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El lugar del cuerpo



el lugar del cuerpo

Hasbún y el cuerpo un lugar
Por: Maximiliano Barrientos

El cuerpo como un lugar de descubrimientos, el cuerpo como el lugar donde se conocen las cosas esenciales, cosas acerca de la vida y del envejecimiento y del miedo. La primera novela de Rodrigo Hasbún trata de esos hallazgos peligrosos. Elena, el personaje central, escribe sus memorias en las postrimerías de su vida. Escribe sus memorias y se obliga a hacer recuento, a echar luz en todas esas regiones que con los años quedaron ensombrecidas. Recuerda cosas que no debería, que no se tienen que traer al presente. “¿El mundo se embellece en los ojos del moribundo? ¿El mundo adquiere un brillo inusual antes de desaparecer?”, se pregunta en este libro en el que se propone contar su historia. “El terror a la muerte y la proximidad de la muerte y la inmanencia de la muerte. Jamás se hubiera imaginado una vida así”, escribe esta autora ya envejecida, enferma de cáncer, que dejó su país hace mucho tiempo. Todas las personas que estuvieron con ella en algún momento de su vida murieron. Elena está sola. Está poblada de muertos, muertos por todas partes. Escribe sus memorias a la sombra de gente que la quiso y que desapareció.

El lugar del cuerpo es una novela de aprendizaje. Una novela sobre el dolor, sobre la ocultación del dolor. Sobre la utilización del dolor para hacer mundos, para irse lejos, para fabricar historias. Ésa fue una de las cosas que más me inquietaron: la relación distante, turbia, casi impersonal, que Elena sostiene con sus heridas. Es imposible compadecerla porque no permite ninguna apertura a lugares blandos, a lugares cómplices. Elena es un personaje frío y solipsista. Un personaje que, a pesar de las brutalidades que poblaron su vida, parece estar siempre en control. Es más que todas sus circunstancias. Está más allá de los agujeros negros. El solipsismo de Elena, sin embargo, dista de ese solipsismo ególatra que David Foster Wallace detectó en los personajes de la gran trilogía de escritores norteamericanos de la segunda mitad del siglo XX: John Updike, Philip Roth y Norman Mailer. No es un solipsismo narcisista. Lo que sí comparte con ellos, al menos con los de Updike y Roth, es esta ecuación tan dura: la cercanía peligrosa entre sexo y muerte. Explora esa profunda relación, que para Foster Wallace, es sintomática de toda conciencia autista. ¿Se puede vencer el miedo a la muerte entregándonos a una caravana de cuerpos anónimos? ¿Se lo atenúa? ¿Se piensa con menos frecuencia que todos moriremos si llevamos una ajetreada y desordenada e intensa vida sexual? ¿Se olvida la muerte en los momentos de mayor goce? Hay algo de esto en El lugar del cuerpo, así como también está presente en algunas de las páginas más notables de Roth y de Updike, y también en El último tango en París, la famosa película de Bertolucci en la que Marlon Brando se encierra con Maria Schneider en una habitación de hotel para que con todas esas acrobacias sexuales no tenga presente, por un rato al menos, que su esposa se mató. Que la vida es detestable sin las personas que nos hicieron pertenecer a un lugar más vasto y sólido. Remarco una diferencia clave entre el personaje de Marlon Brando y Elena: en ella las pérdidas, en vez de ser circunstanciales, concretas, forman parte de un orden difícil de definir. Un orden metafísico, si es que esta palabra, en estos días, pueda tener algún sentido. ¿En qué consiste el daño, su daño? Es un misterio, no se resuelve a la ligera, y esa imposibilidad es lo que la vuelve impenetrable y lo que, en primeras lecturas, imposibilita que nos identifiquemos y reconozcamos en ella. “El sexo redime. El sexo nos devuelve al mundo, quita del aire todo lo demás, borra preocupaciones y malestar. Y sin embargo a veces sucede lo contrario y en algún momento fue lo más horroroso. Claude me trabaja el culo. Esparce lubricante y me lo trabaja durante largo rato. Hay sangre, me la limpia con la lengua. Es tan distinto a Bertrand y de todas maneras soy capaz de amar a ambos. Y aunque me gustaría que lo fueran no podrían ser amigos ni en las mejores circunstancias. El sexo nos muestra como somos, disuelve apariencias”, se lee en el diario que la escritora lleva en la segunda parte de la novela. Ahí está, como nunca, narrada esta difícil ecuación. El sexo en un contexto que no es el de festejo, el sexo alimentado por el miedo y por el exilio.

¿Cómo se relaciona la literatura y la vida? ¿Cómo se inmiscuye la literatura en los descubrimientos escabrosos de la vida? ¿Cómo se producen estos cruces? Esas preguntas, me parece, también están en el centro de la novela. Convertirse en escritora, para Elena, significa hacer las paces consigo misma. Convertirse en escritora implica aprender a mirar con una frialdad descomunal los huesos rotos y la sangre en las bragas y el dedo de su hermano entrando de a poco en noches de insomnio. Mirar los espacios más vulnerables, los espacios donde mejor nos conocimos porque más daño nos hicieron. Parte del misterio y de la perplejidad que despierta el personaje radica en esa frialdad, tan necesaria y tan absolutamente pertinente a la hora de escribir. Ningún escritor que no se mire como si fuera otro podrá hacer una obra de envergadura, y Elena lo sabe.

¿Cuáles son las pérdidas de esa mujer en apariencia invulnerable, esa mujer tan herméticamente contenida? ¿Las violaciones tempranas marcaron el terreno minado? Tengo serias dudas a la hora de establecer un efecto de causalidad directo, Elena está velada, cubierta por un manto oscuro. Es impenetrable, una isla lejana. Y otra cosa: ¿por qué escribir, fabricar historias que no han sucedido, sirve para echar luz en esas cosas que sí sucedieron? “La vida para hacer literatura”, se lee en esta novela breve, intensa y profundamente conmovedora. La vida, decimos nosotros, los lectores, para seguir leyendo libros que hablen brutalmente de lo que somos, de nuestra condición de personas perdidas. Del vértigo y también de la poesía que hay en el centro de los secretos y de los momentos difíciles, de los momentos que debieron tener continuidad pero no la tuvieron.

Fuente: El Deber



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