de que supo lo de mi premio. Creo que siempre es necesario este tipo de correcciones para el bien de una escritura pulcra y sobre todo en favor de la literatura.
    Espero que otros escritor lleguen a sus manos y sigan escuchando sobre mí.
    Gracias.
    Mauricio

  10. rosse marie caballero dice:

    Estoy de acuerdo con Arturo. Da esa impresión (Parece que pasó por cirugía estética previamente), lo que le quita cierta autenticidad.

  11. rosse marie caballero dice:

    No entiendo eso de ‘aunque no me conoce’…’Marcelo me ayudó en la corrección de estilo de mi cuento’….Deja lugar a serias dudas, lo cual también le quita cierta credibilidad. ¡Oh, dudas!

  12. ¡Oh, la duda!

    Divina forma del pensamiento, que se disuelve -cual polvo sublime- en la atmósfera de la nada.

    ¡Oh!… Fosa vacía que guarda en sus entrañas, al cadáver insepulto del silencio.

  13. Mauricio dice:

    Arturo, tu escepticismo es bueno en cierta manera, pero en el momento en que no propone nada se pierde en el vacío, muy al contrario a lo que Montaigne dio a conocer. Es válido que dudes, pero eso me ratifica que realmente cuando un escritor no es conocido o es muy joven, lo tratan de ningunear.
    Con respecto a la edición, si vieses las correcciones te darías cuenta que que sólo estuvieron en algunos arreglos de puntuación y dos palabras que podían ser suprimidas sin que el cuento salga perdiendo.
    Eso de cirugía estética creo que también es un comentario fuera de lugar porque eso implicaría todo un cambio, sin embargo mi escrito apenas fue cambiado. Ustedes pueden poseer la duda de que sea dos escritores diferentes o que sólo sea un títere mandejado por otro ente que escribe por mí, pueden catalogarme en un principiante que hace chillar un violín o de un maestro como Paganini (aunque prefierio a Mahler), pero de lo que sí estoy seguro es que hago literatura con mis equivocaciones y mis aciertos, estoy tratando de aportar, de proponer y no quedarme en el mero comentario que sólo ayuda a llenar palabras que rellenan, muy a diferencia a la crítica verdadera (¿Leyeron a Luis Minaya comentando mi cuento?).
    Como comentario, gané, el día lunes, el concurso de cuento “Oscar Cerruto” organizado por la Carrera de Literatura de la UMSA. Sé que para ustedes debe ser muy poco, para mí es un paso más en mi camino de escritor. ¿Cuántos concurso más tendré que ganar para que ustedes crean que existo o que yo escribo mi literatura?
    Lo humorístico es que ustedes no critican mi forma de escritura, sino, muy al estilo Unitel, se van en la búsqueda de sensacionalismo, pero bueno, yo seguiré escribiendo.
    Acepto de todo. “Mi duda sirve para proponer”: esto lo dijo Borges.

  14. rosse marie caballero dice:

    Arturo, querido, cuánta desazón hemos crado en el noble y puro espíritu de un joven. Te propongo no dudar más y no recibir pataletas como respuesta. ¿Qué te parece? ¿cambiamos de canal? Vayámonos al siete TvB.

  15. A. Torres M. dice:

    Ya que citamos las citas de los citantes, Pierre Abelardo, con respecto de la duda, cita:

    “La duda conduce al examen, y por el examen se llega a la verdad”

    No tenemos material para examinar, por eso es que mi duda se dispersa más allá del hoyo del ozono y del universo.

    Estimado Mauricio, en el intento de preservar mis dudas, me cambio de canal junto con Rosse Marie; pues ya me tildaron de amarillista. Lo malo es que si nos vamos al canal 7, nos tildarán de masistas.

    Mejor pongo un Cd pirata en mi reproductor y a la hora de opinar sobre este artefacto, al menos no heriré sus más profundos sentimientos.

    Mis disculpas por el exabrupto de compararte con Paganini, tanto a ti, como también a Paganini.

    ¿Creerán los escépticos en el escepticismo por el simple hecho de que oyeron de su existencia o será porque tienen la capacidad de verlo?

    ¡¡¿Dónde dejé el control remoto……………..?!!

  16. Mauricio dice:

    Arturo el escpeticismo no es la búsqueda de la verdad sino de la duda para generar sentido. ¿Acaso existe una verdad absoluta? Creo que esa es la gran mentira, pero bueno, esas son algunas de misclases de filosofía de quinto de primaria. Sobre mis pataletas, bueno es muy chistoso cuando un joven quiere proponer, ¿acaso no son pataletas las críticas que sólo buscan hacer quedar mal al que escribió? Ah, por si acaso, el sensacionalismo es ocuparse de las extravagancias de la noticia (en este caso mi dualidad borgiana) y no de lo que es el cuento en su forma de escritura. En algún momento dijiste que siempre es necesario una corrección y ahora me criticas por eso, ¿acaso no hay dos Arturos también? De todas formas mis pataletas, como ustedes lo llaman, sólo buscan que no se ocupen de mi dualidad falsa, sino que analicen mi producto (en este caso un cuento). Así el esceptisimo creó la enciclopedia antes de la revolución francesa, no ocupándose de tildar a sus contrarios de duales, bicéfalos o cualquier otro menjunje. Sobre el oficialismo creo que no es exacto lo que dices, porque siempre es necesario ideas contrarias para generar otras ideas, pero esas afirmaciones o negaciones que se lanzan deben proponer.

  17. Marcelo dice:

    Ahora pareciera que todos están de acuerdo en que se trata de dos escritos diferentes, en lo que, permitanme la redundancia, difiero. Son dos cuentos, ambos geniales, a mi gusto como lector. Disfrute la tarde como la decisión, ambos bien logrados.
    Sobre el trabajo de edición es común hacerlo. Lo hemos hecho en muchos libros y no hay reescritura, claro.
    Termino con Dylan:

    How many roads must a man walk down
    Before you call him a man?
    Yes, ‘n’ how many seas must a white dove sail
    Before she sleeps in the sand?
    Yes, ‘n’ how many times must the cannon balls fly
    Before they’re forever banned?
    The answer, my friend, is blowin’ in the wind,
    The answer is blowin’ in the wind.

  18. A. Torres M. dice:

    Hola Marcelo,

    Que, ¿cuántos caminos debiera recorrer un hombre?, no lo sé.
    Que, ¿cuánto debe volar una paloma sobre los mares?, no lo sé.
    Tampoco tengo idea de cuántas balas deberán de ser disparadas.

    Pero te aseguro que el viento no trae respuestas. Por el contrario, el viento barre con las señales, cual huracán destructivo y deja, en lugar de ellas, tan sólo un escombro de dudas.

    El cuento es muy bueno, pero es inversamente proporcional a los caminos recorridos, al vuelo sobre los mares y al número de balas disparadas, de las que tenemos referencia previa.

    Es como un barco sin timón y sin capitán, que de pronto dirige, con la perfección satelital de un GPS, su proa al puerto.

    Está bien, puede ser cierto, puede ser falso. Por lo pronto, yo dudo.

    Y ya que hablamos en el idioma oficial camba:

    “Sorry for doubting”

  19. Marcelo dice:

    no tienes por que sentirlo sobre tus dudas. sólo digo que tus dudas, y las de rosse marie, si las tiene, no son las mías.
    ahora bien, tu como yo sabemos que finalmente vivimos equivocados, o al menos yo lo hago. a mi simplemente me parecieron dos buenos cuentos, lo dije desde el principio, y ya.

  20. A. Torres M. dice:

    Todo este intercambio de pareceres, al final, parece que nos convertirá en especialistas en cuento.

    Y yo, que escapé de un taller de cuento, porque deseaba introducirme en un arte mayor como la novela, pienso que todo esto es bueno; puesto que Ecdótica se está convirtiendo en una página interactiva muy interesante.

    ¿Sabes qué es lo más rescatable de este portal? Que es una web de altura. Pues no existe el insulto, las ordinarias expresiones o las malas palabras, como sucede en muchas páginas.

    Me encanta Ecdótica.

    Te preguntarás: ¿A qué viene todo esto? Tendré que responder que no tengo la más mínima idea. Simplemente quería decirlo.

    Un abrazo Marcelo por tu iniciativa.

  21. Marcelo dice:

    Gracias Arturo por enriquecer el debate. Es muy saludable para ecdótica contar con personas como tu que aportan y no necesariamente están de acuerdo en todo.

  22. Mauricio dice:

    Querido Arturo:
    Es bueno generar discusión y disentir en los temas que tú quieras. Con respecto a que la novela es un arte mayor, en eso creo que estás muy equivocado. Basta leer a Borges y el por qué consideraba que el cuento es un arte “mayor”. La clases de Literatura me hicieron comprender que el cuento, la poesía y la novela son artes, todos con su grado de dificultad e imposibles de hacer cuando se los toma a la ligera. Yo alguna vez creí en que el cuento era un arte menor, pero creo que es un gran error. Si la novela se puede comparar con un camino que se recorre y la poesía con la danza, el cuento es un instante que se abre dentro de sí y que genera las mayores dudas cuando se lee. Lamento escuchar que creas que el cuento es un arte menor, pero, bueno, es tu punto de vista. Espero comprender mucho más de la Literatura cuando llegue a quinto año, develaciones que jamás comprendería si no hubiese elegido estudiar.
    Con afecto: El uno y el otro Mauricio.

  23. Daniel Cuba dice:

    Con un lenguaje coloquial y un entrelazado del tema bastante interesante, el cuento no deja de ser absorvente hacia el lector.
    No caben más que felicitaciones por el cuento.

  24. GONZALO LEMA dice:

    FELICITACIONES MAURICIO, SIN EMBARGO TEN EN CUENTA QUE NO DEBES TOMAR MUY EN SERIO LOS CARACTERES QUE REVISTE LA “NUEVA LITERATURA”, EN TÉRMINOS MÁS JUVENILES, TU CUENTO ESTA BUENO, PERO MUY “LIGHT”, DE USTEDES LOS JOVENES COMO SEBASTIAN ANTEZANA QUIROGA, GABRIEL ARCADIO GUTIERRES O DORIAN JULIACA, DEPENDE EL FUTURO DE LA LITERATURA BOLIVIANA. ADELANTE!!!

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