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Ensayo sobre La mujer desnuda de Armonía Somers



Armonía Somers

Armonía Somers o el estallido de la palabra
Por: M. Magdalena González Almada

Había salido en busca de algo, un objetivo inconcreto,
algo que no parecía contar con nombre entre las cosas previsibles y ordenadas
como aparecen en los diccionarios

Armonía Somers se enfrenta al doble carácter de la palabra; su función significante dentro del texto y su función comunicacional, y en tanto que repudia la primera pero precisa de la segunda, se encuentra ella misma, como escritora, en un dilema que intentará resolver en la novela La mujer desnuda. La narrativa puesta en juego en la obra, da cuenta de un interés por el lenguaje, por la lengua, por la palabra. Dueña de un dominio del sistema lingüístico que la conduce a los laberínticos razonamientos sobre la lengua misma y sus alcances, Somers parece haber encontrado la fórmula para conjurar el instrumento literario per se y volcarlo a su favor.

En la novela, la autora utiliza un lenguaje pleno de una sensibilidad que remite constantemente a la materia de lo onírico, caro a los surrealistas. Sin embargo, el tratamiento es diferente. Lo onírico aparece en la novela como el complemento de aquella racionalidad perdida junto con la cabeza de Rebeca Linke. Da también lugar al juego entre realidad e irrealidad presente en toda la obra. Asimismo, se trata de impregnarle al texto un sentido que rebalse los meros significantes lingüísticos. Es la palabra que quiere decir algo más, es la polisemia de la misma llevada al extremo.

El texto se presenta como una sucesión de hechos que vívidamente pueden ser imaginados por el lector debido a la materialización visual del mismo. Somers se enfrenta a los límites de la palabra, tal como Rebeca Linke se enfrenta a los límites de la convención. De este modo, la construcción lingüística se apoya en la palabra dicha, la no dicha o en las diversas formas de materialización de las mismas, dibujada por las palabras, y qué palabras, la hembra fatal recrudeció en todos los perfiles de su hechizo (1) . En la narración misma se reconoce que la lengua está gastada, siempre sin recobrar nada más que las palabras comunes, desgastadas por el uso (2); las palabras traicionan al pensamiento, a la imaginación. La lengua limitante, un tema inherente a la literatura e inherente a algunos autores que se han detenido a reflexionar sobre el mismo (3), es resuelta por Armonía Somers en La mujer desnuda mediante el escape hacia lo visual. Al sobrepasar los límites de la palabra, es en la imagen donde puede encontrar un refugio para el hastío lingüístico.

Apelando a lo visual, Somers cae en lo obsceno: aspira, en el límite imposible de su propia práctica espontánea, a mostrarlo todo, a poner en escena la totalidad de lo real (4). Así en la novela, la autora desnuda los límites morales, los límites sagrados vinculados a la religión; desnuda también su propia búsqueda ideológica (la selección de aquello que no va a mostrarse constituye por sí misma una ética, una política, una operación ideológica (5)) y su intención de tornar vivible el límite mismo.

Notas

(1) SOMERS, Armonía: La mujer desnuda, El Cuenco de Plata, Buenos Aires, 2009, pág. 74.
(2) Ibídem, pág. 92.
(3) Casos como los de Alejandra Pizarnik, Virginia Woolf, Ítalo Calvino, entre otros.
(4) GRÜNER, Eduardo: “JLG, o el absoluto de la acción” en David Oubiña (comp.) Jean-Luc Godard: el pensamiento del cine, Paidós, Buenos Aires, 2003, pág. 88.
(5) Ibídem, pág. 88.

Fuente: Ecdótica



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