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Cuento: Las Razones



las razones

LAS RAZONES
Christian J. Kanahuaty

Gilda ha dejado de llorar. Es el tercer trabajo que pierde éste semestre, no lo puede creer. Piensa que no es justa la vida con ella, acaba de escribir en la pared: “La vida es una cárcel con las puertas abiertas”. Puede hacer todo lo que quiera, pero jamás recibirá el reconocimiento que cree merecer. Acaba de aprender eso. Su último trabajo le demandaba tiempo, dinero, y algunas restricciones, se olvidó de ella para concentrarse en su trabajo; su jefe siempre le decía que debía dejar de pensar en ella para pensar en bien de la empresa, que todos eran parte de esa comunidad y que lo mínimo que se podía esperar de cualquiera de ellos era un alto compromiso. Alguna vez Gilda le dijo que necesita salir antes o hacer algunos trabajos desde casa pero él siempre le daba un no como respuesta. Al principio eso no importaba, pero con el tiempo esa actitud tan poco comprensiva resultaba asfixiante para Gilda; después de todo ella no era el tipo de mujeres que hace siempre lo que le dice un hombre. Pero ahora ha pasado el tiempo, y aún está sin trabajo, y realmente no puede permitirse ese lujo. No ha recibido ofertas y los anuncios de los periódicos no la convencen del todo. Cree que ya llegará su tiempo, ha empezado a tranquilizarse. Los primeros días lloraba y estaba agitada por perder así de rápido otro trabajo, pero ahora intenta conciliar el sueño y relajarse, al menos tiene qué comer, al menos logró ahorrar algo, eso sí; aún sus padres no saben la noticia y espera que no se lleguen a enterar. Quiere justificarse, pero no puede. Quiere entender las razones de Armando, su ex jefe, pero no puede, sabe que él hizo mal, que no tenía derecho para tratarla siempre como algo menos que el resto del personal, solo por ser nueva o por ser mujer o por no acceder a acostarse con él en aquella fiesta donde celebraban el aniversario de la empresa; esas no son razones suficientes. Armando no tenía que darle explicaciones por nada, simplemente le dio la carta de despido y se retiro de su oficina sin desearle buena suerte si quiera. Ella se quedó sin habla, fue al baño y grito, un grito agudo pero reconocible; cuando salió casi todos la observaban, pero ella no les prestó importancia, continuo caminando, recogió sus cosas y salió del edificio y se metió en el primer cine que vio abierto, se quedó dos horas observando una película que narraba la historia de un niño genio que tiene como amigos imaginarios a un gigante y a un mudo. Pensaba Gilda que no había sido honesto de parte de Armando despedirla de esa forma, ella sentía que lo había dado todo por ese trabajo, sabía que estaba arriesgando incluso su vida privada por esa empresa; pero no pudo decirle nada a Armando, no le salieron los argumentos. Ahora que ha pasado el tiempo, mientras prepara una sopa de verduras con mucho jengibre, reconoce que lo mejor fue no decir nada. Que ella sabe lo que vale y él debió darse cuenta de eso. Lo que Gilda no sabe es que Armando siente cierta necesidad por ser violento. No lo sabe explicar ni él mismo; pero tal vez tenga que ver con el hecho de que jamás pudo decirle que no a su madre cuando ella le regañaba o le pedía un favor, pero no un favor cualquiera sino de esos que siempre desbaratan los planes de los adolescentes en fines de semana. Lo que Gilda no sabe es que Armando lleva tres años de casado y no tiene hijos. Que su esposa es la novia que tiene desde el último año de colegio y que la quiere, pero que siente que ella no lo deja ser como él quisiera, desde el día en que está con ella, siente que es ella, Carolina, la que ha decidido qué haría con su vida, qué estudiaría y cómo se vestiría y que colores utilizaría en primavera; no es fácil para él decir que no, plantarle a determinada hora o simplemente contradecirla porque sí. Él simplemente no puede. No puede y se siente acorralado, las mujeres que dicen que lo aman y que respeta lo tratan como si él fuera sólo un nombre o unos brazos fuertes y nada más. Gilda detesta a Armando. Armando por su parte, hoy que es lunes, empieza a buscar a su nueva presa, no puede estar tranquilo sabiendo que entre las chicas que están a su cargo hay una que podría estar haciendo con otro lo que su madre y su esposa hacen con él. Gilda acaba de contestar el teléfono, es su padre y antes que nada, le dice: ¿Cómo estás hijita?

Fuente: Ecdótica



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