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Cuento inédito: Días de agua y soledad



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Días de agua y soledad
Por: Christian Jiménez Kanahuaty

Sábado 21 de febrero.

Empiezan los días del carnaval, y decido quedarme en La Paz. Regresar a Cochabamba sería fácil, es lo esperable. Incluso lo deseable, pero quiero quedarme, hay motivos suficientes como para hacerlo. Pasan los minutos y tras una breve ducha, llamó por teléfono, y sucede lo peor, la primera o segunda o tercera mentira de mi novia. Todo lo anterior ocurre al promediar las diez de la mañana. No puedo creer su reacción y recuerdo una frase de una canción de El Canto del Loco: “y tú decías que todo lo que hago, lo hago mal”, para tranquilizarme llamó a mamá y hay noticias desalentadoras. No es posible, ninguna decisión mía es buena y los reclamos me llegan desde todos los lugares posibles. Decido leer para olvidar.

Camino y entro al Prado, me siento en una de las bancas que no están muy lejos de la fuente que está al frente de la Plaza del estudiante, está a punto de empezar el Corso infantil y cada minuto que pasa deja aparecer a más jóvenes (chichos y chicas) vestidas con disfraces, los chicos cargando grandes mochilas donde llevan botellones de agua que servirán para cargar los chisguetes que portan, aún los globos no han aparecido, yo sigo leyendo, no es un libro complicado pero tampoco es una novela: es una investigación sobre el problema de la tierra en Bolivia, El poder de la tierra; el libro por acción de la espuma que de tanto en tanto me lleva y de algunas gotas de agua que se desprenden de los cuerpos y explotan en el aire, se moja, empieza a hincharse pero de todos modos sigo leyéndolo, es mejor que pensar en todo lo que ha pasado.

Para las once termino de leerlo y para esa hora el Corso infantil ya está en su apogeo. Los niños menores de cinco años van de la mano de sus padres, todos disfrazados, niños spiderman, niñas mariposas, niñas duende y niños piratas, niños hombres lobo y los jóvenes no necesitan de disfraz ellos buscan otras máscaras y otras persecuciones. Camino a casa y recuerdo las palabras de mamá, evoco las palabras de mi novia y no entiendo nada. El carnaval ha llegado y me dispongo a recibirlo de una forma en que no pensé.

Llegó a casa y resuelvo que no puedo quedarme así, que sería totalmente inoportuno quedarme físicamente solo en el departamento en el que vivo, porque la esperanza puede hacer que me desespere y cuando yo me desespero cometo grandes equivocaciones. Así que salgo del departamento y camino una vez más rumbo al Prado, me uno a toda la fiesta, quiero comprar espuma y algunos globos pero me digo que no, que no estaría bien, quiero hacerlo, pero quizás la música que sale de los audífonos me aturde. Antes de salir de casa puse en la mochila el walkman de siempre y tres casets para irlos alternando durante todo el recorrido. Soda Stereo, The Rembrandts y Efecto Mariposa; claro que evitaba estar triste y volver a llamar a mi novia, tenía cierto miedo sobre lo que ella diría y más que todo, me daba terror reconocer que ella estaba con otros y no conmigo. Así, en medio de todo ese cúmulo de disfraces y de personas sonrientes entendí por fin la frase: “estoy en medio de un mar de gente”, la frase proviene de una canción de Coti y sí de alguna manera yo estaba en ese mar de gente y si bien de vez en cuando algún niño me mojaba porque sobre todo, yo no era nadie más que una fracción del paisaje, seguí caminando intentando reconocer a alguien, pero no, todos eran desconocidos, y de tanto caminar llegué a la Pérez Velezco, dirigí mis pasos al lugar donde ahora venden libros y que está al lado de la Casa de la Cultural Franz Tamayo; buscando libros tuve un nuevo desaliento, no encontraba nada, pero la sorpresa llegó casi al final, libros de poesía, dos, uno de Oscar Cerruto: Cifra de las rosas y siete cantares y Los Racimos de Matilde Casazola. Libros innencontrables. Bien cuidados y esperando por mí, al menos eso es lo que quiero creer.

Para medio día me entran ganar de ir a la Plaza Murillo, sin pensarlo estoy ahí y descubro sentado y leyendo en una de las bancas del centro a Benjamín Chávez. Está sentado y leyendo un libro de Sergio Pitol. Hablamos sobre el Carnaval por supuesto y luego de poesía y de algunas lecturas que debo hacer. Habla sobre el Carnaval en Varsovia y yo del Carnaval en Venecia, ninguno de los dos hemos estado ahí, pero hemos leído las crónicas de Pitol sobre esos lugares en justamente ese libro que lleva entre las manos: El arte de la fuga. No sé si alguno de los dos podrá ver todo eso, no interesa en verdad si lo hacemos o no. Puede que de una u otra manera ya hayamos estado ahí, tras una media hora nos despedimos y yo regreso al Prado, aún quiero estar entre gente, escuchar a Soda Stereo y no acordarme de ella ni de las promesas que rompemos en los momentos menos oportunos. Hay más gente, mucha más bulla y el sonido me aturde y me satura pero no descuelgo los audífonos de mis oídos y en un arranque de miedo mando un mensaje de texto de mi celular a mi mejor amiga en Cochabamba, Lourdes Saavedra, para contarle lo que me ha pasado con mi novia.

Hay un puesto de películas al terminar El Prado, debajo de la Plaza del estudiante, y compro por intuición dos películas: El Lector (Con Kate Winslet y Ralf Fiennes) y The Visitor (Con Daniel Craig, Judi Dench y otros) y otras dos por recomendaciones: Australia (Con Nicole Kidman y Hugh Jackman) y El misterioso caso Bejamin Button (Con Brad Pitt y Kate Blanchett). Tras comprar esas películas camino un poco, pero luego siento el cansancio acumulado y emprendo el camino a casa.

Es más de las dos de la tarde y llegó a casa, preparo un café y un sándwich con mermelada de naranja. No es un almuerzo, sólo quiero comer algo. Cuando me siento sólo casi siempre se me quita el apetito y en ese momento del día no me sentía realmente con ganas de comer nada.
Para pasadas las tres de la tarde decidió llamarla de nuevo. Habló con ella y quedamos en que nos veremos en la noche. Aún el día no está perdido. Aún la quiero, y aunque en todo el trascurso del día mis emociones y sentimientos sobre ella han cambiado, sé que igual la quiero. Leo Poemas, la compilación de Eduardo Mitre sobre la obra bilingüe (Fránces-Español) de Adolfo Costa Du Rels y luego duermo un poco. Me despierto y quiero escribir algo; al final hago un comentario sobre el libro que termine de leer en la mañana para el internet. Reviso mi correo y leo algunas entrevistas a Claudio Ferrufino flamante ganador del Premio Casa de las Américas en la categoría novela con su obra El Exilio Voluntario y pido que no tarde en ser publicada. Que sobre todo llegue pronto acá. Que la podamos leer. Vuelvo a casa y antes de café prefiero un té con hojas de cedrón.
Recibo el mensaje de texto de Lourdes en el celular que me pide tranquilidad. Limpio algo mi departamento y pongo en la computadora El Lector. Quiero ver algo de cine. Quiero olvidarme de todo. Quiero vivir sin pensar en otra cosa que en mí. Espero hablar en otra oportunidad de la película. Antes de que termine son las siete treinta de la noche y ella aún no llega. Voy y desde un punto Cotel la llamo y ella dice que está cansada que hizo muchas cosas en casa y que su hermano está con ella; que cenaran y ella se acostará y que no nos pasará nada porque no nos veamos un día. Me dice que mañana vendrá a verme, que mañana domingo nos veremos. Cuelgo y tengo un desconcierto. Estoy también algo cansado pero le dije que podía yo ir un rato por su casa y así hablar o dar unas vueltas al manzano y listo, pero ella también dijo que no a esta posibilidad. Así que una vez más mi cabeza está a punto de estallar, y de nuevo le mando un mensaje de texto a Lourdes. Para cuando abro la puerta del departamento lo recibo y es certero su consejo, voy al baño y me lavo un poco la cara. Y me digo que tengo que comer y que no me puedo dejar así. Compro un pollo al espiedo y vuelvo a casa. Deje en pausa la película y cuando pulso play descubro que sólo faltaban tres minutos para que acabe, camino un poco por mi departamento, veo los libros comprados y busco qué hacer. No quiero escribir, no deseo leer. Así que pongo Australia en la computadora, no quiero leer las reseñas ni nada, me llama la atención el título y los actores y el comentario de la vendedora, nada más. Antes de los primeros diez minutos la llamo de nuevo y hablamos unos tres minutos y me dice que sigue cansada, que me quiere, quiere que me cuide y que mañana después de medio día vendrá a visitarme. Espero que así sea.

Domingo 22 de febrero

Es una mañana fría, como casi todas aquí en La Paz. Hoy es nuestro aniversario y aunque ayer pasó lo que pasó, hoy es otro día. Esperaré a que me llame. Y si no llama antes de medio día la llamare yo.

He lavado algo de ropa. Ordenar la casa se vuelve lo usual, la rutina cotidiana por la cual intento poner orden en mi vida desde el principio. No es más que una simple acción de limpieza, de quitar los ruidos y las telarañas que se van acumulando en las esquinas del techo. Desde ahora ya escucho los sonidos de los petardos, los cuetillos y al ir a comprar pan he visto como la gente se empieza a aprovisionar de serpentinas y misturas, de confetis y hojas de rosas.

He vuelto a casa y he leído un poco, no mucho. Escribí algunos párrafos de una novela que tengo en construcción, la que intenta indagar las posibilidades reales en que el odio, el rencor y el resentimiento anidan al interior de una familia. Es una novela que ya llevó escribiéndola dos años, la comencé acá, me parece que en junio del 2006. La continúe un poco en Cochabamba y ahora la quiero concluir aquí. Cerrar así un círculo, no sé si la novela estará cerrada, pero al menos su escritura sí. Mientras la escribía estaba leyendo Casa de Campo de Donoso, pero sentí que esa historia podría contaminar la mía, terminar por imitarlo y dejar de escribir mi propia historia, no sé si lo logre, pero he cambiado de lecturas, estoy leyendo ahora poesía y pensando mejor algunas escenas de la novela. Luego volveré a Donoso que me gusta demasiado como escritor como para dejarlo de buenas a primeras.

Preparo algo más de café y como algo liviano. Ella no ha llamado y yo sí pero no ha contestado. Ha pasado media hora y he recibido su llamada, son las dos de la tarde, me dice que nos encontremos en la puerta de la Iglesia de San Francisco. Que veamos la entrada de la farándula. Yo no estoy muy de acuerdo, pero no se lo digo, después de todo es nuestro aniversario y me parece que hay otras formas de pasarlo, pero acepto y digo: “Esta bien” puede que después de todo no la pasemos tan mal.

La verdad estuvo algo divertido, monótono, miles de hombres y mujeres vestidos de Pepinos, de Chutas y hombres vestidos de mujeres y pre militares con los trajes raidos, pero otros que pasaban sin ningún disfraz, sólo protegidos con los impermeables de plástico transparente que vendían a dos bolivianos. Globos y espuma. Algo de harina y alguno que otro que arrojaba junto con la harina mistura y serpentina. La verdad que yo quería venirme a casa pronto, ella quería quedarse y como no dijimos nada y sólo vi en sus mirada el enojo por mi enojo decidí quedarme un rato más y nos quedamos hasta eso de las siete de la noche. Hacia frío y muchas personas ya comenzaban a irse. Todo era lo mismo, no había más variedad de trajes ni de conjuntos ni de comparsas.

Al llegar a casa preparamos la cena pero había una suerte de silencio monstruoso que desentonaba con el bullicio de la calle, todos afuera aún jugando con globos y dándose de baldazos de agua y nosotros sin decirnos casi nada. Nadie dice lo que debe decir en el momento apropiado, las relaciones al parecer son así: colmadas de silencio, de secretos que se tejen en el rincón más cercano a la pasión.

Para romper un poco con ese momento propuse ver El curioso caso de Benjamin Button, la película nos gustó, pero luego hablamos, las preguntas de siempre, ¿Estás bien? ¿Te pasa algo? Y pedimos sinceridad. Reclamos, prejuicios, miedos, recuerdos del pasado. No estallamos, a ratos sí ella elevó un poco más de lo normal la voz, pero era comprensible, yo luchaba por no hacerlo y contenerme, trataba de una forma u otra postergar lo inevitable, lo que quizás ya se había estado gestando desde hace muchas semanas atrás y sólo en ese momentos nos percatábamos de su existencia, de esa presencia irresistible que es la distancia a pesar de la atracción de los cuerpos y sobre el crecimientos de los sentimientos.
La acompañé hasta su casa. Caminamos, ella quería ir sola, pero no quería que fuera sola, cierto que no había trasporte público en ese momento, pero… bueno llegamos a su casa y ella entró sin decir nada, para cuando yo ya había dado unos cuantos pasos hacia mi retorno abrió de nuevo su puerta y me dijo con voz neutral: “Andá con cuidado, toma un taxi”. Cuando volví a casa me sentí cansado, agotado y por demás triste.

Lunes 23 de febrero

Levanté el camino de rosas que había puesto la tarde anterior. No eran muchas pero las puse sobre la mesa. Hoy esas rosas siguen ahí, cada día están más secas y aún así son portadoras de un extraño aroma. Espero que ese aroma no me traiga malos recuerdos en el futuro.

Quedamos en vernos hoy, en hablar con más calma. Ella llamara, yo no quiero llamarla, no sé si es miedo o respeto o una sensación que aún no se nombrar. Quizás simplemente es desgano. En el transcurso de éstos días ha traído un montón de cosas, desde libros y cuadernos, hojas con trabajos prácticos de su universidad, peines, y otras cosas que es mejor callar.

Es medio día y sigo escribiendo. No lo hago muy rápido así que no crean que estoy avanzando mucho, me parece que ahora estoy escribiendo sólo para distraerme. Leo un poco el periódico de ayer. Escucho música y salgo a ver quienes fueron los que ganaron en la noche de los Oscar. Descubro con alegría que Kate Winslet ha ganado el Oscar a mejor actriz. Y Penélope Cruz a Major actriz de reparto por Vicky Cristina Barcelona (Dirigida por Woodie Allen). Su papel no me gustó mucho la verdad. Pero es una buena actriz dentro de todo. El papel de Winslet es impresionante, es una película altamente recomendable, la historia es muy dura y conmovedora. Uno piensa en todo el valor que uno le pone a la integridad y a la verdad y descubre que a veces la verdad tiene más caras que sólo la del bien; la verdad puede incluso hacernos perder. Uno piensa a veces que la verdad sirve sólo para liberarnos, pero no es verdad, ocurre que en otras ocasiones lo que hace es aislarnos del mundo. El asunto es reconocer si uno es lo suficientemente fuerte como para asumir eso. Y también habrá que pensar en que si uno es lo necesariamente lucido para darse cuenta de ese detalle en el momento mismo de tomar un camino u otro. No será fácil, pero de una u otra manera despierta respeto y admiración.

Otro de los ganadores y con un sabor ciertamente agridulce es el premio a mejor actor secundario que recibió póstumamente el actor australiano Heath Ledger. Por su interpretación como “El Guasón” En Batman El Caballero de la noche. Cuando uno ve a Ledger, ve un actor portador de un estilo y reconocedor de sus capacidades y en pleno dominio de su arte, que ha ido creciendo desde Las diez cosas que odio de ti, pasando por Corazón de Caballero o Casanova que son ciertamente obras menores, pero al ver Candi o su interpretación en No estoy aquí la película basada en la vida de Bob Dylan o su interpretación en El secreto de la montaña (que le valió su primera nominación al Oscar) uno no entiende cómo pueden suceder ciertas cosas. Quizás todo está condensado en Candi y en El Caballero de la noche. Quizás siempre tendemos a repetir la ficción en el mundo real.

No escapamos de ninguno de ellos porque me parece que no hay ruptura entre ellos, hay continuidad y por mucho que nos pese no somos capaces de percibirla, no atendemos ni los golpes ni los mensajes de la ficción. Y la ficción repite, emula o prefigura la realidad de una manera grotesca.
Son las dos de la tarde y ella ha llamado, vendrá en seguida. Estoy preparando algo para almorzar. No sé si ella se quedará.

Fito Paéz en su último disco de estudio tiene una canción que comienza diciendo: “La sabiduría siempre nos llega cuando no nos sirve para nada”. Rodolfo, el disco de Paéz es certero en muchas de sus frases. Habla y traspira el dolor de la separación, del divorcio con Cecilia Roth. Y de las palabras que uno busca y no encuentra o que a veces si logra dar con ellas, palabras que son paliativos y nos hacen creer que es posible un nuevo mañana. No siempre es así. La conversación no duró mucho, me dijo que aún no nos habíamos perdonado del todo, que ninguno de los dos estaba dispuesto a cambiar y que no era bueno cambiar por obligación y que si ella no hacía algunas cosas era simplemente porque no puede hacerlas o porque no sabe cómo hacerlas, pero tampoco es justo que yo pase por eso. Yo por mil razones que no viene a cuento contar ahora, no pude decir nada, estaba en silencio y cuando ella me dijo que era mejor dejarlo todo ahí y terminar, que nadie se va a morir, que sí nos va a doler pero es mejor hacerlo ahora que después, mi mundo comenzaba a caer, no es una línea retórica ni un lugar común porque lo sentí así, lagrimee y no dije nada. Luego me pide quemar un disco con toda la información que ella tenía en mi computadora y que le es de utilidad para su trabajo.

Mientras yo hacía esto, ella recogía sus pertenencias. No asimilaba nada, estaba como anestesiado. Quería una conversación donde nos digamos que vamos a cambiar o puede que pongamos las cartas sobre la mesa, una vez más, pero sabía y sé dentro de mí que quizás esa es sólo una puerta de aire muy pequeña. Que luego, se cerrará y nos ahogara más todo lo que estamos haciendo y todas las palabras que nos hemos dicho queriéndolo sin querer.

Se fue. La acompañé hasta tomar un bus y volví a casa, almorcé y leí un poco. Tenía ganas de reventar así que me duche y luego salí a caminar. Volví a casa ya de noche, creo, no estoy seguro, cuando volví puse en la computadora la película La Duda (Con Meryl Streep, Philip Seymour Hoffman y Amuy Adams) que me dejó con una sensación extraña en el cuerpo, no sólo por las actuaciones, sino por la trama y por el tema en sí.

Martes 23 de febrero

No sé cómo, pero la mañana se ha pasado muy rápido. El ruido de los petardos y los cuetillos continúa y cerca a medio día se hace más fuerte. Me ducho pasado el medio día, he escrito casi toda la mañana y he leído un poco, prefiero escribir. Ahora cuando leo no puedo concentrarme mucho. Prefiero escapar que mis personajes me entretengan. A veces lo hacen, otras no tanto. Tengo que seguir leyendo y escribiendo. Tomando notas puede que mi escritura mejore.

Pasadas las dos de la tarde voy al Intenet, quiero ver algunos videos en youtube, buscar información sobre Pitol, sobre Fuguet, ver el blog de Paz Soldán y escribir a algunas amigas que están en Cochabamba. Hablé con mi mamá y luego con mi hermano, ellos siempre preguntan cuando voy a volver. Me pregunto si tengo motivos para volver. Claro que están ellos, pero me parece que hace tiempo que no encuentro mi lugar en mi ciudad. No la odio ni nada por el estilo, sólo que no sé que hago en ella. Estoy con mi familia y ayudo en el negocio familiar pero igual me siento encarcelado. De seguro tengo que aprender a vivir con esa sensación. No sé.

En la tarde para eso de las cinco vienen los dueños del departamento en el que vivo y lo challamos, hablamos un poco y escuchamos un poco de música. La casa queda más colorida que lo que se puedan imaginar. Está linda. Y me siento sólo cuando la novia del dueño de la casa me preguntó si estoy con alguien. Sé que sólo terminé con ella ayer, pero me siento solo, como si hubiera estado solo durante toda mi vida, soy un dramático lo sé, pero imagino que alguien entiende a que me refiero.

Los acompaño a caminar y me doy cuenta que hace un frío de mil demonios y que yo estoy sólo con una polera manga larga. Cuando vuelvo tengo hambre, me preparo algo de comer y sin pensar consumo tres tazas de chocolate caliente. Veo The Visitor. Sigo pensando en ella. En las vueltas que da la vida. En que todo lo que pienso ya lo han pensado otros. Que puede que yo no tenga nada nuevo que decir. ¿Si así fuera que debo hacer?
Siempre se han preguntado en las películas de amor, de ruptura y en las canciones de separación y frustración lo siguiente: ¿A dónde va todo el amor que nos teníamos? ¿A dónde queda el cariño? ¿Dónde se va la confianza y los sueños que construimos? Saben, se me ocurre que no van a ningún lado, que se quedan con uno, no se si con uno de los dos que queda abandonado o con los dos porque ambos se abandonan. Pero me parece que se queda dentro de uno y eso es lo que de verdad duele. Molesta y satura de dolor la convivencia con los sueños y recuerdos.

Miércoles 24 de febrero

Pienso que no hay que regodearse tanto en el dolor.



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