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Selección de Narrativa Boliviana
Por: Ramón Rocha Monroy

Con encomiable criterio el Viceministerio de Culturas está promoviendo la edición de las diez mejores novelas bolivianas. A Pablo Groux y a sus asesores van estas preguntas y sugerencias.

¿Cómo incorporar Sangre de Mestizos en la lista si es un libro de cuentos? Quizá tendríamos que ampliar la cobertura y hablar de las diez mejores obras de narrativa boliviana; y tal vez aumentar el número de obras seleccionadas.

¿Qué es una novela? Es un género volátil y difícil de definir. En cambio la narrativa es un escenario amplio y perceptible, que se ve enriquecido por la crónica, según varios autores una invención americana.

Con estas consideraciones, pienso que una obra capital que inicia la narrativa de esta parte del mundo en el siglo XVIII son los Anales de la Villa Imperial de Potosí, de Bartolomé Arzanz de Orsúa y Vela, porque recrea un tiempo mítico difícil de reconocer en la cruda realidad de nuestros días.

En el siglo XIX tenemos otro hito narrativo: el Diario de José Santos Vargas, guerrillero de la Independencia. Es una crónica, un relato, una sucesión de historias en la cual el autor muestra sus astucias narrativas: el uso del suspenso, la intención épica, el humor y la sátira, la construcción de sus personajes, la oposición entre héroes y villanos y, lo que es más importante, la recuperación de un lenguaje construido con el habla cotidiana de la época y el esfuerzo creativo del autor en un universo en el cual se hablaba aymara y quechua mucho más que castellano. Si estos argumentos no fueran suficientes, quizá nos conmueva la oportunidad de cumplir del mejor modo el sueño frustrado del Tambor Vargas, de ver la edición de su Diario, pues hasta 1854 peregrinó en busca de algún bachiller o letrado que lo corrigiera, cosa que afortunadamente no sucedió, y por eso nos permite conocer ese lenguaje expresivo y decidor que aun hoy alimenta el habla popular.

Hay obras en la narrativa boliviana cuya presencia en la lista del Viceministerio es indiscutible y ha sido respaldada por numerosas encuestas. Nadie les ha de quitar su lugar ni sus prioridades. Sin ánimo de excluir a nadie, pienso, por ejemplo, en Juan de la Rosa, de Nataniel Aguirre, cuyos primeros párrafos son quizá el inicio mejor escrito de la narrativa boliviana. Pienso en La Chaskañawi, de Carlos Medinaceli, que pronosticó la caída de los viejos abolengos, carentes de impulso vital, y la vigorosa insurgencia del alma criolla en la construcción de nuestro ser nacional. Pienso en Manchay Puyto. El amor que quiso ocultar Dios, que consagra la obra de Néstor Taboada Terán muy por encima incluso del resto de sus obras.

Sin ánimo de disentir sino de proponer, sugiero que se incluya Periférica Blvd., de Adolfo Cárdenas, pues no conozco intento igual por recrear los numerosos argots que se entrecruzan en la vida cotidiana de una urbe humanamente tan caótica como La Paz y El Alto. Son jirones de idiomas vernaculares, de palabras castizas aliteradas o directamente corrompidas, de extranjerismos asimilados y juegos de palabras. Si buscamos un símil, creo que habría argumentos para comparar la obra de Adolfo con la de Guimaraes Rosa o la de James Joyce.

Fuente: Ecdótica



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