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Los ganadores de Los Destamayados en la biblioteca de ecdótica

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A propósito de Los Destamayados
Por Marcelo Paz Soldán

El jurado del Franz Tamayo de este año declaró desierto el concurso más prestigioso de cuento en Bolivia, lo que a muchos nos sonó muy extraño ya que sabemos que, literariamente hablando, claro, no estamos tan mal y tenemos buenos referentes. Sin embargo, los del jurado están en su pleno derecho de declarar desierto el premio finalmente por que la lectura es muy subjetiva: lo que a mi me gusta no necesariamente le gusta al que lee lo mismo sentado alado mío. Una especie de deconstrucción de la lectura en la que la misma toma diferentes interpretaciones como lectores existen. Los escritores saben eso y ninguno de ellos puede buscar la universalidad ni supongo la quieren. Quieren ser leídos y, si se puede, gustados, aunque saben de antemano que tendrán detractores.

Pero lo que complicó el panorama del Tamayo de este año fueron las torpes declaraciones de Willy Camacho que, según me comenta mi amigo y colega editor Marcel Ramírez de Gente Común, no cree que hayan sido de mala leche (como dice el Ramón Rocha Monroy) sino por que era simplemente lo que él sentía. Así que desde ecdótica tomamos como serias y responsables las declaraciones de Camacho, aunque torpes (ya lo dijimos) y aceptamos que declaren desierto el Tamayo ya que el jurado estaba compuesto por escritores de la talla de Wilmer Urrelo. A pesar de todo ello, la duda continuaba presente. Entonces cómo demostrar que el jurado se había equivocado, que debería por lo menos haber declarado un cuento como ganador? Entonces salieron a la palestra los de Yerba Mala Cartonera con Beto Cáceres a la cabeza y se propusieron organizar un concurso que de antemano sabían que la tenían perdida (se haría un libro, editado por Gente Común, con los perdedores/ganadores? I don’t think so!).

Sin embargo, siguieron con su loca idea (apoyada desde acá!) de hacer un concurso con dos cajas de cerveza a los ganadores. Y hemos sido informados que los ganadores han sido los cuentos Claustrofobia de Javier Badani y Un perro con suerte de Imago (seudónimo) los que pueden descargar de nuestra biblioteca siguiendo los siguientes enlaces: http://www.ecdotica.com/biblioteca/Unperroconsuerte.pdf y http://www.ecdotica.com/biblioteca/claustrofobia.pdf

Fuente: Ecdótica

El Tamayazo in your face

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El “Tamayazo”
Por Javier Badani (*)

¿Bajo qué criterios se puede calificar de buena o de mala una creación literaria, en especial bajo la luz de un concurso? No hay duda de que esta pregunta, como sus posibles respuestas, están bajo el manto de la subjetividad. Al final de cuentas, lo que es bueno y lo que no lo es se concibe en la mente de cada individuo de acuerdo a sus propias vivencias y valores.

Esa subjetividad, sin embargo, se fundió con un desgastado purismo y una imprudencia total para al final hundir al jurado del Premio Nacional de Cuento Franz Tamayo, que hace un par de semanas declaró desierto el máximo galardón de este concurso en su más reciente versión.

Que las 150 obras enviadas al concurso no hayan alcanzado los requisitos mínimos de un relato, es posible. Pero ello no puede dar pie a un jurado de atribuirse el derecho de denigrar por todos los vientos la calidad de dichas obras. Su misión era elegir un cuento ganador. Si no lo hubo, se debió declarar desierto y nada más. Las explicaciones, fuera del documento final, estaban demás. Parece que se olvidaron que en boca cerrada no entran moscas.

“¿Decir que algo es malo, es ser ególatra?”
“Siempre va a haber gente que mande bodrios a los concursos”.
“Los bolivianos seguimos siendo provincianos”.
“Leer 150 cuentos sin ser pagado, es demasiado trabajo”.
“¡Tengo derecho a voz; no por ser del jurado no voy a poder expresar mi opinión!”

Estas frases terminaron de hundir al respetable jurado que ya había mostrado su calidad al recomendar, a pesar de declarar desierto el premio, la publicación de unos nueve cuentos, pero sólo si estos pasaban primero por una buena edición. Me pregunto, ¿qué habrán pensado los autores de aquellos cuentos que fueron elegidos por el magno tribunal de las letras al ver su obra tildada de mediocre en los medios impresos? (De la que me salvé, por tener un cuento más cojudo aún). Aún más, ¿quién se animaría a publicar o a comprar una publicación que incluya estos relatos con semejante publicidad previa?

No deja de llamar la atención, además, que al menos dos premios nacionales ni siquiera hubieran sido elegidos en esta triste lista de mediocridad.

Con todo, bajo la iniciativa de Yerba Mala Cartonera y el centro de estudiantes de Literatura, esta semana culminó el concurso paralelo Los Destamayados: los cuentos menos cojudos del Franz Tamayo, por así decirlo. Las obras “Claustrofobia” (de mi cosecha) y “Un perro con suerte” resultaron ganadores, a través de un sondeo por internet en el cual salieron empatados.

Los cartoneros ya lanzaron el libro con los relatos que participaron de este singular concurso. Ahora, serán los lectores nuestro mayor tribunal. Después de todo, a ellos sólo les arropa la subjetividad. Los purismos y el desatino ya demostraron tener dueño.

(*) Escritor de cuentos cojudos, a mucha honra

Fuente: Beto Cáceres

Cuento: Pimientos rojos de Cecilia Romero

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Pimientos rojos
Por: Cecilia Romero Mérida

La casa de la plaza
Hay mañanas en las que consigo disipar las cenizas que cubren el sueño de la noche anterior y vuelvo de forma recurrente casi a tientas a la casa grande, esa de color avena como el ojo de un ciego a punto de morir. La casa de la Plazuela San Sebastián, con sus treinta cuartos de techos altos, pisos de loza abrillantados y sus largos pasillos que en la oscuridad nunca pedían permiso para soñar. (fragmento)

Si lo quiero continuar leyendo, descárguelo de: http://www.ecdotica.com/biblioteca/pimientos%20rojos.pdf

El lugar del cuerpo de Rodrigo Hasbún II

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El lugar de Rodrigo Hasbún
Por:Martín Zelaya Sánchez

Impresionante manejo del lenguaje (de su lenguaje) concreto, veloz. Economía de palabras que, no obstante, no deja resquicios a una sólida trama. Así es El lugar del cuerpo, la primera novela del cochabambino Rodrigo Hasbún, con la que ganó el Premio de Novela convocado por el municipio de Santa Cruz.

El vertiginoso ritmo hace pensar en lo innecesarias que a veces son las 400 o 500 páginas que emplean otros escritores, que parecen seguros de que un requisito de buen novelista es llenar y llenar cuartillas de cuartillas.

Utilizando repetida y casi siempre acertadamente el tiempo como recurso narrativo, no sólo y más allá de la temporalidad de la trama —saltos, adelantos de hechos y situaciones que no son imprescindibles describir y que sobreentendidas quedan mejor—, Hasbún escribe en esta obra sobre escribir, como en la mayoría de sus escritos (aunque no siempre explícitamente); la pasión lo invade tanto que no puede evitar, como Pitol, Vila Matas, Bukowski, contar o al menos tocar parcialmente en sus tramas la acción, el modo de vida, cual es vaciarse de lleno en una hoja en blanco.

La obra

Elena es la hija menor de una típica familia clasemediera latinoamericana (obsesa por escalar socialmente), que es violada periódicamente por su hermano en una ciudad equis de un país equis en una época equis.

Así arranca y se contextualiza la novela en una primera parte en la que, entrelíneas, se introduce la historia, los personajes y el contexto: Cochabamba, en la Bolivia de la decadente dictadura de los años 80.

La parte II muestra a una Elena joven que emigra a un país equis de Europa y que entre trabajos eventuales, miserables y no pocos encuentros sexuales casuales empieza a publicar artículos literarios en un suplemento.

En la tercera parte se ve a una mujer madura y con un mediano éxito como escritora, y que sigue con aventuras sexuales —narradas con detalle, pero con una naturalidad altamente creíble— y crisis depresivas; pero la trama se empieza a intercalar con el diario de su niñez y un libro de memorias que —se sobreentiende— a futuro escribirá la Elena anciana.

En la parte IV —contra todo pronóstico, y tal vez no de la manera más afortunada—, el autor hace volver a su personaje a su país, 30 años después de su partida, para reencontrarse con sus ancianos y desconocidos padres, y una sociedad que la mitifica por su éxito y fama, aunque la desconoce tanto como ella.

Un narrador omnisciente y ausente hila toda la acción, los diálogos e incluso el cambio de planos y los trozos en primera persona (pensamientos, diario y otros escritos), en los que predomina la interioridad sentimental reflexiva de la protagonista: “Ya tenía acumuladas dentro del cuerpo un montón de mujeres muertas”, dice en un lugar hacia el final; un guiño del autor para que se entienda mejor el título escogido.

Connotaciones entrelíneas

Se filtran en la breve novela las frustraciones, desilusiones y eternas preocupaciones que marcan la vida y, sobre todo, determinan la vocación y dedicación literaria del autor.

¿Vive Hasbún atrapado en una burbuja que lo asfixia? ¿Es tan extrema su pasión por los libros, el cine y la música que se aisló de su entorno y, sobre todo, se siente marginado por este? ¿Es algo generacional? ¿No nos pasa un poco de eso a todos?

Dice el narrador en las páginas 81 y 82, al inicio de la tercera parte: “¿Debía mencionar el nombre de su país por primera vez? ¿Hablar por primera vez, desde la literatura, de las condiciones sociales y económicas de su país, lamentables, injustas, dignas de siglos anteriores (…)? ¿No era eso de lo que había huido siempre, desde su primer libro, la aborrecible tendencia de los escritores de país pobre de hacer sociología por medio de la literatura, un libro de quejas mediocre, un observatorio de denuncias? ¿Debía mencionar nombres y apellidos, acusar apuntando con el dedo, renegar en voz baja pero alta, porque luego aparecería el libro y sería leído y machacado o alabado o ambos?…”.

La novela de Rodrigo Hasbún no es mediocre, ni mucho menos. De hecho, junto con La toma del manuscrito de Sebastián Antezana y Fantasmas asesinos de Wilmer Urrelo —tres autores muy jóvenes, vaya coincidencia— son las mejores obras escritas por bolivianos que leí en los últimos cinco años.

Ahora bien, dado el anterior fragmento, ¿no incurre acaso Hasbún aunque tangencialmente en eso de hacer sociología en la ficción, que tanto critica?

Fuente: La Prensa

Sobre Vaginario de Paola Senseve (inédito)

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Vaginario o el despliegue de lo femenino
Por: Christian J. Kanahuaty

Inicio

Cuando en agosto entrevisté a Paola Senseve, sin haber leído antes el Vaginario nos concentramos en rastrear aquella materia prima de la cual yo pensaba que ella se había nutrido para dar forma a un libro de cuentos, que además poseía el sugestivo título de Vaginario, sin embargo, cuando uno empieza a leerlo no sólo se encuentra con la sorpresa de que en realidad son dos libros, uno de cuentos y el otro formado a partir de epígrafes que son poemas cortos escritos por diferentes mujeres. La segunda idea que surge es que a veces los poemas son prolongaciones de los cuentos, otros son como antecedentes inmediatos y otros son más bien ecos o resonancias de los cuentos, en todo caso, el cuento y el poema se complementan, se oyen y se responden sutilmente y a veces, con una cadencia tal que es necesario soltar el libro y respirar por un momento antes de proseguir con la lectura.

Las mujeres de Paola

Quisiera concentrarme en el libro como tal, como unidad. Pero antes de ello, debo decir que no me detendré a decir el cuento tal es asá y dice aquello o el cuento aquel trata sobre esto otro desde esta voz, que en realidad es una voz impostada porque el narrador es la misma que protagoniza la historia y por tanto la distancia no existe. Más allá del tiempo, claro, pero el tiempo como la edad, uno reconoce, que son metáforas de algo que quizás es inexistente.

Esa es una primera anotación que uno saca del libro de Paola, la siguiente es el misterio de siempre, irresuelto desde Freud, quizás por ello Paola lo sabe también como estudiante de psicología. ¿Qué quieren las mujeres? Y como derivación casi obvia ¿En qué piensan las mujeres? Permítanme acá una pequeña digresión: en la película Lo que ellas quieren protagonizada por Mel Gibson y Helen Hunt que además fue dirigida por una mujer: Nancy Meyers surge justamente esa pregunta: ¿Qué quieren las mujeres? Se sugiere que esa respuesta es desconocida incluso para las mismas féminas. ¿Qué me hace pensar en una conexión diferente pero igual con Vaginario? Para empezar que los poemas epígrafes de cada uno de los cuentos está firmado por una mujer, una mujer distinta que uno –de alguna manera intuye que tienen algo en común- descubre al final del libro que no son otras que una prolongación de Paola Senseve. Lo que nos indica, al menos a mí lo hace, que incluso ella, la joven autora se busca en otras. Al estilo de Pessoa va conformando deutoronomios con el objetivo de rastrear no sólo las formas de la escritura, sino sobre todo las formas que puede ir adquiriendo su ser, su carácter y sobre todo, sus sueños. Los sueños de una mujer son por sobre todo la cosa más misteriosa que podría existir, nosotros como hombres soñamos a colores sí y con cierta dinámica, pero ellas sueñas en tonos de caleidoscopio psicodélico de los años sesenta, son sueños con banda sonora en el fondo y con profundidad como si las paredes pudieran ser atravesadas al solo poner nuestro dedo índice al contacto con su aspereza. Senseve lo sabe, conoce esa sensación de ser mujer y ser todas al mismo tiempo y no ser ninguna de ella al final del recorrido. Vaginario porque todas nacen de ella, de sus entrañas, de lo que ella es y dejó de ser o de lo que quizás nunca sea o de lo que se arranque a sí misma para llegar a ser la otra mujer del espejo.

Los hombres a pesar de la historia

Si hay algo que late sin presentarse realmente ese es el género masculino (que feo suena dicho de esa forma). En todo caso, los hombres en algunas de las historias son los que causan el daño, los pecadores, algunas veces los abandonados, pero siempre hay un ser hombre que es capaz de todo menos de ser como ellas quieren. No es suficiente hablar. Las palabras no sirven de nada cuando el silencio se ha instalado en la relación. Además que las palabras por muy bonitas que sean siempre tardan en llegar. Es ese el sentimiento que nos deja algunos de los cuentos. No quiero decir con esto que Paola Senseve conozca bien esa sensación, aunque puede que sí; pero es más fuerte aún porque acá tenemos no sólo a una escritora que se multiplica para conocerse a sí misma y presentarse a nosotros una y otra vez y casi siempre distinta. Sino que tenemos a alguien que no tiene miedo a demostrar sus fallas, sus miedos, sus errores y sus ingenuidades. Pero también nos trasmite el desencanto y la incapacidad subsecuente para volver a creer en el amor por ejemplo.

Los hombres parecen ser el pretexto, la excusa, la posibilidad abierta para hablar libremente de algunos sentimientos. Pero creo que las historias igual funcionarían a pesar de la ausencia de ellos. En ocasiones los hombres ni siquiera son nombrados, ni poseen un rostro, pero los sentimos próximos. Lo que nos llega, sin embargo, son las cavilaciones de esas mujeres que están entre la confusión y la certeza de descubrir un mundo que alguna vez les fue arrebatado por el pecado no capital pero si existencial de amar demasiado.

Efectos personales

Cuando uno habla de las mujeres casi siempre hace lo que narran novelas como La gula del picaflor o Diario de un seductor, pero casi nunca nos hemos detenido a pensar en lo que ella se dicen a sí mismas o nos dicen a nosotros cuando no las vemos, y es que cuando nadie las ve, puede que susurren las palabras que va delineando cuento a cuento Paola.

Quizás lo que nos plantea el libro de Paola es también un juego de seducción de los imaginarios que tenemos sobre las mujeres y sobre lo que las mujeres imaginan de los hombres. Claro, se trata de configurar una realidad a partir de ciertos estereotipos, pero en realidad, eso no es tan raro, la vida misma es eso, los colores primarios, las horas en un día, las canciones de cinco minutos de los setenta o las canciones de tres acordes de la era punk del rock. Todo está confeccionado a partir de matrices donde vamos poniendo lo que encontramos en el camino, todo tiene una etiqueta, incluso el dolor y es ese dolor, no descarnado de chicas que se cortan las venas o que se dedican a beber hasta el amanecer o que tienen sobredosis con coca en el cuarto de baño de un hotel ni las chicas que van y se van con el primero que encuentra, esas mujeres están presentes de alguna forma en el libro de Senseve; pero quizás el libro no hable de ellas, de esa acción en particular, sino todo el contexto que llevo a esa mujer a tomar esa decisión.

Y ahí el libro adquiere dimensiones varias. No sólo interpela a las mujeres que han pasado por tal o cual situación, sino que uno descubre que el mal de amores o las infidelidades o las dudas sobre el futuro y la sensación de que uno envejece y al final no llega nunca al final de nada y no hace nada en concreto con su vida, son los efectos personales de todos nosotros, hombres y mujeres, adultos o adolescentes que de alguna manera intentamos darnos un mapa sobre nuestro futuro. Y Senseve lo que nos dice que la materia de la cual está hecha el futuro es gelatinosa y que además está a punto de derretirse.

Fuente: Ecdótica



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