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Yo, la reina de sus sueños



Amalia Decker

Yo, la reina de sus sueños
Por: Ramón Rocha Monroy

La novela más reciente de Amalia Decker tuvo la virtud de confirmarme varias sospechas. La primera, cuánto necesitamos leer la obra de narradoras en la plenitud de su libertad de pensamiento y en pleno uso de sus sentidos. La segunda, cuán distinta es la sensibilidad femenina en asuntos de amor, que para el hombre están enturbiados por sus inventos históricos: el poder, la violencia, la posesión, la política.

La tercera, una mujer enamorada es ante todo una mujer fiel; mientras dura el encantamiento espiritual, nadie más ha de merecer los favores de ellas, porque ellas han inventado el amor y el erotismo, pero sobre todo evitan contaminarlo con el poder, la política o la ambición a secas. Y, por último, que Amalia Decker confirma con esta novela esas virtudes narrativas que le han permitido recorrer, en tres novelas ascendentes, una carrera exitosa con traducciones al portugués y al italiano.

Amalia es ante todo una mujer plena y soberana de sí misma. Esto ya era evidente en aquel lejano 1982, año en el cual trabajamos juntos en Televisión Universitaria, ella como productora de un programa exitoso y enfocado con una atracción sincera, de ninguna manera impostada, por la cultura popular, como antes la había arrebatado el compromiso político por la liberación nacional.

Más tarde Amalia fue todo lo que quiso: diputada, diplomática, periodista, consultora, funcionaria de rango, y también esposa, amante y madre, y sospecho que cumplió en todos esos escenarios con un aplomo, una personalidad, pero sobretodo una seguridad femenina muy suya, que le permite no amilanarse ante nada ni nadie.

Un día decidió volcar sus recuerdos, su saga familiar, en dos novelas, y tuvo éxito de crítica, y una agente literaria que consiguió bellas ediciones en otros países. Pero esta novela permite vislumbrar un arte mayor, porque los personajes están muy bien construidos, y aunque a ratos se aproximan sospechosamente a personajes de la política de las últimas dos décadas, se defienden solitos como para valer por sí mismos. Es más: sospecho que el lector de otro país, el que no está familiarizado con nuestro acontecer político, disfrutará quizá más que nosotros de esta novela ágil, llena de sorpresas y de turbios hallazgos .

Hay en esta novela una aproximación sincera al eterno femenino, que apuesta por la piel y sus sensaciones en las relaciones de pareja, mientras el personaje masculino tiene hasta la vida íntima circunscrita al cálculo político, al ocultamiento, a las medias verdades, a la corrupción y a las relaciones secretas y non sanctas.

Esta es una historia de amores y de traiciones, pero correría el riesgo de revelar sus misterios si doy una pista más. Por eso me limitaré a decir que, en su trama ágil, en su cuidado perspectivismo, en la plenitud de sus recursos narrativos no vamos a encontrar un lugar común. Aquí hay hallazgos insospechados, alguien diría aberrantes; hay entretelones de la política que enturbian las relaciones amorosas. Pero afortunadamente las mujeres piensan con el cuerpo, una cualidad central de la especie que los hombres, especialmente los políticos, estamos perdiendo; y entonces son capaces de renovar su contrato con la vida cuantas veces se aproximen a una relación sincera, en la cual la plenitud no radique en la figuración, en la posesión, en las páginas de sociales, sino en las intuiciones de la piel y, sobre todo, en la sabiduría de la más profunda piel.

Yo, la reina de sus sueños no creo que sea una novela política, pero inspira reflexiones políticas. Se diría que el campo político es un vientre con un esfínter muy estrecho y difícil de penetrar desde afuera, pero sujeto a torrentes internos que suelen expulsar a esas lombrices solitarias adheridas al cuerpo exhausto del Estado: los operadores políticos. Tomé prestada esta augusta expresión del Chueco Céspedes, aunque él se refiriera a otra cosa.

Hace poco, diríamos el 2005, alguien que conocemos administró una lavativa tan poderosa a este vientre, que expulsó a un enjambre de lombrices. Pero ¿las habrá expulsado a todas? Esa es la pregunta que deja flotando la novela de Amalia Decker.

Fuente: Ecdótica



2 Respuestas »

  1. rosse marie caballero dice:

    Rocha insinúa que esta novela es una lombriz?!
    Coincido en “La primera, cuánto necesitamos leer la obra de narradoras en la plenitud de su libertad de pensamiento y en pleno uso de sus sentidos. La segunda, cuán distinta es la sensibilidad femenina en asuntos de amor, que para el hombre están enturbiados por sus inventos históricos: el poder, la violencia, la posesión, la política”.

    Resulta que la mujer escribe de lo que vida le ha dado, su veta riquísima es su realidad, la realidad que los hombres se han esforzado en ingnorarla e incluso cambiarla según la conveniencia machista imperante desde casi siempre hasta casi hoy. La mujer es un ser maravillos que, sin embargo, en su mayoría no se conoce a sí misma, ni ha descubierto todavía sus potencialidades, por qué? Por la marginación impuesta?… Por mil justificativos.

    Afortunadamente estamos viviendo el siglo xxi y las mujeres escritoras de Bolivia, pues, nos permitimos el lujo de decir lo que íntimamente sentimos, aunque a veces de manera todavia tímida… Pero ya llegarán miles tras de nosotras, que empezamos este siglo con buen pie, o buena mano, como se prefiera. Los hombres tendrán que seguir buscando temas para sus obras; nosotras preferimos hablar de lo que nos está pasando y de lo que somos capaces (a pesar de, o gracias a) nuestra esencial diferencia: “Las poetas solas asoman lentas …/ las poetas cambian, bravas, la Historia.” (de Hojas de eva).
    Saludos,

  2. Rosse,
    Bien por lo de la escritora femeninas, pero pienso que aún les queda mucho por demostrar.
    Saludos,
    Marcelo Paz Soldán
    http://www.ecdotica.com

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