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“Cambio climático”, notas a una antología



Cambio climático

“Cambio climático”, notas a una antología
Por Eduardo Mitre

La publicación de cualquier antología poética nacional conlleva siempre un riesgo, pues se halla expuesta a la crítica en cuanto a la inclusión o exclusión de tales y cuales poetas, a la calidad de los poemas elegidos, etc., etc… Tal riesgo puede ser aún mayor si una antología se propone congregar un conjunto de poetas cuyas obras, en su mayoría, son apenas conocidas o se ha hallan en estado de gestación, ya que en lugar de suscitar la polémica, puede enfrentarse a la indiferencia.

No debería ser el caso de Cambio climático: Panorama de la joven poesía boliviana, elaborada por Juan Carlos Ramiro Quiroga, Benjamín Chávez, Quiroga y Jessica Freudenthal (autores de reconocida trayectoria) y recientemente publicada con el oportuno auspicio del Espacio Simón I. Patino de La Paz cuya directora, Michela Pentimali, señala con tino la importancia de esta entrega. Lo que sigue son notas tomadas en mi lectura y relectura de esa publicación.

El libro congrega trabajos de 28 poetas, algunos de los cuales —la propia Freundenthal, Emma Villazón, Anabel Gutiérrez— son ya una presencia ostensible en la poesía boliviana actual. El marco cronológico abarca a los poeta nacidos en las década de los 70 y 80. El carácter plural de la selección resulta patente en la diversa procedencia regional de los poetas de ambos géneros (en proporción exageradamente ecuánime: 14 mujeres y otros tantos varones) y, sobre todo, en las distintas modalidades de escritura, entre las que predominan el verso libre, con rima asonante y a distancia; así, entre otros, el notable poema “Viudas sonámbulas” de Carolina Hoz de Vila.

La muestra trae cinco poemas inéditos de Emma Villazón Richter, los cuales constituyen otro punto fuerte de la misma; en ellos se sigue escuchando (dicho sea en palabras utilizadas hace un par de años por la propia autora para referirse a su primer libro) “una voz que habla sobre la desesperación de una conciencia que no se halla reconciliada ni con el amor ni con el paso del tiempo.”Voz en sordina, Villazón escribe una poesía interior y de interiores, un monólogo o diálogo mental consigo misma que testimonia el espacio doméstico como una prisión y los trabajos de la casa, en un contexto social injusto y misógino, como una penitencia: “Se me encarga que mantenga la casa en orden/ y así lo hago, primero con desesperación, luego sin pensarlo… Asumo mi tarea con sudor y culpa” dicen los rotundos versos de “Haciéndome cargo”.

Estos rasgos y otros la hermanan con Jessica Freudenthal, una de las voces recientes más sugerentes que participa en la muestra con piezas pertenecientes a su libro Hardware y en los cuales se expresan dos temas íntimamente ligados que conforman parte de la trama de su poesía: la busca de una identidad y, concomitante con ésta, la búsqueda de un lenguaje poético propio. Asimismo, los poemas incluidos de Anabel Gutiérrez León provienen de su libro Los espacios de la enfermedad, en el cual la poeta, al decir de Mónica Velásquez Guzmán, “relaciona el acto de nombrar con la construcción y reconstrucción de la casa, del espacio y del cuerpo, como vacíos del amor y de la palabra”.

Con poemas escritos en aymara y quechua, y sus respectivas versiones al español, Elvira Espejo Ayca singulariza y enriquece aún más la selección.

No falta una escritura experimental basada –a la manera del glíglico de Cortázar– en la jitanjáfora, como “Croema” del orureño Sergio Gareca (¿descendiente, me pregunto al paso, del famoso ciclista que con sus coterráneos Jesús Luján y Cornelio Parihuancollo conformaba un trío tan memorable como en fútbol el glorioso San José de entonces?). Del mismo autor, pero con una escritura radicalmente distinta, sobresale “Relación sobre un ser superior”, inspirado en un perro ya envejecido; el poema, con un lenguaje llano, expresa el contraste entre esa inocencia, por no decir pureza, del animal –esa suerte de otredad presente que fascinó a Rilke y a tantos poetas– y la intrincada y oscura psicología del ser humano. A ese poema, para mi gusto uno de los más notables del libro, no le sobra ni falta nada –salvo corregir la errata “estás” por “está”, ya que el poeta se refiere al perro en tercera persona.

Alternando versos cortos y largos, en una polimetría que a veces se apoya en la rima, el cruceño Pablo Osorio expresa, en la voz de un sujeto femenino excedido en kilos, el drama personal y social de la gordura, y lo hace con un lenguaje directo, descarnado, y con imágenes ajustadas al tema. En cambio, Monserrat Fernández, de la cual se ofrecen también fragmentos, opta por la utilización de personajes mitológicos, simbólicos, como Sémele y Dafne, que dan título y tema a dos de sus composiciones entretejidas con un lenguaje lírico de tono elegíaco. “Elogio de la hidra, poema breve pero intenso, de Guillermo Augusto Ruiz, luce dos rasgos característicos de su escritura: el gusto por la imagen súbita y plena (“Un racimo de relámpagos”) y el ritmo apropiado.

El poema en prosa ofrece una hermosa muestra en las composiciones de Mariana Ruiz, especialmente “En el jardín”, poema que oscila o, mejor intercomunica, el sueño y la vigilia, el deseo y la realidad, y dice desde ambos ámbitos o estados el deseo por el otro, por su ansiada presencia. No menos notable es “Suspendida”, alusiva a la gestación de la escritura como arte del tejido. Un par de páginas adelante, encontramos “Ponte un dedal”, de Eufemia Sánchez Borja, poema de versos breves y precisos que, temáticamente, empalma con la de Ruiz, ya que como en ésta el tejer, para Sánchez la labor de la costura emula el de la escritura y viceversa. Otra muestra de este genero difícil, es el fragmento VI de Diego Andrés Medina Alandia que practica una escritura que, sin eludir uno que otro neologismo verbal (“sonrisa que se arena… y se gaviota”), se expande con un ritmo que semeja el monólogo interior de la prosa narrativa.

Señalan los prologuistas: “Hoy en día, los poetas se unen en una atmósfera común: el Internet”. Y, en efecto, el Internet, la televisión, el i-pod y toda la parafernalia de la llamada “hipermodernidad” se hallan presentes en varios textos. Sin duda el más notable de ellos: “Pequeña pildorita”, de Pamela Romano, expresa con exasperación no exenta de ironía y aun de sarcasmo, la asfixia de una subjetividad herida por la soledad a dúo, aletargada o exacerbada por el recurso a los paraísos artificiales, de los cuales forman parte las redes del Internet. Así, en el espacio o habitat virtual, las parejas se conectan y se desconectan pero no se comunican. El grado de soledad manifiesto en varios de los textos es ciertamente elevado.

Basta repasar los títulos de los poemas “Las palabras son colmillos” “Las venas cortadas de los versos”, “Liberación de la poesía,”de Omar Alarcón; o “Poema inflamable”, “Deslenguaje”, de Réne Osdmar Filipovich —los dos más jóvenes junto a Lorena Castellón que inician la antología— para darse cuenta de que su relación con el lenguaje y, por ende, con la poesía, está hecha de amor y odio, fascinación y rechazo. Tal actitud no es, desde luego, nueva ni mucho menos; baste con recordar magníficos antecedentes: al Octavio Paz de “Las Palabras”: “Dales la vuelta,/ cógelas del rabo (Chillen, putas)”, y, entre nosotros, a Oscar Cerruto “Las palabras te santifican… luego te entierran.”

Como reconocen los prologuistas, aún es pronto para medir la temperatura de ese nuevo clima; el termómetro del tiempo ha de decirlo, junto con la obras que vayan gestando las presencias convocadas en esta auspiciosa reunión o encuentro. Vadik Barrón, moscovita de nacimiento, remata su texto “Poetas de fin del mundo” con esta línea: “Que esto es lo que hay, y punto.” De mi parte, a propósito de esta antología, añadiría: Sí, esto es lo que hay, y no es poco. Pero puede haber más, y puntos suspensivos…

Manhattan, junio de 2009



Una Respuesta »

  1. […] el más duro, el más pajero, el más existencialista, el más fatalista, el más superficial. Pablo puede. Es un don. Es un experto del […]

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