Ecdotica en twitter

Siguenos en @ecdotica

Donaciones

Ayudanos a difundir libros gratuitos

Recomendamos

El Franz Tamayo, nuevamente, no podrá ser declarado desierto!

doscientos1.jpg

Las convocatorias incluirán esta cláusula
Concursos culturales no podrán ser desiertos en 2009

Cuando el “Franz Tamayo” fue declarado desierto, varios concursantes objetaron esa decisión.

En 2009, los concursos municipales no podrán ser declarados desiertos, por lo que los jurados deberán elegir a un ganador entre los trabajos mejor realizados. A esa definición llegó el oficial mayor de Culturas, Wálter Gómez, quien fue autocrítico sobre los problemas que se suscitaron esta gestión por la falta de premiación en al menos tres certámenes.

“Ha sido más un problema de visión y de decisión que han tomado los jurados de declarar los premios desiertos. Nosotros hemos tratado de mantener una línea entre los premios que se presentan. Siempre hay uno que es el mejor y que merece ser premiado”.

La autoridad señaló que para no tener el inconveniente del retrasos en la convocatoria de los concursos se preparará una ordenanza que permitirá incluir todos los premios en una sola presentación para su aprobación por el Concejo Municipal. En la referida norma estará contenida la decisión de premiar a ganadores en todos los certámenes.

“Nosotros queremos que los jurados recurran a esa sutileza, a esa capacidad que tienen de escoger la mejor de las obras presentadas. Ése es un vacío que actualmente tienen los concursos municipales, lo que representa la parte negativa de este año. Los concursos no deberían quedar desiertos”.

Los premios que este año fueron declarados desiertos son el Concurso de Cuento Franz Tamayo, el de Artes Pedro Domingo Murillo y el de Escritura Dramática Adolfo Costa du Rels, entre otros.

La polémica en torno a que los concursos se declararan desiertos surgió después de conocerse el fallo del jurado, en el mes de noviembre, sobre la competencia en el Franz Tamayo. El grupo editorial alternativo Yerba Mala Cartonera hizo la edición de los relatos perdedores, además de un prólogo que cuestiona la actitud de Willy Camacho, jurado que concedió una entrevista al suplemento literario Fondo Negro expresando que “los cuentos presentados eran mediocres”.

Después de que el escritor paceño rectificara su opinión, comentarios en páginas literarias en internet criticaron y pusieron en tela de juicio a dicho certamen. Gómez explicó que “para el próximo año se anulará la cláusula que este año estaba en los reglamentos de los concursos municipales”.

Cabe resaltar que la cláusula que permitió declarar los concursos municipales desiertos se introdujo este año y no así en las anteriores versiones de los premios de Cuento Franz Tamayo, que, según un artículo de su convocatoria, obligaba al jurado a declarar a algún concursante que haya obtenido más de tres votos o la mayoría absoluta.

En la evaluación que efectuó el Oficial Mayor de Culturas sobre la agenda que se manejó en 2008, aseguró que ésta “ha sido cumplida en su totalidad” y que “no existe una actividad que haya tenido que ser suspendida”.

Fuente: La Prensa

Oversight

Oversight
Por: Gianni Prado Herrera

no este adiós que se repite
esta ausencia que es tuya
las avenidas de esta ciudad
ahora si están vacías
llora el invierno que deja
esta historia
que cruel que fuiste
que tierna que fuiste
yo la amé querido hermano
le deje toda posibilidad inimaginable
de felicidad
pero esta soledad me supera
me supera este cuarto oscuro
el hijo huérfano que siempre seré
que se vayan los amores
que nada los una para que así
nada los amarre
yo no vuelvo más querido hermano
ella seguro aun me ama,
y el olvido la hará amar mas
que iluso que fui
que sincero que fui
los garabatos de la noche
y su nombre
su nombre que golpea duro
hacen de esta poesía
difícil de acabar
pero este olvido
este adiós: es mío
solo mío
…¡¡¡no!!!…

Y entonces moriré

Y entonces moriré
Por: Gianni Prado

y entonces moriré
así; en esta ciudad olvidada
sin el calor de tus manos
sin la calma de tu mirada
moriré.
y entonces moriré
en mi cuarto oscuro;
rodeado de soledad
acabado por los años
con el corazón ajeno de amor.
moriré
como lo escribió Vallejo
en París tal vez; como él.
tú ya no estarás
y el mundo será lo mismo
nada cambiará
las noches seguirán siendo estrelladas
la luna seguirá siendo cómplice de los aullidos de los perros de estos tiempos
y entonces moriré
y dirán todos gianni prado ha muerto
¡qué nos importa!
y yo; acabado entonces,
triste entonces, solitario por demás,
moriré.
*****

Cuento: Las Cosas

Las Cosas
Por Guillermo-Augusto Ruiz

(N. del E.: “Las Cosas”, fue finalista del premio Tamayo. Ruiz no tiene libros publicados pero “Prosas sacras” fue finalista del último premio Bedregal y fue incluido En la próxima antología de poesía boliviana, a cargo de J. Freudenthal, J.C.R. Quiroga y B. Chavez. Ruiz posee el espacio literario, junto con sus amigos dispersos por el mundo: www.elfuegoylafabula.blogspot.com)

Durarán más allá de nuestro olvido;
No sabrán nunca que nos hemos ido.
Borges

Muchos años tuvieron que extraviarse.
La casa era pequeña, pero mi madre tenía la virtud prestidigitadora de hacer sitio donde no lo había, y tres dormitorios de tres por tres, una cocina estrecha, un baño de batalla y una sala eran espacio suficiente para una pavorosa cantidad de cosas. No sé cómo hacía mi madre para acomodar media docena de helechos colgantes, cuatro sillones de espaldar espigado, un escritorio cuya sola presencia arrinconada bastaba para perderse en un mundo de papeles viejos, estuches de pinceles y marcadores, libros de polvo sin lomo y pomos de tinta china, además de un sofá lánguido, cercado no sólo por las macetas de tierra de los gusanos, sino por los urinarios con el aserrín de los gatos, y un reloj grande que mi padre quería botar por su costumbre de despertarlo de la siesta, y dos mesitas bajas y catorce lámparas de vidrio con los cables enmarañados; jarrones intocables; sin contar con las bailarinas de ballet y los elefantitos traslúcidos, los búhos en actitud hierática, los borrachitos guitarreros y las monjas de arcilla, que llegaban día tras día bajo el brazo de mi padre y abarrotaban la estantería de vidrio de una sala que más que sala eran cuatro paredes más cerca que lejos una de otra. (Fragmento)

Para leer el cuento completo, favor de descargarlo de la biblioteca de ecdótica.

Fuente: Ecdótica

Cuento: El infierno tan temido

El infierno tan temido
Por: Ramón Rocha Monroy

Él es anciano, tiene buena salud pero es ciego total ya unas tres décadas. Vivió el languidecimiento de su vista, pero el hábito de la tertulia, de la lectura y la imaginación gobernada por una mente precisa y concisa le aliviaron la soledad. En realidad, nunca se sintió solo porque en todo momento hubo alguien que lo escuchara, en especial un amigo menor que él, con quien cenaba noche a noche sin hablar de otra cosa que de literatura. Juntos hablaban, leían y escribían: de ese modo, el anciano ciego había construido un paraíso modesto pero tibio y grato; y al quedar completamente ciego, había hecho del defecto virtud, incluso profesión, pues las universidades le pagaban por escucharlo. Les fascinaba su divorcio absoluto de la retórica y del efecto oratorio, pues invariablemente discurría a su aire, con voz apagada pero con un encadenamiento geométrico de las palabras, un diamante verbal hecho de espejos, simetrías y laberintos.

En aquel refugio perfecto que construyó pese a su ceguera, había, sin embargo, un error de ingeniería que lo hacía vulnerable: la madre, la mujer. Desde niño hasta una edad en que ya peinaba canas, vivió bajo la tutela de una madre protectora y autoritaria, que le fue castrando las módicas habilidades de la vida cotidiana. Ya era bastante maduro y ciego cuando decidió culminar uno de sus blancos amores en el matrimonio. Se casó con una mujer posesiva y celosa. Si la madre le reprochaba ir a cenar con su amigo y contertulio, la esposa maquinó para enturbiar con su presencia el diálogo de dos amigos cuya complicidad mental excluía a terceros. Aun más, la esposa tomaba decisiones por él y lo comprometía a viajar como conferencista pagado; exigía acompañarlo y gastaba los honorarios en las grandes tiendas, cosa que no debiera espantarnos pues es práctica inveterada de muchas esposas, pero a él le compraba ropa usada, incluso zapatos usados, calculando que no se daría cuenta por su ceguera.

No tardó en divorciarse. Hasta entonces se había insinuado en su vida una alumna persistente cuyo rostro podía reconstruir apenas con la memoria del tacto. Ella fue convirtiéndose en pareja y la relación acabó en matrimonio. A diferencia de la primera, esta segunda esposa parecía exenta de las vanidades de este mundo; no perdía el tiempo en bagatelas y formulaba frases inteligentes. Se perfiló como la compañera ideal para un ciego que no buscaba en ella el esplendor de la belleza, sino la pálida discreción de una escucha inteligente. Sólo que, una vez casada, maquinó para evitar que su anciano esposo volviera a la costumbre de cenar con su amigo y contertulio.

Para entonces, el anciano y su amigo habían escrito juntos varios libros, unos de sonrientes parodias y otros antológicos; se los designaba jurados de premios literarios porque se sabía que trabajaban juntos, y el mundo del cine había conocido sus guiones, también conjuntos.

La nueva esposa logró convencer al anciano ciego y lo hurtó de su querida Buenos Aires. Lo encerró en un departamento silencioso, en Ginebra, y allí está él, correctamente vestido y sentado en un sillón. Ningún ruido, ningún susurro le disipa la sensación de estar completamente solo. Pero ella está frente a él, disfrutando de la mayor de sus servicias: la de contemplar a un anciano ciego cuyo único paraíso era la tertulia, sumido en la soledad y el más completo silencio.

Fuente: Ecdótica



Close
E-mail It