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Inédito: Crítica a Los vivos y los muertos



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PERDIMOS EL RUMBO ¿Y AHORA A DÓNDE VAMOS?
Por: Christian J. Kanahuaty

Solo, solo cuando esté más triste. Solo cuando ya no existas. Solo cuando me de cuenta que te fuiste. Y piensas que el mundo se va acabar y que ya no importa nada, que te vas a morir. Que te vas a morir de cualquier forma.
Zoé, Solo.

Los vivos y los muertos (Alfaguara 2009) es la reciente novela de Edmundo Paz Soldán. Sí es un punto alto en su narrativa y ciertamente muestra no sólo una evolución, sino una apuesta por adentrarse a mundos que antes esporádicamente se había animado a transitar.

Me voy a permitir desechar el lugar dónde ocurren los hechos, también la música que escuchan o las formas con las cuales interactúan con el mundo para concentrarme más en la forma en que esos personajes se acercan a uno y le susurran en la noche a quién intenta leerlos y escucharlos y quizás hasta verlos en las situaciones que nos van contando.

La novela es una reflexión sobre la ausencia y la pérdida, sí, pero también sobre la manera en que llegamos a un punto determinado de nuestra vida y sólo queremos salir corriendo sin mirar atrás. Queremos sumergirnos en el anonimato o más bien ser las estrellas del lugar para olvidar nuestra decadente existencia y nuestra anodina condición de adolescentes que no se dirigen a ningún lugar pero que no se detienen, tampoco en el camino para preguntarse sobre el porvenir.

Nada nos comunica la proximidad de los cuerpos más que el placer, nada se compara al entendimiento que alcanzamos por medio de los placebos que consumimos de vez en cuando. Los caminos no importan, la música lo es todo y termina siendo la banda sonora de nuestra existencia movediza. Y nuestros sentimientos continúan siendo un poco el horizonte desconocido que estará siempre abierto.

Claro que nada nos dice que vamos a morir, tampoco nadie nos dice la forma lo haremos. Pero a veces uno siente que no verá a los demás envejecer, que el mundo o la vida o los acontecimientos pasan demasiado rápido y uno sólo está sintiendo la brisa o deslumbrado por los colores de un traje nuevo.

Las dudas sobre lo que seremos son permanentes; las formas en que las dudas nos dictan sus extraños secretos son las horas más próximas a la madrugada.

Todo esto parece fluir de uno de los personajes de la novela de Paz Soldán, pero no lo es; es más un acto reflejo, una pulsión de vida trastocada por una pulsión de muerte y es que quizás nadie sale impune con su contacto. Y por supuesto, la vida y los que quedan vivos tampoco entienden las razones del destino. La vida, es a veces, más feroz que la muerte misma. Siempre el que se queda lo pasa peor.

Sí es una novela sobre la ausencia y sobre la perdida, pero no del otro. Da la impresión de que aquellos que perdieron a seres queridos fueron los primeros en perderse a sí mismos. Nos desconectamos de nosotros mismos y nos golpea muy duro la ausencia de ese ser que estaba sentado a nuestro lado, pero quizás junto con él, parte de nosotros también se fue a vivir a otro lado. Y por tanto, nos dejó medio muertos, mutilados y ausentes del mundo real.

Todos vamos a morir, todos estaremos ahí. ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Quiénes nos acompañaran? ¿Lo sentiremos? Preguntas que laten en la mente de los personajes, de los seres que ha creado Paz Soldán, ninguno de ellos se anima a indagar en ese terreno. Indagar significa racionalizar la ausencia y la presencia de la muerte. Y la muerte lo último que necesita es ser racionalizada. La muerte, lo que desea, es que presenciemos su manifestación de poder mientras nos hace llegar el frío de su aliento.

Los que mueren son sólo un recuerdo para los vivos. ¿Pero los vivos en que se convierten? ¿Pueden acaso ser recordados en el tiempo de la misma forma que se recuerda a los que ya no están? ¿Vivir es también una expiación? ¿O la oportunidad para la redención?

Si atendemos a que todo ya está escrito, entonces todas las muertes y todas las vidas están encadenadas y ya no tiene sentido hacer algo para evitar lo que vendrá. Puede ser. Pero también la salida, no la única, pero una de ellas, sea refugiarse en un mundo diferente, en uno donde uno cree sus propias reglas, donde lo interno no se pueda diferenciar de lo externo. Quizás la salida es sólo vivir en mundos que han dejado de ser lo que eran, pero que se han convertido en lo que nosotros necesitamos que sean, con el único objetivo de seguir vivos, o quizás para no sentirnos tan muertos. Y todo eso al final, es un camino que tendremos que recorrer solos.

Fuente: Ecdótica



Una Respuesta »

  1. Yellcka dice:

    Como siempre muy buen libro.
    Sigue adelante.
    Saludos.
    Yellcka.

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