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Entrevista a Rodrigo Hasbún



Rodrigo Hasbún

Rodrigo Hasbún “El lugar del cuerpo”
Por: Ma. Renée Canelas/ Ma. Renée Cortés
Foto: Daniel James

“Rodrigo Hasbún: recuerden ese nombre. Si es verdad que en el principio está el final, entonces tenemos sobradas razones para celebrar”. (Edmundo Paz Soldán).

En El lugar del cuerpo (Alfaguara), el personaje principal es Elena, una anciana enferma que mira hacia atrás e intenta entender su vida antes de desaparecer. La mejor manera que encuentra de hacerlo, puesto que es escritora, es intentando escribir su vida, abordando algunos momentos que ella considera importantes. Por otro lado, con motivo de hacer su existencia menos triste, la protagonista se entrega a melancólicos enredos sexuales que son narrados con mucho detalle y naturalidad. Durante la novela, predomina la interioridad sentimental reflexiva de la protagonista. Esta amarga y bella novela indaga en el “dolor y la legitimidad del dolor”.

¡OH! Conversó con él sobre este entrañable oficio que estamos seguros lo llevará muy lejos.
¡OH!: Empecemos con una pregunta que en el libro le hacen a Elena, la protagonista de la novela. ¿Qué te propones con tu literatura?

Nada más contar historias, que es quizá lo más elemental que pueda haber, pero al mismo tiempo lo más necesario. Para sobrevivir mejor y para ensanchar nuestro entendimiento de las cosas, necesitamos saber qué sienten los demás, qué piensan, qué les sucede a ellos y cuánto se parece eso a lo que nos sucede a nosotros. Leyendo nos identificamos con lo que les pasa a los personajes y al escritor que está detrás de ellos, nos divertimos, nos conmovemos, descubrimos cosas que no sabíamos que sabíamos. Eso, de por sí, ya es demasiado. Pero además está la belleza de una frase bien escrita o de un detalle luminoso, la belleza escurridiza que nos ablanda y que por un momento nos hace mejores personas. Ojalá pudiera lograr una pizca de eso con mis libros.

¡OH!: La literatura, entonces, para saber mejor de qué estamos hechos…

Sí, para mirar y sentir de otra manera y para ahondar en nosotros mismos y en los que tenemos cerca. Para rescatarnos del olvido, de la desaparición, del abismo. Para atravesar muros y abrirle ventanas a nuestro cuarto. Para vivir más vidas. Para ensanchar y enriquecer la realidad. Para viajar a donde sea desde una silla.

¡OH!: ¿Por qué y cómo decides que el personaje central de la obra sea una mujer y cómo logras, siendo un escritor hombre, ver las cosas desde una perspectiva femenina?
Elena apareció un día y ya no pude quitármela de encima. No fue una decisión racional ni un desafío, simplemente apareció.

Luego, con el tiempo, algunos amigos me hicieron dar cuenta que además de ella, en un montón de mis cuentos los personajes son mujeres. Recién entonces descubrí que las siento más misteriosas y escurridizas que los personajes hombres, más capaces de ser al mismo tiempo cosas opuestas, digamos muy vulnerables y muy fuertes, y que disfruto perdiéndome en ese territorio contradictorio y entrañable.

Por otra parte, hay una tradición de grandes personajes femeninos escritos por hombres que admiro como lector. La Emma Bovary de Flaubert, por ejemplo, la Anna Karenina de Tolstoi, la Molly Bloom de Joyce o la Elizabeth Costello de Coetzee.

Intentar ver el mundo desde esa mirada a momentos radicalmente diferente es, al parecer, una obsesión de muchos escritores. La verdad es que no sé qué piensan las lectoras de los resultados. A lo mejor a ellas no les parecen tan convincentes.

¡OH!: ¿Elena es la versión femenina de Rodrigo?
Entiendo el dolor de Elena y me conmueven su malestar, su guerra permanente con ella misma y con los demás, su terror a la muerte, su rabia contra un país que juega a otra cosa, y por todo eso me siento muy cerca de ella, aunque no estoy seguro si alcanza para considerarla una versión mía. Quizá sólo sea un reflejo deformado y poco posible.
¿Por qué la falta de referencias concretas? No menciona ciudades, ni épocas, ni fechas.

Me agobia el color local excesivo, la obsesión de muchos escritores bolivianos por retratar nuestra sociedad. La falta de referencias concretas quizá sea una respuesta a eso, así como la sexualidad descarnada de la novela sea quizá una respuesta a cierto pudor o timidez que también me molesta como lector.

¡OH!: ¿La literatura no es, como se suele decir, espejo de la sociedad?
Prefiero la literatura que es espejo de otra cosa. De los sentimientos y oscilaciones interiores de los personajes y de las obsesiones del escritor. A eso algunos le llaman despectivamente literatura ombliguista. Si es así, entonces casi toda la gran literatura universal lo es.

¡OH!: ¿Qué piensas de la literatura boliviana emergente?
La literatura boliviana está atravesando un momento interesante. Hay una nueva generación que se ha despojado de algunos lastres antiguos y pesados -el costumbrismo, el incómodo compromiso político, el descuido formal- y que está trabajando seriamente, subordinando todo lo demás a la escritura. Las condiciones siguen siendo deplorables, se lee muy poco en el país, no hay fomentos de ninguna clase, resulta imposible vivir de la literatura o de cualquiera de sus vías paralelas, y aún así, a pesar de todo, muchos escritores jóvenes (y también artistas de otros ámbitos, músicos y fotógrafos y pintores y cineastas) se la están jugando el todo por el todo. La mayoría han vivido o viajado por otros países y han creado lazos. Ese intercambio, además de la familiaridad con las nuevas tecnologías, ha permitido que estén menos aislados y desactualizados.

La atenuación de las fronteras ha abierto puertas y ventanas por donde circula aire fresco y, poco a poco, empiezan a asomar propuestas audaces y contundentes que tienen poco que envidiarle a las que aparecen en países vecinos. Lastimosamente, ser escritor nacido en Bolivia tiene poco prestigio en el exterior y eso, sumado a la infraestructura deficiente de la que dispone el país para promocionar su talento, entorpece que lo que se hace aquí se conozca mejor en otras partes.

¡OH!: ¿Te animarías a lanzar algunos nombres?
Sí, por supuesto, pero no sólo de escritores. Limitándome a lo que se está haciendo en Cochabamba, las fotos de Sergio Ribero me parecen extraordinarias, al igual que la música de Mammut y Oil y las canciones de Santiago Laserna, y me gustan mucho las propuestas de artistas como Rodrigo Rada o Alejandra Dorado. Los videos y las pelis de Martín Boulocq son maravillosos y la escritura de Iván Gutiérrez es muy promisoria.

¡OH!: En tu caso, ¿cómo funciona el proceso de creación? ¿Te obligas a escribir ciertas horas al día? ¿Eres metódico?
La escritura es mi prioridad, aunque a veces pase meses sin escribir una sola línea. Incluso entonces lo es. Leo y tomo apuntes, veo pelis y escucho las historias de los amigos y las de la televisión, siempre en función a una posible escritura futura. Luego, cuando llego a algo que me interesa de verdad, intento escribir con cierta rutina.

¡OH!: Cuéntanos cómo fue en el caso de esta novela. ¿Cuánto tiempo de gestación tuvo, etc.?
Comencé a escribir “El lugar del cuerpo” hace cinco años exactos y tuve lista la primera versión en un par de semanas. Luego, en los dos o tres años siguientes, mientras iba trabajando en otros textos paralelamente, fui armando nuevas versiones, algunas con varios capítulos adicionales, otras con personajes que luego desaparecían en versiones siguientes. Es difícil darse cuenta cuándo uno ya no puede ofrecer más o cuándo las nuevas correcciones empiezan a perjudicar al libro más que a favorecerlo. El 2007, un poco para deshacerme de ella, porque ya estaba empezando a odiarla, la mandé al Concurso Santa Cruz de la Sierra y felizmente le otorgaron el premio. Desde entonces, en estos dos años, seguí haciendo algunas modificaciones pero ya no tan significativas como las anteriores. Y ahora al fin, después de cinco años, me despido definitivamente.

¡OH!: Hablemos sobre tu estilo. Eres directo, concreto, claro…
Intento huirle a la solemnidad y a la escritura innecesariamente inflada o difícil. Prefiero usar un lenguaje despojado y directo: llamarle a las cosas por su nombre, intentar llegar a una poesía más discreta. Es, me parece, una herencia de mi cariño enorme por la literatura norteamericana, de la que tenemos demasiado que aprender.

¡OH!: ¿Qué, por ejemplo?
A trabajar con la experiencia y a ser menos abstractos o difusos. A ahondar en los personajes, a aferrarnos a ellos porque una literatura sin personajes vivos es una literatura muerta. A encontrar belleza en lo más insignificante. A hablar de lo que está más cerca sin ningún pudor. A explorar la intimidad. A escribir libros como si fueran canciones.

¡OH!: Hace poco fuiste seleccionado por la revista Zoetrope-All Story, de Francis Ford Coppola, como uno de los diez escritores latinoamericanos jóvenes más interesantes y el año pasado te otorgaron el Premio Hispanoamericano Unión Latina entre cientos de participantes. De esos logros, entre algunos otros, ¿cuál destacarías más en esta etapa de tu carrera literaria?

Una tarde, un chico de unos diecisiete o dieciocho años me paró en la calle y sacó de su mochila un ejemplar de mi libro de cuentos para que se lo firmara. Su ejemplar estaba completamente subrayado y manoseado. Esas rayas, esas hojas sucias, son mi mayor logro. Más que cualquier premio o reconocimiento.

¡OH!: ¿En qué proyectos literarios estás trabajando actualmente?

Estoy armando un nuevo libro de cuentos. Necesito unos cuatro o cinco más, que espero escribir antes de fin de año, para que ojalá empiece a funcionar como conjunto.

¡OH!: ¿Y la película en la que estabas trabajando con Martín Boulocq en qué estado se encuentra?
Ya todo el material está rodado y ahora pronto nos encerraremos con Martín a editarla. Son decenas de horas de material que revisaremos con calma. Excavaremos en esas horas hasta encontrar los momentos significativos y con esos momentos construiremos la peli. Estimo que dentro de un par de meses tendremos listo un primer corte.

¡OH!: ¿Trabajar en cine es un aprendizaje para el escritor?
Sí, sin duda lo es. Aprendes a trabajar el tiempo de una manera distinta y te enfrentas desde otra perspectiva a los espacios, a las cosas y a los cuerpos.

Algo que me encanta del cine es el trabajo colectivo. Todos ocupan su lugar y se empeñan en inventarse juntos la película. Es un arte muy solidario y de mucha entrega.

Fuente: Los Tiempos



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