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Indagando un poco más sobre la selección de las quince novelas



Raza-de-bronce

¿Cómo se seleccionaron las 15 novelas bolivianas fundamentales?
Por:Martín Zelaya Sánchez

La idea de armar una colección literaria canónica de Bolivia surgió en 2007, pero recién dio su paso fundamental el pasado fin de semana en Cochabamba, con la elección de los títulos por un equipo de 40
expertos. Sólo resta esperar la publicación.

A las 11.35 del domingo 23 de agosto de 2009, la historia de la literatura boliviana vivió un punto de inflexión. Unos 40 académicos, escritores, críticos, periodistas culturales y editores aplaudieron la lista de las novelas bolivianas fundamentales que el ministro de Culturas, Pablo Groux, dio lectura en el imponente salón principal del Centro Pedagógico Simón I. Patiño de Cochabamba.

Un proceso histórico de argumentación, discusión, concertación y complementación de conocimientos culminó así en una quincena de novelas consideradas esenciales para comprender, sintetizar y transmitir los imaginarios, idiosincrasias, identidades y saberes de un país, reflejado en su literatura.

Juan de la Rosa, de Nataniel Aguirre; Juan de la Rosa, La Chaskañawi, Los deshabitados, Tirinea, Felipe Delgado y Jonás y la ballena rosada.

El resto fue resultado de un intenso y prolongado intercambio de propuestas y contrapropuestas, basado en 12 “finalistas”, los títulos más mencionados a lo largo del proceso en las cinco mesas preparatorias y en las oficiales. De estos 18 libros, se escogieron 15, y quedaron al margen Yanakuna, de Jesús Lara; Periférica Blvd., de Adolfo Cárdenas, y Manchay Puytu, de Néstor Taboada Terán.

Además del listado, el documento final, emitido el domingo 23 en Cochabamba, efectúa las siguientes recomendaciones y conclusiones:

— Debe realizarse una edición comentada de cada novela, cuya introducción dé parámetros para lectores especializados, para maestros y estudiantes y para lectores en general.
— Se recomienda que por la diversidad cultural y social del país se efectúen similares selecciones y ediciones a escala regional, y con auspicios de gobiernos departamentales y/o municipales.
— Es imprescindible que para la publicación de la colección se respeten los derechos de autor.
— Se recomienda la inclusión de las 15 obras en el diseño curricular de la educación secundaria.
— Es necesario dar continuidad a la iniciativa con trabajos equivalentes en otros géneros literarios, y con otras artes plásticas, visuales, musicales, etc.

Más detalles
Mucho y por mucho tiempo se habló, en esferas de intelectuales, autores y académicos, en público y en privado, de que si se dejaba —durante el armado de esta colección— que prime lo “políticamente correcto”, se desvirtuaría el único criterio realmente válido: el valor estético y literario. No ocurrió así. Lejos de tratar de encajar equilibrios regionales, temáticos y de género —de que hubo intentos, sí hubo—, al final las 15 novelas bolivianas fundamentales se escogieron enteramente por su valía. Quiso el azar, no obstante, que el mentado equilibrio se dé casi de manera natural, más allá de intenciones o direccionamientos. Hay cinco paceños (Borda, Arguedas, Cerruto, Saenz y Suárez), cuatro cochabambinos (Aguirre, Zamudio, Quiroga Santa Cruz y Rocha Monroy), tres cruceños (Flores, De la Vega y Montes), dos potosinos (Arzáns y
Medinaceli) y un tarijeño (Urzagasti).

Nataniel Aguirre, con su adelantado y genial relato sobre las batallas independentistas contadas por un niño, abre el ciclo temporal (escribió Juan de la Rosa en 1885), que se cierra, casi un siglo después, en 1987, con Jonás…, de Montes. Dos obras fueron escritas en el siglo XIX (Juan de la Rosa e Íntimas) y una en el XVIII (Historia de la Villa Imperial). En la primera mitad del siglo XX surgieron cuatro (La Chaskañawi, Aluvión de fuego, La virgen de las siete calles y Raza de bronce) y el resto se escribió después de 1950, empezando por Los deshabitados (1959), aunque hay que recalcar que El Loco, de Borda, si bien se editó en los años 60 de manera póstuma, fue escrito entre los 40 y 50.

Antecedentes
El 24 de agosto de 2008, Groux, entonces viceministro de Desarrollo de Culturas, anunció un proyecto para publicar una colección de los diez mejores libros nacionales en un generoso tiraje a ser repartido en
bibliotecas nacionales e internacionales, como incentivo a la lectura y promoción de las letras bolivianas. Presentó entonces una lista de obras —todas novelas— elaborada por un consejo de asesores a la cabeza de Néstor Taboada Terán, y de inmediato los cuestionamientos y discrepancias empezaron a llover.

Semanas después, Groux modificó el proyecto y leyó la convocatoria a un congreso de literatos para elaborar la lista de las diez mejores novelas bolivianas, y anunció la apertura de un espacio en internet para que la gente emita su opinión, que sería considerada por el consejo de expertos. Entonces, la autoridad garantizó recursos para la puesta en marcha de un Fondo Editorial Nacional que en años siguientes antologue y publique los mejores libros de cuentos, poesía, teatro, ensayo y otros.

La intención recién se consolidó en marzo de 2009, cuando el ya Ministerio de Culturas y la Carrera de Literatura acordaron efectuar el mitin con financiamiento y logística del primero, y organización y metodología académica del segundo. Los resultados son los que acaban de arrojarse en la “Llajta”.

El lugar literario
Carrera de Literatura (UMSA)

El 23 de agosto de 2009 es, para la institución literaria y para el ámbito cultural, el homenaje a una de nuestras certezas fundamentales.

Nosotros lo supimos desde recién nacidos. Ahora lo sabe el país. Esa certeza consiste en que siempre valoramos la diversidad literaria como representación de la diversidad nacional, pero, al mismo tiempo, como
el espacio de reunión de todos sus horizontes.

Esa certeza también implica que nosotros hacemos lo que decimos; que académicos, escritores, periodistas culturales, editores vivimos la diversidad y practicamos el consenso. Ambas certidumbres no son poca cosa; ambas demuestran que el lugar literario, y por extensión el lugar de la cultura, es el lugar que construye un país profundamente democrático.

Las 15 novelas fundamentales de Bolivia han sido seleccionadas porque representan, simultáneamente, 15 proyectos de país compartiendo una misma necesidad de nación. No han sido seleccionadas por escondidas
agendas de equilibrio regional, genérico o generacional. Esas 15 novelas son fundamentales porque desde sus diversos sentidos estéticos y posibilidades de mundo representan nuestros horizontes compartidos.

Eso, claro está, es democracia. Las 15 novelas reúnen nuestras necesidades y nuestras proyecciones educativas. En ellas encontramos lo que fuimos y lo que queremos ser, lo mejor de nuestras pasiones y lo peor de nuestras perversiones, nuestros límites racionales y nuestros sueños imposibles. En esas novelas nos aprendemos, con esas novelas nos educamos, porque con esas novelas nos preguntamos. Eso también es democracia. Las 15 novelas revelan nuestros ritos sociales. Los modos cautelosos de la mirada o las maneras abiertas de la sonrisa con las cuales construimos modernidad y renovamos comunidad. Los gestos de la sospecha y de la confianza en aquellas tradiciones que nos atraviesan cada día. Los brazos que abrazan y las manos que golpean y las espaldas que trabajan de todas las gentes que habitan nuestras calles y nuestros bosques y nuestros sembradíos. Todas nuestras convivencias están en nuestras novelas. Eso es democracia.
La democracia construida por la vida literaria y la práctica cultural es, entonces, una democracia profunda. Diversa pero unida; nos cuestiona y nos responde; demanda derechos y asume deberes. Por eso las 15 novelas son nuestras palabras cariñosas y responsables. Porque no sólo queremos un país justo. Queremos también un país hermoso. Un país de novela.

Escritores opinan sobre algunas de las obras escogidas
En enero de este año, Fondo Negro efectuó una encuesta entre 17 escritores que escogieron y justificaron sus tres novelas nacionales imprescindibles. He aquí algunas de esas argumentaciones, sobre obras incluidas en la lista final.

Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Juan de la Rosa
Si bien estilísticamente, salvando la cronología, se pudieran criticar detalles de esta novela, continúa siendo el punto fundamental de la novelística nacional. Un opus magnus que hasta hoy no se ha repetido
con ninguna obra del país.

Virginia Ayllón
– Íntimas

Porque así como Faulkner instala el sur, Zamudio crea a la mujer boliviana en esta novela y su poesía.

Edmundo Paz Soldán
Raza de bronce
Esta novela indigenista captó mejor que ninguna “el problema del indio” en la primera mitad del siglo XX y tuvo un impacto que va más allá de la literatura. La prosa de Arguedas tiene resabios modernistas y, aunque está al servicio de una anécdota relativamente sencilla (o quizás gracias a ello), no ha perdido su fuerza.

Aldo Medinaceli
– El Loco

No es sólo novela, es una obra imprescindible para cualquier lector al que le gusten las cosas raras. Lo que dice Borda ha ido cambiando de forma y tono, pero siempre repitiéndose en más de un autor. Es el
equivalente al Macedonio Fernández argentino, de él se gestaron Borges y Cortázar; de El Loco se desprenden Felipe Delgado y Niebla y retorno, entre muchos otros libros.

Gonzalo Lema
– La Chaskañawi
Porque retrata verbalmente Bolivia, porque advierte de la potencialidad de la chola y porque evidencia la mentalidad pueblerina que no se nos va hasta ahora.
Aluvión de fuego
Porque es la prosa mejor controlada de la novelística boliviana.

Wilmer Urrelo
– Los deshabitados
Me parece que es una novela que inicia (y deja atrás) toda una etapa en la narrativa boliviana. Ése, de entrada, es un gran mérito.

Carlos Mesa Gisbert
– Historia de la Villa Imperial de Potosí
Es, sin ninguna duda, una obra fundacional. Arzáns, al hacer una crónica histórica sobre Potosí, termina en grandes pasajes de su libro marcando el inicio de la creación literaria latinoamericana. No sólo
es un retrato de un tiempo y un mundo fantástico, sino es la expresión mestiza de la Colonia, con valores creativos que preanuncian el “realismo mágico”.
Matías, el apóstol suplente
En clave de humor irónico, con un sentido histórico revelador y un extraordinario manejo de los tiempos narrativos, De la Vega se acerca a dos personajes (el Che y Cristo) a través de la idea sugestiva de la
suplencia (Matías y el Inti Peredo), que demuestran universalidad en la condición humana.

La propuesta de Fondo Negro
De la lista argumentada presentada por este suplemento —invitado al encuentro en Cochabamba y a la mesa preparatoria en La Paz—, ocho novelas quedaron entre las seleccionadas.
Juan de la Rosa, de Nataniel Aguirre
Obra fundacional. Muestra una faceta —la de un niño— poco convencional y muy original de las luchas independentistas. Con justicia, Marcelino Menéndez y Pelayo la calificó como la mejor novela latinoamericana del siglo XIX, y eso no es poco.
Aluvión de Fuego, de Óscar Cerruto
Porque Cerruto ya descubrió, en los inicios del siglo pasado, que la mejor manera de narrar un hecho histórico (la Guerra del Chaco) es, generalmente, desde los márgenes. Y porque ya esboza una “revolución” estilística consolidada años más tarde en Cerco de penumbras.
La Chaskañawi, de Carlos Medinaceli
Porque dio al imaginario popular dos personajes inmortales, Adolfo y —sobre todo— Claudina. Y porque es el hito de la novela costumbrista y provinciana que tanto arraigo tuvo, más allá de ser últimamente denostada.
Felipe Delgado, de Jaime Saenz
Porque creó y se volvió una leyenda urbana por sí misma. Porque identifica cabalmente una parte (la más onírica y entrañable) de La Paz: la emblemática, la aún provinciana, la de las bodegas, aparapitas y callejones.
Los deshabitados, de Marcelo Quiroga Santa Cruz
Durcot y el padre Justiniano son un hito de la novela que ancla la realidad en situaciones y hechos fantásticos. La abstracción y la hondura psicológica de personajes y diálogos le confieren el rótulo de
novela renovadora.
Tirinea, de Jesús Urzagasti
Porque refrescó la literatura nacional con una trama inteligente entre ciudad y campo, y, sobre todo, por el bello lenguaje logrado por un gran narrador, pero acaso aun mejor poeta.
El otro gallo, de Jorge Suárez
Luis Padilla Sibauti es, acaso, el Aureliano Buendía de la literatura boliviana. Suárez pudo haber entrado —con esta pequeña nouvelle sobre la Santa Cruz de lodazales, pistolas y culipi— entre los destacados
del llamado boom de las letras de América Latina.
Jonás y la ballena rosada, de Wolfango Montes
La historia de Jonás y sus amoríos con su cuñada, en medio de una Santa Cruz ochentera emergente, pero aún pueblo gigante y nada más, es un eje convergente que reveló que era posible y necesario escribir de
otra manera y sobre otros temas. Ganó el Casa de las Américas y el mismo Montes admitió que no volverá a escribir nada que la iguale.

Fuente: Fondo Negro



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