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Cuento: el último baile



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el último baile
Por: Gianni Prado Herrera

la mujer parada está de pronto, se hacen pesados sus pies.
no piensa, ninguna expresión acude a ese rostro ya envejecido. trata de volver lentamente a su tarea, se mueve poco a poco, pelea con la pesadez de sus pies de plomo, de su cuerpo en otrora esbelto. los cajones y la alacena la miran, parecen entenderla. el piso se humedece y parece gritar. no son los mismos gritos inaguantables que escucha siempre; esos reproches y reclamos del hombre que alguna vez la acariciaba. vuelve a preparar la comida sin mucho esfuerzo, el microondas, las sopas de sobre, las conservas enlatadas llegaron muy tarde para ella. sus ojos apagados empiezan lentamente a iluminarse. es su lugar constante, en el que amanece y el que la lleva a su cama sin pensamientos. sin esos de antes, de disfrutar del placer y el amor del ahora su desconocido hombre. pasaron muchos años, la vida se la comió a ella y ella no pudo. de pronto, mientras la luminosidad de sus ojos es más notoria, el suelo deja de dar gritos, sus pies ya no le pesan más. empieza el baile, y ella emocionada da rienda suelta a su ritmo es un armonioso y delicado movimiento que se hace más y más intenso, más y más intenso. recuerda a sus dos hijos cuando pequeños, el parque, ahora sucio y enmohecido, donde ella jugaba, bailaba y enamoraba. recuerda su cuerpo esbelto, el concurso de belleza del barrio que alguna vez lo ganó. su rostro arrugado ya no lo es más.
sus ojos, su pelo encanecido, toda ella parece una perfecta conciliación de la juvenil mujer que era antes. siente deseos de amar, y baila. siente deseos de ser acariciada, y ríe. siente deseos del placer, y canta. la cocina se transforma, desaparece el olor a comida, mientras ella mueve sus manos, sus pies, sus caderas en una armonía perfecta. el mundo desaparece, la tristeza. vuelven sus pensamientos, las mejillas se tornan rosáceas, pequeños hoyuelos se le dibujan. mira su hombre enamorándola, le dice que la va a querer siempre, que nunca le hará daño alguno: la ama. es feliz, su pelo se torna claro y brilloso. mira a sus dos hijos jugando con ella. es madre otra vez, los acaricia, los abriga, les da la leche espesa y pura de sus senos. vuelve su olor a virgen, mientras sus blancos dedos tocan suavemente el suelo ahora alfombrado del césped. ya no hay puertas, ventanas oscuras, ni paredes que demacradas sangran de dolor. los años, años guardados en ese hueco de su cocina, revientan y se reflejan en una luz intensa. no tiene que pedir permiso, no tiene que volver a sentir el peso de los días análogos que ha vivido. se dibujan las chispas antes apagadas, se adecuan al ritmo que lleva en cada centímetro de su piel, de su cuerpo perfectamente formado. se le humedecen sus labios, le tiemblan, mientras escucha el sonido inolvidable del momento en que se volvió mujer… la mujer en su ritmo cierra los ojos y los pensamientos acuden a ella de forma inevitable, como diminutos meteoros voraces que se estrellan en su mente. son tantos que no caben, parece ya no aguantarlos, pero trata de seguir su armonioso ritmo y su risa se vuelve llanto. prefiere esos fugaces meteoros que se estrellan a los gritos del hombre, a la pesadez de sus pies, a los años guardados; y en vez de cantar, gime. ya no lo soporta más, se la ve flotar tratando de volver al ritmo; lo logra y vuelven los pensamientos y recuerdos, como fotos en negativo con movimiento. siente deseos de amar, y gime. siente deseos de ser feliz, y llora. mientras baila con una intensidad mayor, a lo nunca lograda, como si fuera el último baile. todo se vuelve confuso; más ella siente deseos de vivir. todo se vuelve luminoso; más ella siente deseos de vivir, y baila. todo se vuelve cálido; más ella siente deseos de vivir, y flota. todo se vuelve vacío; más ella siente deseos de vivir, y muere.

Fuente: Ecdótica



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