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LETRALIA | HOMENAJE A CHAVELA VARGAS



macorina

Ponme la mano aquí Macorina
Por: Wilson García Mérida

A Erika Vargas, en su luto

“Tráete postales de Frida Khalo y discos de Chavela Vargas”, fue el encargo que me dio Fernando Mayorga cuando hice mi primer viaje al DF a comienzos de los noventa. Pusimos las imágenes de Frida en una plana a full color del periódico y los lectores de Los Tiempos quedaron extasiados ante aquella inaudita explosión de alegre dolor. Y me guardé Chavela para la casa y mis entornos más íntimos, pues entonces no había MP3 ni Facebook ni demás blogüeríos para compartir esas imágenes cantadas con el culto vulgo.

Pasábamos con mi pandilla horas interminables en sesiones chavelescas y escuchando bis tras bis aquellas melancolías del gran José Alfredo Jiménez: Amanecí en tus brazos… Que te vaya bonito… Cuando vivas conmigo… No me amenaces… No volveré… Corazón, Corazón… Cuando nadie te quiera…

Pero la canción de Chavela que nos quitaba la vida y se llevó al aire con sus notas lo que quedaba de nuestro ajayu, era La Macorina. Era el himno consagrado a una hermosa puta cubana, inteligentemente selectiva, que se volvió fierrera por tanta opulencia a dónde su divino cuerpo le había llevado. Andaba por las calles de La Habana, allá por la bella época de los 20, conduciendo uno de los primeros automóviles que circularon en Cuba, fue entonces la primera mujer chofer en esa parte del mundo y dicen que era la hembra más celebrada de toda la ciudad.

Cuando el pueblo ya no la pudo disfrutar viendo andar sus libres carnes voluptuosas, la convirtió en un danzón habanero para seguir amándola bailándola, en las fiestas mojadas del mojito. La Macorina no constituye una canción propiamente, sino una suerte de estribillo que todavía hoy los músicos cubanos incorporan a sus sones y danzones. Es de autor anónimo y existen referencias testimoniales de que ya se conocía por 1925. Algunos se lo atribuyen al cantante Abelardo Barroso debido a que fue muy popular en su voz. Cuando Chavela Vargas comenzó a cantarla en los años sesenta en un tono de lésbico amor y con voz de diva, ambas se eternizaron por los siglos de los siglos.

Ponme la mano aquí Macorina, ponme la mano aquí. Arenga que nos enseñó a amar sin escrúpulos ni remilgos.

“Tus pies dejaban la estela | y se escapaba tu saya | buscando el amor de raya | que al ver tu talle tan fino | las cañas azucareras | se echaban por el camino | para que tú las molieras | como si fueses molino. | Tus senos carne de anon | tu boca una bendición | de guanábana madura | y era tu fina cintura | la misma de aquél danzón”.
Ponme la mano aquí Macorina, ponme la mano aquí.

Fuente: Los Tiempos



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