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“Los vivos y los muertos”
Por: Ramón Rocha Monroy

Acabo de leer Los vivos y los muertos, la novela reciente de Edmundo Paz Soldán, y pienso de inicio que con ella ha encontrado una de sus voces más promisorias. No es casual que el escenario y los personajes sean norteamericanos, pues uno pertenece no sólo al lugar donde ha nacido sino a los lugares donde ha vivido, en este caso por dos décadas o más. Pero los tips de la novela, aun siendo típicamente norteamericanos, son universales, al menos para los lectores jóvenes que se van a reconocer en esos personajes que tienen My Space, que abrieron cuenta en Facebook, que oyen rock en su IPod, que hacen compras en Wall Mart, y que sueñan con graduarse e ingresar a una universidad de mérito. Pero detrás del viejo sueño americano hay una pulsión de muerte admirablemente administrada por Edmundo, que convierte a Madison, la ciudad romántica de Los Puentes de ídem, ¿recuerdan el film?, en un sitio más sombrío que un desfiladero de los Cárpatos.

Edmundo juega con once voces, once personajes, en un ejercicio de envidiable dominio de la narrativa. Si ésta basa su eficacia en la construcción de los personajes, Edmundo ha acertado plenamente. Por lo demás, los recursos estilísticos son sobrios y precisos: frases cortas, abundantes puntos seguidos, diálogos desprovistos de signos y artificios, descripciones breves y precisas, constantes formulaciones de una o varias filosofías existenciales y un honesto juego narrativo que desecha el suspenso de una novela policial porque prefiere ahondar en el fenómeno que ilustra: la violencia en el inconsciente de una sociedad aparentemente perfecta. Nueve de los once personajes mueren, pero todas, de alguna manera, son muertes anunciadas, y en ellas no interesa ocultar artificialmente al o a los asesinos, sino señalar la responsabilidad de un sistema que ya no puede ocultar uno de sus pilares, la violencia.

A estas astucias narrativas corresponde asimismo el perspectivismo acertado, que permite acercarse a un mismo acontecimiento desde diversos puntos de vista, y la construcción de los personajes que no se basa en descripciones fatigosas sino en actitudes que le dan energía vital al texto. Esos personajes son seres de palabras pero parecen de carne y hueso.

He insistido en el profesionalismo de Edmundo, que en eso se diferencia de muchos otros escritores autodidactas. Examinando su caso, pienso que los autodidactas no debiéramos hacer del vicio virtud. Él encontró el camino correcto y en eso los creadores jóvenes deberían imitarlo y considerar que su formación es el fruto de su propio esfuerzo por no ser del montón en las comunidades donde ha actuado, al principio como alumno y hoy como docente y destacado escritor. A este profesionalismo se debe, por otra parte, el apoyo de la Fundación Guggenheim y de la Apple Fellowship de la Universidad de Cornell para financiar la escritura final de esta novela. ¡Así se trabaja! Así es posible llamar la atención de Vargas Llosa, que dice “Entre los nuevos autores latinoamericanos, la voz de Edmundo Paz Soldán es una de las más creativas”, o la de Fernando Iwasaki: “En la literatura boliviana, el boom es Edmundo.”

Fuente: Ecdótica



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