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Ministerios del miedo



La maquinaria de los secretos

Ministerios del miedo
Por: Miguel Sánchez-Ostiz (*)

La realidad que nos toca vivir es tan intrincada que en ocasiones solo la invención novelesca, el cabe imaginar, puede dar cuenta eficaz de ella. Y en algunos momentos es la novela negra la que puede dar fe de aquello que nadie quiere contar o aún siendo del dominio público, se atreve a publicar: los secretos a voces y las mentiras que el aplauso o el ejercicio del poder hacen verdades. Si los abusos del poder son cosa de novela policiaca, es otra cosa, son invenciones, monstruos de la imaginación desbocada del escritor.

Pero Homero Carvalho con La maquinaria de los secretos no ha escrito una novela policiaca. A ratos el lector puede dudar de si lo que está leyendo es una novela y no un rotundo y vibrante alegato fiscal que pone en la picota a la desvergüenza, el desprecio por los derechos más elementales ejercido por políticos sin escrúpulos que hacen de la burla del ciudadano un oficio y del detentar el poder su único objetivo.

Homero Carvalho se ha atrevido con una realidad laberíntica, convulsa, la boliviana de hoy, indescifrable para un extranjero, como es el caso de quien estas líneas escribe, refiriéndose de manera directa a políticos bolivianos en activo y, sospecho, que a personajes que han tenido su participación en las fechorías de las dictaduras por las que pocos han pagado.

La novela de Homero Carvalho es una novela boliviana, sí, por la época, el contexto, los personajes, pero los asuntos de los que en ella trata exceden en mucho las fronteras de Bolivia y su realidad política y cultural, porque habla de una época, la nuestra, en la que en aras de la seguridad y del miedo inducido y cultivado con esmero, los ciudadanos han ido dejando en manos del ministerio del Miedo, su privacidad y una parte de la libertad que podían ejercitar. Y esto no es privativo, ni mucho menos, de Bolivia. Como tampoco lo es la corrupción de lenguaje al servicio del engaño, practicado por políticos, financieros, comunicadores, empresarios…

El poder incuestionable de los servicios de inteligencia, antes y sobre todo después del 11-S y del 11-M, es algo que no se pone en tela de juicio jamás. Sacrosantos. En unos países más que en otros. Las cloacas, las redadas, los crímenes de estado, las muertes inexplicables, los sobornos y los hundimientos de políticos, la aparición milagrosa de datos de la vida privada de políticos o escándalos financieros que siempre aparecen en el momento oportuno, no se discuten. Están ahí. Nos facilitan la vida, aunque formen parte de una espesa tela de araña que pueden ahogarnos. Y de esto trata La maquinaria de los secretos.

Hablar de los servicios de Inteligencia es un riesgo. Primero porque por lo que el mismo Carvalho dice, el público o bien piensa que es algo parecido a los extraterrestres o un asunto novelesco y solo novelesco, o es cosa que sucede en otra parte, en países totalitarios, nunca en el suyo, en Bolivia, por ejemplo, sí, pero también en la Europa del humanismo y los derechos humanos, donde los dossieres se pagan a precio de oro, y la información es un mercado pujante en el que invertir y hacerse rico. Y segundo porque puedes pagarlo caro, y esto es cosa de broma hasta que pagas el capricho. El sentido del humor de los políticos suele ser proporcionalmente inverso a su vanidad, y cualquier lector puede darse cuenta de la ambición y el arrojo puesto en juego por Carvalho.

Al margen del vigor cierto de su prosa o de la calidez que Homero Carvalho ha puesto en la construcción de su personaje, ese agente de inteligencia a punto de jubilarse que ve como pasa de ser cazador a ser presa, La maquinaria de los secretos es una novela melancólica e inquietante. Melancólica por los personajes puestos en escena, inquietante por la parte que puede tocarnos en esa comedia. No es fácil defenderse en un tiempo de sociedades que tienden a la protección ciega del autoritarismo y renuncian a espacios de libertad en aras de una seguridad. Lo ya repicado y siempre olvidado. Hasta que violentan tu puerta, son imponderables que les suceden a otros.

(*) Miguel Sánchez-Ostiz. Premio Herralde de Novela. España

Fuente: Ecdótica



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