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Diario de Maximiliano Barrientos



diario

Hank Williams sigue sin contestar
Por: Javier Rodríguez C.

El escritor cruceño Maximiliano Barrientos presentó su tercer libro de cuentos, titulado Diario, publicado por la editorial El Cuervo. Javier Rodríguez ofrece una reseña de la obra, sobre la que afirma que merece más que una oportunidad por la lectura ágil que propone.

Canciones de amor y odio. Apenas eso, que no es poco. Al contrario, con unas cuantas variaciones sobre estos dos temas, hasta podría efectuarse un tratado que resuma las horas del mundo, que son demasiadas. La resolución del odio y el amor, sus intrigas, placeres, daños y repeticiones, abarcan una gama tan posiblemente total, que alcanza para capturar la plenitud de lo humano. Describen extraordinariamente sus comportamientos y entrelazan los patrones de sus movimientos. Es aquella una lógica tan implacable –e indescifrable– como la que rige la gravitación universal. Nadie logra huir de ninguna de esas dos fuerzas. Maximiliano Barrientos, en su libro de cuentos Diario (Editorial El Cuervo, 2009), entiende y articula esa máxima con sofisticado oficio. Tanto así que en los cinco cuentos de su más reciente volumen seguimos a personajes, diminutos y familiares, que representan con gran precisión la deriva que solemos experimentar al cruzar las primeras tres décadas de nuestras vidas. Con un registro que alcanza la madurez en su estilo y universo narrativo, Barrientos construye sus historias de forma compacta y clara mientras, cual si se tratara de las canciones excepcionalmente narradas que firman muchos de los músicos que el mismo Barrientos admira, extrema los alcances de esas cinco historias, haciéndolas parasitarse en tiempo y espacio. Todo eso sólo para seguir tentando, desde ellas, las posibilidades desplegadas en el trayecto que va de la vida a la muerte. Y es que todo se resume a cómo nos ocupamos durante ese lapso. Igual, debería estar claro: ¿qué otra cosa puede esperarse de un libro que toma su epígrafe de Leonard Cohen?
Pero es necesario replantearse los prejuicios que nos atacan al acercarnos a un libro de estas características. ¿Se tratará de otro de esos ‘retratos generacionales’, ya a estas alturas tan deslavados? ¿Cabrá esperar –en un ‘Diario’– los angustiosos berrinches juveniles previos al vahído de la vejez? ¿Será otro de esos pastiches de (second rate) americana usualmente tramados por los autores transculturales –en este caso desde un emplazamiento way to the south? Pues ni lo uno ni lo otro. Diario contiene cinco relatos prácticamente impecables, que recurren al pie generacional/personal sólo cuando es indispensable. Son cuentos con toda la universalidad que hace falta para acercarse a las continuidades de lo humano, para hacer narrar los espacios semi-artificiales que las articulan. Es más, ya Años luz, el primer cuento, amplía su mirada hacia el dilema de la narración, hacia la permeabilidad del escritor y la siempre difusa separación entre su persona privada y su persona creativa. Confrontando ése ¿Qué contar? mientras evalúa su pasado reciente nos encontramos a Esteban Olivares, que se detiene para percatarse que el acto narrativo presupone un fortísimo deseo de aislación (en verdad, uno siempre lee y escribe rigurosamente solo). Refugiado en bares y hoteles de carretera, tal vez últimos reductos de lo real, el personaje-escritor continúa un viaje que lo llevará, sin entender el misterio de las relaciones humanas, sobre una carretera en la que encontrará las sensaciones que experimentó en un pasado cada vez más difuso, pero que siempre ha querido convertir en la materia de su narrativa. Cómo tender las variaciones correctas entre el relato y su registro vital, es el dilema que mueve estos cinco cuentos.
Algo en lo que Maximiliano Barrientos ha logrado gran pericia es en el manejo de las imágenes narrativas. Sea por medio de metáforas que se autocontienen o por el uso, casi simbólico, de objetos visuales recurrentes, Barrientos está permanentemente involucrando la sugestión plástica en su narrativa. Parte de esa obsesión se halla en la persistente aparición de fotografías y fotógrafos en sus historias –un recurso que, por excesivo, a veces rompe con toda verosimilitud (¿Cuántas personas andan todo el tiempo con una cámara a cuestas?) De cualquier modo, la presencia del paisaje urbano es notablemente reconstruida por Barrientos, que consigue uniformidad y solvencia al evocar esa repetición demente de metal, arena, asfalto, concreto y vidrio. Son, sin embargo, las imágenes de carretera y su cadencia hipnótica, las que conducen y enlazan los relatos en Diario. A veces rondando las debilidades estereotípicas de cierto cinéfilo-yanki, pero logrando una general pulcritud, son estos espacios (lugares sin presencia, paisajes condenados al tránsito, al vacío) los que construyen el ethos de todo el volumen de cuentos. Las paradas de camiones, como en su cuento Hermanos, los desiertos apenas tapizados por islotes de vida que se extienden a los costados de las carreteras, los autos que se destrozan al colisionar o los animales aplastados sobre el pavimento –ambas efímeras señales del trauma y el final; ésos son los elementos que tejen la realidad devastada en la que se mueven los cuentos de Diario, una realidad en la que lo íntimo se reduce a lo orgánico y la vida se transforma en una lucha permanente por evitar la asfixia de la modernidad.
El resultado de un esmerado proceso lo tenemos en cinco historias redondísimas y en una prosa construida con la estructura concisa de la poética musical y los tonos cotidianos (e intimistas, si vale el término) de la penúltima generación de escritores norteamericanos. Sea por la lectura ágil e impecable que ofrece, o buscando indagar en la feroz exposición de la soledad y el envejecer, que unifican temáticamente el volumen, Diario merece más que una oportunidad. Y es que, ¿cuán a menudo se encuentran libros que puedan dialogar, con esta franqueza, con los grandes temas de Cohen o Williams? Por supuesto que jamás recibiremos respuesta (“Hank Williams hasn’t answered yet”), ya lo sabemos; pero eso no quiere decir que sea momento de dejar de llamar.

Fuente: El Deber



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