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Niñez y novelística: la infancia de Vargas Llosa en La ciudad y los perros



la ciudad y los perros

Niñez y novelística: la infancia de Vargas Llosa en La ciudad y los perros
Por: Wilmer Urrelo

Estimado don Mario:

Al fin tengo la oportunidad de contar algo que me pasa con algunas de sus novelas y en especial con una de ellas. Quiero decirle que desde hace muchos años atrás tengo una preocupación. La mía es una preocupación que tiene que ver con la niñez y con el momento en que ésta termina. Usted, si se pone a revisar algunas de sus novelas, comprobará que en muchos casos este fenómeno aparece descrito de una manera particularmente descarnada. Es más: usted, don Mario, si nos ponemos a ver fríamente las cosas, tuvo una niñez muy complicada. Ya sé que muchos dirán que la infancia de una persona no tiene mayor relevancia en lo que vaya a escribir luego. Por supuesto que yo no estoy de acuerdo. Fue complicada, digo, a partir de cuando conoció a Ernesto J. Vargas, su papá. O su señor padre, como decimos de forma hipócrita acá en Bolivia. A propósito de Bolivia: dijo usted en varias oportunidades que lo mejor de su niñez, el Edén, estuvo por estas tierras y más concretamente en Cochabamba, lugar conocido por sus chicherías y su enorme cantidad de gente envidiosa.

Prosigamos: la cosa es que su papá, Ernesto J. Vargas, hizo lo que ahora se conoce como abandono de hogar antes de que usted viniera a este horrible mundo. Y como los Llosa, la rama materna de la familia, era extremadamente conservadora, y temerosa del qué dirán, sufrieron un montón o hartazo como dicen los limeños, durante toda esa época. Dice usted en el libro de memorias El pez en el agua (y cito): Ese primer año de vida, el único que he pasado en la ciudad donde nací [Arequipa] y del que nada recuerdo, fue un año infernal para mi madre así como para los abuelos y el resto de la familia una familia prototípica de la burguesía arequipeña…, que compartían la vergüenza de la hija abandonada… Mi madre no ponía los pies en la calle, salvo para ir a la Iglesia…

Luego de ese año en Arequipa toda la familia Llosa, toda la tribu como le gusta a usted llamarla y a la cabeza del abuelo Pedro, vino a dar a Cochabamba. Ese paraíso ya imposible de rescatar cuando crecemos. Bueno, la cosa es que llegó a Cochabamba, ingresó a estudiar al colegio La Salle, y vivió en una casa ubicada en la calle Ladislao Cabrera. En aquella casa –afirma una vez más en El pez en el aguafui engreído y consentido hasta extremos que hicieron de mí un pequeño monstruo. El engreimiento se debía a que era el primer nieto para los abuelos y el primer sobrino de los tíos, y también a ser el hijo de la pobre
Dorita, un niño sin papá.

Al niño que era usted por esos años le habían contado tremenda mentira como sacada de una telenovela mexicana: que su papá estaba en el cielo, es decir, que se había muerto. ¿Cómo impacta algo así en la vida de un niño? Sostiene usted que eso no lo atormentaba, que eso más bien le brindaba cierto status de privilegio frente a la familia, además de que ese papá ausente –muy importante a lo largo de su novelística, ya lo veremos más adelante– estaba compensada por el cariño de sus tíos y abuelos. Cochabamba fue también, en cierta medida, el lugar donde nacería su pasión por la literatura. Es decir, por la lectura. Ahí, usted lo confiesa, leyó las historias de Guillermo Tell, del rey Arturo y de Robin Hood, entre otros. Sí, parece mentira en esta época invadida por la tecnología: gloriosos años en los cuales los niños leían, en los cuales la lectura era un acto de importancia primera.

Pero todo tiene su fin. Y éste llegó cuando en el Perú un tío suyo, José Luis Bustamante, ganó la presidencia de la República. De forma inmediata éste convocó a su abuelo Pedro para que asumiese la prefectura de Piura. Nada raro. La política siempre fue así. Lo cierto es que dejaron Cochabamba y aunque usted no lo sabía el Edén del que le hablé todo este tiempo estaba por terminar.

La cosa es que llegaron a Piura, ciudad donde habría de desarrollarse muchos años después una de sus más importantes y complejas novelas: La casa verde. Llegaron y los días transcurrieron normales. Ahí estaba usted al lado del abuelo Pedro en las recepciones oficiales, creyendo aún que su padre estaba muerto. Y acá viene la primera coincidencia. O mejor dicho, el primer rescate de su memoria a favor de la literatura. En La ciudad y los perros hay un personaje inquietante y, debo decirlo, muy triste. Me refiero a Ricardo Arana, también conocido como el Esclavo. A éste le pasa algo similar a lo que aconteció con su vida: la niñez concluye para ambos cuando conoce a su padre. ¿Es por eso, don Mario, que en la mayor parte de sus novelas, digamos las más importantes de su vida, el conflicto con el padre es tan importante? ¿Tan relevante?

Decía que el encuentro del Esclavo con su padre es muy parecida con la que usted narra en El pez en el agua. Es pues la revelación del misterio. El padre de la fotografía de la mesa de noche resucita y aparece en su vida. Sin embargo no es una aparición llena de magia, de esas que podríamos imaginar dentro de algún comercial del día del padre. No. Es más bien fría y distante. Ese día usted y su mamá se hallaban en la prefectura de Piura, salieron por la puerta trasera y ahí ella, Dorita, su mamá, se lo dijo. Es decir, que Ernesto J. Vargas no estaba muerto. Ella le dijo que usted ya lo sabía, ¿no es cierto? Ella le dijo que usted ya sabía, ¿verdad? Desconcertado, con ocho años encima sólo contestó por su puesto, por supuesto. Llegaron entonces al hotel de Turistas. Entraron. Y ahí estaba. Dice usted en El pez en el agua (y cito): Mi desconcierto se debía a lo distinto que era este papá de carne y hueso, con canas en las sienes y el cabello tan ralo, del apuesto joven uniformado de marino del retrato que adornaba mi velador. Tenía como el sentimiento de estafa: este papá no se parecía al que yo creía muerto.

Pero antes, permítame explicar rapidísimo de qué trata La ciudad y los perros para aquellas personas que no la hayan leído. La misma cuenta la historia de los cadetes internos en el colegio militar Leoncio Prado. Dentro del mismo se produce el robo de un examen, luego la delación por parte del Esclavo del ladrón. Luego viene la venganza de uno de los compañeros de ese ladrón con la muerte de delator. En medio de esto la novela refleja las contradicciones sociales que producen dentro del Perú. Y también los conflictos que significa crecer en un país de esas características. Los personajes más relevantes son el ya mencionado Esclavo, el Poeta, Teresa y el Jaguar. Y el Boa, aunque éste funciona más bien como una especie memoria grupal.

Sigamos: años después, rescataría aquella escena de reencuentro de forma distinta, pero en el fondo sería la misma vivida cuando el Esclavo llega a Lima junto a su mamá a conocer a ese padre. La imagen no es calcada de la realidad, por su puesto, porque La ciudad y los perros es una novela y su esencia es la ficción. Pero si vemos y leemos el trasfondo nos percataremos que el sentimiento del personaje con aquel que usted experimentó ese día es casi el mismo. Dice usted en la novela (y cito): Luego su madre se separó del hombre, se volvió hacia él y le dijo: «es tu papá, Richi. Bésalo». Nuevamente lo alzaron dos brazos masculinos y desconocidos; un rostro adulto se juntaba con el suyo, una voz murmuraba su nombre, unos labios secos aplastaban sus mejillas. Él estaba rígido.

Y ese día comienza, a mi entender, la carrera vertiginosa de los mejores pasajes de La ciudad y los perros y de una buena parte de sus novelas. Aunque, mejor vayamos por partes: ¿cuánto de su niñez hay en La ciudad y los perros? ¿Mucha? ¿Poca? ¿Casi nada? Haciendo siempre un paralelismo con las memorias ya mencionadas pareciera que, dentro de su primera novela, podemos hallar ciertos rasgos de su infancia con dos personajes: el ya mencionado Esclavo y Alberto, también conocido dentro del Leoncio Prado como el Poeta.

El Esclavo, como ya dije, conoció a su padre casi en las mismas circunstancias que las suyas. El Poeta, por su parte, si bien tiene una familia «modelo» entre comillas representa en cierta medida al adolescente que fue después. Ahora volvamos a su vida. Una vez que lo conoció, unos días después, Ernesto J. Vargas empezó a demostrar quién era. Todo el conflicto se desarrolló, a decir de usted, por los complejos de su padre. Complejos de inferioridad ante la familia Llosa, que, pese a la caída social que había tenido y más aún por el golpe de Odría contra Bustamante y la salida del abuelo Pedro de la prefectura, él consideraba de cierta alcurnia.

La «peculiar» forma de pensar de su papá se enfrentó sin duda con las consecuencias del cariño desmesurado que la familia de su mamá le había brindado en Cochabamba y luego en Piura. Él odiaba que usted tuviera ese comportamiento. Que, textual, hubiese sido criado como una niña. Que leyera, que llorara ante la más mínima elevación de voz. Al Esclavo le pasa algo similar. A su padre también le irritan esas cosas y usted, en la novela, la refleja de manera perfecta cuando ocurre el primer –diría una obtusa funcionaria de esa institución retrógrada llamada Brigada de Protección a la Familia– altercado familiar. El Esclavo cuenta con ocho años, dentro de la casa se produce una discusión por, precisamente, la educación que la familia materna le dio al niño. Dice en la novela (y cito): Una noche los oyó hablar de él en la pieza vecina. «Tiene apenas ocho años, decía su madre; ya se acostumbrará». «Ha tenido tiempo de sobra», respondía su padre y la voz era distinta: seca y cortante. «No te había visto antes, insistía la madre; es cuestión de tiempo». «Lo has educado mal, decía él; tú tienes la culpa de que sea así. Parece una mujer».

Unos días después de esta discusión, el Esclavo se halla echado en cama y sucede una escena que llega a desnudar la importancia de la presencia del padre en La ciudad y los perros. Oye, de pronto, una pelea. Voces de su papá hablando lisuras, palabrotas que él jamás había escuchado en su vida. Se levanta. Corre a la habitación de sus padres e ingresa. Ahí está su progenitor golpeando a su madre. Y está desnudo (¿una agresión más ante la inocencia de este niño?). Dice en la novela (y cito): Pensó: «está desnudo» y sintió terror. Su padre lo golpeó con la mano abierta y él se desplomó sin gritar. Pero se levantó de inmediato: todo se había puesto a girar suavemente. Iba a decir que a él no le habían pegado nunca, que no era posible, pero antes que lo hiciera, su padre lo volvió a golpear y él cayó al suelo de nuevo… la puerta se cerró y él se hundió en una vertiginosa pesadilla.

La vertiginosa pesadilla de la que habla usted es el final de la niñez. Ahí está la clave de todo. En su vida personal, las cosas ocurrieron en igual medida. Hubo peleas. Golpes contra usted y su mamá. Peticiones de perdón de rodillas de su parte hacia Ernesto J. Vargas. ¿El Esclavo es usted de niño? ¿Y el Poeta es usted de adolescente? Quizá, me atrevo a decir, que en esta parte existe una especie de doble línea de juego: el Esclavo no es sólo su niñez sino la relación con el padre y en el caso de Alberto es la relación con la madre. Cuando la novela arranca, el Poeta y su mamá viven solos. En el transcurso de la misma nos vamos enterando que se cambiaron de casa precisamente por los constantes engaños sentimentales hacia ella. Alberto o el Poeta no guarda mucho rencor a su padre. Más bien hay un problema con la madre. Ve a ésta como a una mujer anticuada, aburrida, asfixiante. De hecho, el ingreso de Alberto al Leoncio Prado, la salida de su casa, significa la libertad. ¿Un acto de fuga como dice Alberto Escobar en su ensayo «Impostores de sí mismos»? Es por eso que, cuando llega a casa en los días libres del colegio, hace lo posible por abandonarla pronto. Su madre lo recrimina (y cito): No te veo nunca dijo ella. Cuando sales, pasas el día en la calle. ¿No compadeces a tu madre? Al Poeta esto no le interesa. Algo se ha perdido, sin duda: la relación íntima con la madre ya no existe. Otro pilar de la niñez que también ha desaparecido. Que también se ha derrumbado. De hecho, algo similar pasa en su vida personal cuando, de niño, cree que la relación con su madre acaba el día en que conoce a Ernesto J. Vargas. Dice en El pez en el agua (y cito): …me sentí excluido de la relación entre mi mamá y mi papá, un señor del que, a medida que pasaban los días, me parecía distanciarme.

Sin embargo, más adelante ocurre algo significativo dentro de la novela: la amistad entre el Esclavo y el Poeta. ¿Por qué se hacen amigos si el Esclavo es el cadete más abusado y humillado dentro del Leoncio Prado? ¿Esta amistad sólo la determinan las buenas intenciones del Poeta?

Yo creo, don Mario, que esta unión entre ambos muchachos es la búsqueda interna por volver a unir a ese niño perdido. Al niño dividido. Al niño quebrado. ¿Por qué justamente la amistad entre ambos? Claro, usted dirá que el Jaguar la cara opuesta del Esclavo y que para aclarar es el líder de la cuadra, aquel a quienes todos temen y que emplea ese miedo para abusar de los demás y en especial del Esclavo no es precisamente el gran compañero de su otro personaje, sino todo lo contrario. Creo que no es así, pues en el fondo el Jaguar identifica, pese a calificar al otro de rosquete, algo que también él vivió: una niñez complicada. Es éste otro elemento interesante en la novela: los personajes más importantes, es decir, el Poeta, el Esclavo, el Jaguar y Teresa (sacamos de esta lista al Boa) vienen de familias no tradicionales. Todos, en sus biografías personales, tienen algún conflicto con el padre. El Esclavo le tiene miedo y lo odia en cierta medida, para el Poeta le es indiferente, Teresa no tiene padre, sólo vive con una tía que busca desesperadamente que se case con alguien de plata y con el Jaguar pasa lo mismo: tiene mamá y la falta de la imagen paterna la sustituye con el Flaco Higueras, un ladrón que le enseña todo lo que sabe. Esto es: a mecharse, es decir, a sacarse la mugre y a ser un ladrón, dos aspectos que serán los pilares fundamentales en su vida y en la supervivencia dentro del Leoncio Prado. El Flaco Higueras, en cierta medida, es el padre que él busca. Y es un padre que enseña bien, pues el Jaguar es el único que logra defenderse de la violencia en los primeros años como cadete en el colegio militar. Y también habría que ver, don Mario, por qué justamente el Jaguar se enamora y casa luego con Teresa. Y por qué pasa lo mismo el enamoramiento por parte del Esclavo y un poco después por parte del Poeta. ¿Por qué estos personajes se unen? ¿Los convoca sólo el tema amoroso o se sienten atraídos por su similar niñez? No sé, don Mario, sin embargo tengo la impresión de que la existencia de estos personajes con tan igual pasado y luego la unión sentimental no es meramente casual. Algo, en lo profundo de ellos, los identifica como «hermanos». Hermanos de desgracia, si se quiere.

En resumen: La ciudad y los perros no sólo es una novela, en cierta medida, biográfica, sino que vendrá a ser el inicio de una marca indeleble en su creación ficcional: la niñez y la ausencia del padre. Ya lo veremos años después cuando los personajes de esos libros tengan ese denominador común.

Y ya para terminar, la cuestión de la niñez y todo lo ya explicado no sólo se observa en su forma más dramática en La ciudad y los perros, como ya dije, sino también En conversación en la Catedral si bien el protagonista proviene de una familia «tipo», Santiago Zavala rompe con ella, con esa familia burguesa, no sólo por un capricho de adolescente sino que éste se va extendiendo hasta convertirse en eso que los Zavala repudian: los cholos y renunciar así a su herencia familiar; también la ausencia del padre está presente en Pantaleón y las visitadoras Pantita sólo tiene a su mamá y es, qué casualidad, una madre asfixiante, como la del Poeta; en Quién mató a Palomino Molero el asesinado sólo tiene mamá y la chica de la que se enamora un papá tirano; en Elogio de la madrastra y Los cuadernos de don Rigoberto, Fonchito, el niño erotizado, no tiene mamá y cuenta con un papá liberal a quien manipula la vida y el acercamiento o alejamiento de Lucrecia, la madrastra; en Historia de Mayta pasa algo similar: Alejandro Mayta tampoco tiene padres, se cría con una madrina. O en La fiesta del Chivo: Urania Cabral está peleada a muerte con su padre.

Hay otras más, pero creo que es innecesario nombrarlas.

¿Fue tan grande el peso de la ausencia del padre durante su niñez que usted la fue replicando de manera inconsciente en un buen número de sus novelas?

Ya sé que las trampas de un novelista, como en su caso, son infinitas. Que los mecanismos de la ficción son incontables y que desentrañarlos sería un trabajo más que imposible. Pese a esto, creo que, como le dije al principio, el tema del que le hablé es algo que siempre me inquietó al releer algunas de sus novelas.

¿Estaré en lo cierto?

Fuente: Ecdótica



Una Respuesta »

  1. sergio dice:

    eres un geno Wilmer

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