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Primer capítulo de Caín de José Saramago en la biblioteca



cain

Caín, de José Saramago
Por Rocha Monroy Ramón

Más polémica que El Evangelio según Jesucristo, la última novela de José Saramago ha sido prohibida en Portugal, pero eso ha aumentado sus ventas en el resto del mundo. Se llama Caín (Ed. Alfaguara, octubre 2009), y es el paseo de un agnóstico extremo por el Antiguo Testamento, con menos piedad y más ironía que al manifestar su simpatía por Jesús en El Evangelio.

La lectura de esta breve novela despierta una simpatía natural por el primogénito de Adán y acumula una crítica mordaz contra el dios de los judíos (al menos contra el dios, con minúscula, que es protagonista de la novela) cuyos designios, según repiten los ángeles, son insondables.

El primer signo de estupor de Saramago es provocado por la actitud solícita del señor con las ofrendas de abel, mientras rechaza el humo de las ofrendas de caín (todo con minúscula, como escribe Saramago). Éste acaba matando a su hermano y allí se inaugura una polémica entre dios y el hombre, que no cesa ni con las últimas palabras de la novela. ¿Por qué el señor ordena a Abraham que sacrifique a Isaac, su propio hijo? ¿Es un anuncio de lo que hará sacrificando a su hijo en la cruz? ¿Por qué envía una lluvia de azufre y fuego sobre Sodoma y Gomorra, que mata incluso a los niños inocentes? ¿Por qué castiga el pecadillo de curiosidad de la mujer de Lot? ¿Por qué confunde a los constructores de la torre de Babel? ¿Por qué decide destruir a la humanidad con el Diluvio? Saramago se pasea a sus anchas por el Antiguo Testamento con una mordacidad y una ironía que hace 10 siglos, quizá menos, le hubiera deparado morir en la hoguera.

Con todo, son temas que inquietan, y que uno ya se los ha planteado antes. Recuerdo que en 1977, en un examen de competencia en Filosofía del Derecho, me tocó la Filosofía de la Iglesia. Entonces me pregunté quién era el verdadero antepasado del hombre, si Abel, el pastor sumiso que escogía los mejores corderos de su rebaño para tributarlos a Dios, o Caín, el agricultor que evitaba tributar sus mejores frutos porque sabía el esfuerzo que le costaba labrar la dura tierra. En esa revisión, recordé al Buen y al Mal Ladrón. ¿Quién era nuestro verdadero antepasado, el Buen Ladrón, que a punto de morir le pide a Dios que se acuerde de él cuando esté en el paraíso, o el otro, que ni ante la inminencia de la muerte refrena su orgullo y se atreve a desafiar: Si tú eres Hijo de Dios, atrévete a bajar de la cruz? Quizá del mismo linaje de Caín y el Mal Ladrón es Luzbel, el gran rebelde.

Marco Denevi, el gran narrador argentino que la dictadura hizo desaparecer, jugaba con estos temas: las mujeres descendientes de Caín eran bellas y voluptuosas, y se acercaban a los piadosos y circunspectos descendientes de Abel para tentarlos. Al final éstos cedieron y ambos pueblos, como dice el escudo de La Paz, en paz y amor se juntaron, y pueblo de paz fundaron, para perpetua memoria.

Un privilegio inusual en el Antiguo Testamento, subrayado en minúsculas por Saramago, es el que concede dios a caín al señalarlo en la frente para que nadie lo victime. Él sabe que es el maldito, pero eso le da la seguridad de que nadie podrá hacerle daño en este mundo porque dios lo protege. Saramago juega con ese privilegio, que inspira a cada paso el debate de caín con el dios de los ejércitos. Para ello se mueve en el tiempo con gran soltura de cuerpo, examinando desde aquí y ahora la extraña catadura de un dios exigente y cruel con su pueblo elegido.

Si quiere leer el primer capitulo pulse aquí o entre en nuestra biblioteca o bájelo de mibug

Fuente: Los Tiempos



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