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Lucha libre versus fútbol


Lucha libre versus fútbol (en Quito)
Por: Wilmer Urrelo Zárate

Debo advertir, antes que nada, que no me gusta el fútbol. Me parece, en resumen, un deporte idiota. Además de ser una de las mafias mundiales peores de aquellas que aparecen en el libro Gomorra de Roberto Saviano. Sin embargo, y quizá por ello mismo, los caminos del fútbol son oscuros y no tuve más remedio, hace unas pocas semanas, que irle a la Liga de Quito por dos razones fundamentales: a) porque yo estaba en el Ecuador y por lo tanto jugaba de local y b) porque la Liga se enfrentaba al Fluminense, equipo poblado de brasileros, y si hay algo desagradable en este mundo es la mezcla de brasileros y fútbol (siempre ganan) o brasileros y carnaval (siempre tienen la suerte de llevar poca ropa).

En fin, la cosa es que la noche en que estos dos equipos se enfrentaban por alguna copa cuyo nombre no recuerdo (pero tenía, eso sí, nombre de marca de coche) abandonaba la Feria del Libro de Quito junto a dos colegas excepcionales: Naief Yehya de México y Miguel Ángel Oxlaj, de Guatemala.

Vamos caminando por las calles quiteñas (tan parecidas a las nuestras) y ya se siente el ambiente: están medio vacías, pues la mayor parte de la gente seguro está o en casa o metidos en algún bar con la tele encendida. Así que mientras nos dirigimos a nuestro hotel hablamos de muchas cosas: de cine, de libros, de los escritores o escritoras de nuestros países. Y yo evito que se hable de «ese deporte» (palabras que, en nuestro país y haciendo un paralelismo con las horribles suegras, podrían compararse a «esa mujer»). Tenemos tiempo y hambre y vamos a Sal y pimienta, un magnífico lugar donde se come como la gente y que cierra a las ocho de la noche. Creo que es Naief quien pregunta si lo hacen por el partido. La muchacha que atiende dice que no y se lamenta:

-La Liga está perdiendo.

¡Plop! El primer golpe bajo. Y es que ella es fanática de ese equipo y por razones que hasta ahora no logro comprender en el restaurante no hay un televisor donde poder ver las incidencias del partido. Pero está la ausencia de éste, que en el fondo es como verlo o tenerlo metido en las narices. Y hago filosofía barata: está la tensión en el ambiente, el silencio en las calles. Entonces pienso que el fútbol no tiene que estar solo en las canchas para hacerse notar, sino también en la ausencia de gente, en el vacío. Prefiero hacerme al gil. Y voy a pedir la cena, pues no quiero echar a perder este momento de excelente charla con una agresión mía innecesaria a «ese deporte». O al fútbol como dice Naief con su acento mexicano. Sin embargo, en medio de la comilona, no tengo más remedio que confesarlo: no soporto un solo partido de «ese deporte» y menos aún a los periodistas deportivos (pero ése es otro tema).

Por fortuna a estos dos colegas llenos de generosidad conmigo eso parece no importarles mucho. Miguel Ángel nos cuenta que él, de niño, jugaba fútbol, y que luego lo dejó y que ahora más bien le interesa la literatura y las computadoras. Naief nos confiesa que quiere irse a ver el partido a su habitación, empero en algún momento surge el tema que me apasiona: la lucha libre. Creo que lo solté en la fila del autoservicio o ya en la mesa donde nos sentamos a comer, y eso detiene su partida.

-Es el mejor deporte del mundo -creo que les digo-. Prefiero mil veces eso que al fútbol.

Ambos frente a frente. Lucha libre versus fútbol.

Luego lanzo una larga (y me parece que algo aburrida) disertación sobre la presencia de El Santo en Bolivia y de cómo hace poco tiempo nomás tuve la suerte de ver pelear a su nieto (Axel) nada más ni nada menos que en el Coliseo Cerrado de la ciudad de La Paz. Narro sin pudor cómo me temblaron las piernas cuando, mientras hacía una interminable fila para ingresar, la señora que se hallaba a mi lado me mostró la máscara que El Santo le regaló a su padre cuando estuvo por estas tierras en los años sesenta. En todo ese tiempo hablamos sólo de la lucha libre. Naief recuerda a las cholitas luchadoras y yo le digo que son espectaculares, y Miguel Ángel deja de comer su pizza y pregunta a qué no referimos con el término chola. Él viene de Centroamérica y cree, o más bien identifica a aquéllas con los cholos, los mareros, los tatuados esos que, si unos los tiene frente a frente es mejor salir corriendo. Le explico por dónde va la cosa y hasta ese momento me encuentro satisfecho, pues parece que la lucha al fin le ganó al fútbol, que le hizo una Huracarana y lo destrozó con la llave Deacaballo o el Martinete. Prosigo: le cuento a Naief y a Miguel Ángel que el mejor luchador de nuestros días, desde mi punto de vista, es el Místico y que La Mística, esa llave que él inventó es como un cuento bellísimo y perfecto de los escritos por Edgardo Rivera, y que es lo mejor que vi en los últimos años. Hacemos una pausa, o mejor dicho, la conversación va por otros rumbos: hablamos del Facebook, de Twitter, de los blogs que aún no logro comprender y aún así me siento satisfecho: espanté sin quererlo ese horrible fantasma futbolístico que parecía estar a punto de instalarse en esta noche quiteña, pero entonces (no recuerdo quién) pregunta por el partido. Quizá la muchacha que atiende las mesas se acerca y nos cuenta que la Liga va ganando. Que remontó el marcador y que va 2 a 1 ó 3 a 1. Lo único que me viene a la mente, en ese preciso instante, es la siguiente escena: yo metido en el bus que sale a la Feria del Libro, hoy por la tarde, y miren la coincidencia, los del Fluminense hospedados en el mismo hotel. Ahí, pegado a la ventanilla, mi rostro observando la parte trasera de la camioneta de los brasileros: bebidas energéticas, balones en su redes y, ay la altura, tres o cuatro garrafas de aire. Quito está, si no me equivoco, a casi 2 800 metros sobre el nivel de mal. Los del Fluminense se quejan de eso. Y los otros colegas que asisten a esta Feria sacan la lengua, una argentina se desmaya en el bus que nos lleva a una cena por la noche y yo me río: estos gauchos no aguantan nada. Aunque, como siempre me pasa, la venganza es dulce, pues al pisar suelo paceño estoy inutilizado por dos días, pálido y bruto. Y pienso: «es inhumano jugar en la altura».

Terminamos de cenar. No hablamos de esa pasión de multitudes, y caminamos un poco y entramos al hotel (en el trayecto la no-presencia del fútbol es aún más fuerte), en el bar hay un televisor y frente a él un montón de gente (quiteños o no) que justo en ese momento gritan un gol más de la Liga. Ya perdí, pienso, mientras veo a un botones sonriente correr hacia el bar porque el equipo va ganando y, al parecer, está cerca del campeonato. Es una derrota con sabor a victoria, pues hasta el momento el fútbol no ha logrado vencerme. La cosa es que los tres nos quedamos unos segundos viendo la algarabía de los futboleros: abrazos, vivas, brazos extendidos hacia el cielo. Ya nos despedimos, cansados. Llego a mi habitación y la tele me hace la última mala jugada del día (en realidad lo hizo desde que llegué): no puedo cambiar de canales, o no sé hacerlo con esta aparato y coloco Fox Sports y ahí el último gol de la Liga. Afuera, observando desde la ventana, se escuchan los cohetes, la noche será interminable, la fiesta recién comienza, el fútbol ha ganado. Y no hay lugar a la revancha. Durante toda la noche, mientras intento dormir, escucharé las bocinas por las calles, la no-presencia ya no está, ahora está una manifestación más, la Liga está haciendo historia, o dos veces historia, como me explica al día siguiente el vendedor de un stand allá en la Feria del Libro. Le digo que no vi todo el partido y que no pude dormir por la bulla. Él pregunta de dónde soy. Le contesto que de Bolivia, habla de la altura y lamenta que no vayamos al Mundial.

-Como nosotros -me dice-. Pero con lo de la Liga ya basta.

Entonces me pregunta quién, creo yo, ganará el Mundial.

-Sinceramente no sé quiénes juegan -le digo.

Me enumera, con esa amabilidad de los quiteños, los equipos que van a Sudáfrica. Japón, escucho. Y recuerdo a los Supercampeones. Mi venganza, pienso.

-Si es así tal vez gane Japón -le digo-. Tiene buenos jugadores.

-¿Y quiénes son? -pregunta.

-Oliver Átom, Benji Price, los hermanos Korioto. Con eso ganan seguro -digo.

Pago el libro. Me da la factura y me retiro, ahora sí seguro de haber ganado una batalla más contra el fútbol. Pero una vez más me invade esa inseguridad que tantos problemas me ha traído a lo largo de mi vida. ¿Ganó la lucha libre? ¿El fútbol? ¿Esto le importa realmente a alguien? A la semana me entero que la Liga es campeón. Me alegro por ellos y por Quito, se lo merece por su generosidad y su belleza, y por los libros que compré allá. Y también me alegro por los brasileros. Qué bueno que perdieron. Hago un recuento histórico y me doy cuenta que no hay ni un solo luchador brasilero que valga la pena. En eso por lo menos ganamos, pienso. Y en eso no hay revancha. Aunque a lo segundos dudo y me rasco la cabeza: ¿o no?

Fuente: Ecdótica

Entrevista a Bartolomé Leal

Entrevista a Bartolomé Leal, autor del Caso del Rinoceronte Deprimido

Fuente: Encuentros Sudamérica

Crónica: Pérdido en DF


Miedo: perdido en el DF
Por: Wilmer Urrelo Zárate

-¿Cómo llego a la avenida Juárez?

La recepcionista del hotel Corinto sonríe con malicia y responde:

-Con cuidado.

Río sin ganas y pienso una vez más: ya van como diez veces que me dicen lo mismo. Luego ella hace su trabajo, llama a un botones y él es el encargado de darme las coordenadas (inútiles, porque igual me perderé). Salimos del hall, bajamos las gradas y señala una avenida infestada de coches y, casi al fondo, el monumento a la Revolución cruzado de escaleras: está siendo refaccionado.

-Váyase con cuidado -me dice antes de verme partir.

Le agradezco y salgo. Atravieso una construcción y ahí está el bullicio. O el ruido, como diría Di Benedetto en El silenciero. Un montón de gente caminando apresurada, los camiones (o micros, como le decimos acá) pasando rápido, los taxis a los que no hay que subirse porque si no te asaltan, al decir de una de las amigas que conocí en Guanajuato. Camino sin fijarme mucho en la gente, paso esa venida y llego al enorme edificio de Sanborns, de ahí, derechito, dicen, está la avenida Juárez y en ella las librerías de las que me hablaron antes de hacer este viaje. Gandhi, El Sótano. Pero ya a esa altura el ambiente empieza a cambiar. Los mexicanos y las mexicanas son como nosotros. La misma contextura física, la misma cara, suspiro porque voy a pasar desapercibido, sin embargo la diferencia está en sus miradas, el defeño y la defeña (como escuché que se dicen a sí mismos) no se detienen a mirarte a los ojos. Tienen la mirada esquiva y uno cree que tiene estampada en la frente las siguientes palabras: te voy a robar.

Las cuadras son largas y, con pena y también ya resignado, me doy cuenta que estoy perdido. Me detengo un momento. A lo lejos, es decir, al frente, pasa velozmente una patrulla de la policía federal. Detrás de ella una ambulancia haciendo sonar la sirena. Saco del bolsillo trasero la libreta y anoto el quinto palito de mi estadística personal. Desde que llegué de León (hace menos de una hora), ya son cinco veces que escucho una sirena. En fin, veo un puesto de revistas, me acerco y observo Playboy, H, Proceso y debajo de esa hilera la primera gran alegría: Pancho Villa, una biografía narrativa del entrañable Paco Ignacio Taibo II.

-¿Y el precio? -le digo.

-200 varos -responde el vendedor.

Tomo el libro y pago. Entonces vuelvo a preguntar:

-¿Cómo llego a la avenida Juárez?

-Váyale con cuidado -sonríe. Y luego-: derechito y dobla a la izquierda.

Agradezco los nuevos datos. El libro pesa demasiado, así que me detengo, me quito la mochila y lo coloco dentro. La avenida por donde avanzo sigue llena de gente, una par de jóvenes caminan delante de mí tomados de la mano. Y ahí está el sexto sentido de los habitantes de está ciudad, ese sexto sentido que se ha desarrollado por algo que, en ese momento, no podía darle un nombre, pero ahora sí. El miedo. Él se da vuelta y luego lo hace ella. Me miran por un par de segundos y me dejan pasar. Acá en La Paz murmuraría un gracias, pero noto que en el DF eso sería más sospechoso aún. Paso sin decir nada y por ese incidente vuelvo a perderme. Una vez más me detengo. Todos son edificios gigantes, tiendas, una escultura amarilla llamada El Caballito. Entonces a lo lejos creo ver una puerta abierta y ahí algunos libros. ¡La avenida Juárez!, pienso. Me encamino hacia allá, esta vez casi corriendo. Al llegar compruebo que no es la avenida Juárez y que ahí hay, más bien, es una librería de saldos. No importa. Acá también deben haber cosas interesantes. Y sí. Leñero y Sainz y Sebald. Los compro agradecido por los precios y cuando intento hablar con el librero se me sale un paceñismo y él se percata que no soy de allá.

-¿De turismo? -me dice.

-Más o menos -le digo. Y luego vuelvo a lo mismo-: ¿esta es la avenida Juárez?

-No. Pero está cerca.

Una vez más las coordenadas. A esa altura comprendo que esta buena gente no es la culpable sino que soy yo y mi constante estado de despiste. Esta vez me resigno. Y camino ya sin rumbo: llego sin querer a una larga hilera de puestos de tacos. Son las cinco de la tarde y ahí el movimiento es incesante. Gente sentada, con platillos de plástico al frente. Se me hace agua la boca, pero pienso luego en la venganza de Moctezuma (de la que también nos advirtieron) y tan sólo me detengo a observar. Entonces una vez más el sexto sentido. Dos señores se dan vuelta para mirarme y la señora metida dentro del snack levanta la vista.

-Qué traes -dice uno de ellos en tono amenazante.

No digo nada y sigo caminando. ¿Creería que iba a robarle algo? ¿A lo mejor el taco que se estaba comiendo? ¿O me tenía miedo?

Y al fin uno se percata. La gente acá tiene miedo. Miedo al desconocido. Esa es la contante sensación que uno puede percibir cuando camina por sus calles. Cuando entra a los negocios. Cuando hace preguntas estúpidas como la ubicación de la avenida Juárez. Y no es que el habitante de esta enorme y desquiciada ciudad sea grosera, sino que toma sus precauciones. ¿Estadísticas de asaltos? ¿Para qué? ¿Para qué las necesitamos si basta encontrarse con las miradas de desconfianza? Acá está el narco. Están los zetas. Los secuestros. Las cabezas cortadas. Sé que una crónica chiquita como ésta no puede explicar la magnitud del DF. No sólo por ser gigantesco, imposible de conocer, sino porque siempre está un paso más allá de nosotros. Una ciudad encantadora, horrorosamente encantadora.

Al fin decido volver al hotel. Lástima que la tal avenida Juárez sea la única avenida en el mundo que se mueva de acá para allá. O lástima, más bien, que yo sea un estúpido cuya última gracia sea el sentido de la ubicuidad.

Pero tengo que regresar. Cerca de donde me hallo está un policía. Aunque nunca lo hice hablo mentalmente con mi perrita muerta y le digo: sácame de ésta, Nanita. Me acerco y pregunto:

-¿Cómo llego a la calle Vallarta?

Es un policía de la Federal. Piensa por un momento y se da cuenta que no soy de allá. Al fin habla por la radio que cuelga del chaleco y repite la pregunta que hice dando el lugar donde nos encontramos.

-Qué hotel busca, señor -me dice.

Le doy el nombre. Una vez más escucho que está cerca. Que debo cruzar un par de calles y luego doblar a la derecha. Cuando estoy a punto de partir el policía me advierte:

-Camínele con cuidado.

Ya no le digo nada. Tanto advertirme lo mismo y creo que ya fui contagiado por el Miedo (ahora con mayúscula). Avanzo ahora sí repitiendo mentalmente las indicaciones del policía, empero no se puede con la falta de inteligencia. Unos veinte minutos más tarde me doy cuenta que sigo perdido. Ya hay más gente por esa avenida sin nombre (y me pregunto ahora: ¿y si esa era la avenida Juárez?), aquélla todo el tiempo apresurada, algunos ríen, pero creo que la mayoría anda preocupada. ¿Cómo preguntarles la forma de llegar a mi hotel? ¿O estaré perdido acá para siempre? ¿Tanto que tendré el tiempo suficiente para leer el voluminoso libro de Paco Ignacio Taibo II? Al fin me acerco a un negocio (una peluquería). En la puerta se halla parado un diminuto guardia de seguridad privada. Le hago la pregunta de marras y él responde:

-Pos está acá a la vuelta.

Le agradezco y está vez giro donde debo girar. Al fin veo el nombre del hotel en la fachada. Suspiro aliviado. Ingreso y subo a mi habitación sin hablar con nadie. Una vez dentro decido no ver tele y escuchar radio. Alguien mató a alguien. Mañana habrá una marcha por lo de Tlatelolco. Poco a poco me quedo dormido y sueño que todas las personas con las que me topé hoy están en mi habitación registrando mis cosas. Ellos no se amilanan ante mi presencia y yo tampoco hago nada. Creo que, en el sueño o pesadilla, al fin pude encontrar la manera de intentar entender el DF: es mejor no hacer ese esfuerzo. Me despierto a las tres de la mañana. No sé si lo hago aliviado. Al fin y al cabo, ser robado o asaltado en esta maravillosa ciudad debe ser el derecho de piso que se tiene que pagar por vivir en ella.

Intento dormir, pero no puedo. No, pienso, esta vez no voy a recurrir a mis pastillas salvadoras. Prefiero pensar en la inmensidad de la ciudad. Enciendo la tele y en el canal de música una muchacha hermosa ataviada como un ángel interpreta una canción pop mientras baila con precisión. También el DF es esto, pienso, y entonces me quedo dormido.

Al día siguiente, en las pocas horas que me quedan en la ciudad, hago un nuevo intento por hallar la bendita avenida Juárez. Ahora tengo el Miedo en las venas, y eso es saludable. Es como quemarse con un objeto y tenerle luego respeto.

¿Encontré la avenida Juárez al fin?

Esa es otra historia.

Fuente: Ecdótica

Cuento: Alejandra de Carlos Rocabado


Alejandra
Por: Carlos Rocabado (“Roca”)

luego de que murió Alejandra, recibí el regalo que nunca debí haber deseado. un día, poco después de su muerte, llamó su madre y me dijo que quería entregarme algo. me estremecí por completo, pensando en el recado que se mostraba desde el más allá. a pesar del trayecto molestoso, de la mueca que me esperaría más tarde en la cara de la madre de mis niños, bajé a visitarla esa misma noche; Alejandra había sido una querida novia, y su madre, más que una ex-suegra, era, es, como una tía por la cual nunca podrás dejar de tener afecto.

la casa de Alejandra apenas había cambiado, a pesar de tantos años, tantas otras suegras y novias; todavía pude reconocer el aparato de sonido, ya antiguo en su momento, la peculiar mesa que hacía de epicentro de la sala de estar, la chimenea sin madera, sin cenizas, sin interés por lo aún vivo. más me costó reconocer a la madre de Alejandra cuando me asustó como un fantasma, bajando las gradas espectralmente: seca, entre luto y sombras, abandonada y deseosa de rendirse ante el destino que le fue adverso, el destino filicida.

no puedo recordar muy bien que nos dijimos. pero en algún momento de esa conversación tras sordinas que trato de reconstituir, ella se retiró, dejándome por un instante con la mesa, la chimenea, el equipo de sonido. el día del entierro ya la había abrazado calurosamente, mientras ella derramaba lágrimas en mi pecho, ya le había dicho cuan tonta e inútil palabra se me había ocurrido en ese momento tan tenso, tan violento. ese momento del pésame se me reveló como el lugar donde las palabras -a las que siempre he tenido en un altar- enseñaban su lado más ridículo, menos humano; el lenguaje vocal desnudaba una vez más su inferioridad frente al lenguaje corporal, mostraba haber sido extranjero al génesis de nuestra raza. volví al presente cuando la madre de Alejandra bajaba de nuevo por esas escaleras, cuando traía entre sus manos el diario de Alejandra.
Alejandra siempre supo que yo consideraba a su diario como un posible trofeo de guerra. una triple joya que deseaba primero en secreto, y luego explícitamente. tenía la curiosidad que siempre fue característica mía, una de esas debilidades que sólo las madres olfatean y reconocen antes de que uno se reconozca a si mismo. la curiosidad por saber de ella, de su vida, a la que siempre Alejandra dibujó libre, aunque yo siempre temí y desee que fuese libertina. la curiosidad de leerme, de ser un personaje en los textos de otra persona, esa ansiedad por querer conocer esa opinión ajena que nunca llega a tus oídos. la curiosidad general, la curiosidad específica, la curiosidad narcisista. cada una de estas se había ido apagando a su propio ritmo. ahora eran los parientes lejanos de una nueva curiosidad, adulta, desinteresada, laboral.

§§§

la madre de mis hijos ya había despachado a estos a sus respectivos sobres, donde fingían dormir mientras oían mi abrir y cerrar de puertas mal aceitadas, donde adivinaban con los párpados cerrados el rayo de luz del pasillo, quebrado por la sombra de mi cabeza, que yacía en otro lugar. sin mucho que decir, ella también se despachó a nuestro sobre, en una mezcla de bastante respeto y un poco de hastío por mis asuntos. sabía que yo no iba a acompañarla en el principio de la noche íntima. cuando las hadas me llaman, mis horarios se estiran, la noche se vuelve mi cobijo, mi envoltorio; cuando las hadas aparecen, sólo la luz de mi escritorio puede romper su nuez.

no se como Alejandra decidió que su diario sea mío, si lo escribió en un testamento, si se lo dijo a alguien cercano, si puso una pequeña nota dentro de él, o un post-it por encima. talvez lo comentó con su madre hace tiempo, y esta, temerosa de volver a reconocer a una hija que ya no está, decidió deshacerse del diario de acuerdo a sus instintos. un eterno ritual, donde uno trata de leer las instrucciones que envía alguien ya ausente. yo también me balanceaba temeroso buscando mi propio ritual: la muerte es un examinador que juzga cada paso que das en nombre de los suyos.

lloré amargamente durante horas, silenciando como podía mis espasmos, sacudiendo esta silla que más que balancearse temblaba, haciendo de reflejo de mi pesar. lloré por su juventud que fue la mía y por su juventud que ya no había sido la mía. por lo que alguna vez supe, por lo que intuí, por lo que nunca supe, por tantas equivocaciones adolescentes. aquellos años nos habían abandonado a ambos y no importaba que yo esté aquí y ella no. la noche se había vuelto torbellino, mi llanto era la mar picada. ya no quería al día, el día a día ya no me quería, me había expulsado hacia atrás. ya no podía imaginar el escribir algo con los relatos que ahora me zarandeaban como a aquel muchacho; la que había sido mi curiosidad presente hasta hace poco se mostraba abominable.

pero vino el día antes de que venga la madrugada. un rayo de luz se proyectó sobre mi ordenador, y una sombra la quebró enseguida. limpiando como podía mis ojos hinchados, giré la cabeza y dibujé una sonrisa de circunstancia, una sonrisa que asegure a una niña, una sonrisa de padre. ahí estaba mi sol nocturno, hermosa y expectante. me levanté al mismo tiempo que repasaba mi nariz con un pañuelo que se ofreció por milagro, agarré su mano y acompañé a mi niña Ana Alejandra.

Fuente: Ecdótica

Víctor Hugo Viscarra


La noche de Viscarra
Por: Mauricio Rodríguez Medrano
Foto: Marcelo Paz Soldán (en La bodega de Jaime Saenz)

Un muerto se ha muerto
Los muertos, tal como los vivos, también pueden morir otra vez.
Tal la revelación del niño epiléptico, durante una tarde de sol.
Los muertos tienen la capacidad de morirse.
El hecho de morir no le priva a uno del derecho de morir otra vez. Ahí está el
secreto de la existencia.
Es por eso que los muertos se han muerto.
Por eso es también que, en cierto modo, los muertos son precoces.

Jaime Saenz

Lo guardó la noche. Fue tragado por sus entrañas y recorrió aquellas calles de miseria, las cicatrices, los gritos que eran silenciados en la oscuridad de los callejones, cuando la luna guiñaba a La Paz, y las fogatas eran avivadas con desechos, cartones y soledad, para tratar de mitigar el frío, sobre todo, el frío.

Víctor Hugo Viscarra escribió como vivió y, tal vez, como murió. Nació un dos de enero del 1958 en la ciudad de La Paz, ciudad de murmullos que sólo son escuchados al caer la noche, y las cantinas apenas son luces percudidas y los pasos de fantasmas son reales, reales para los que viven y mueren todos los días en las calles.

A los doce años fue echado de casa por su padre, así lo cuenta en Borracho estaba, pero me acuerdo. Tal vez, ese fue otro nacimiento, el peor de todos: uno que no eligió. La calle y la bebida lo acogieron. Allí descubrió que las mejores amistades eran las que compartían su forma de vida.

Putas, rateros, aparapitas, vagabundos, despechados, solitarios lo acompañaron mientras descubría todos los laberintos (a manera de esa ciudad de Londres descrita por Borges) más oscuros de La Paz. A veces encontraba en la parroquia de la Max Paredes, San Francisco y Villa Victoria algún sitio para amagar al frío, pero en su mayoría debía soportarlo debajo de un puente o en algún puesto de mercado.

En 1981 su primera obra Coba: lenguaje secreto del hampa boliviano fue rescatada de los policías que decían ser los autores. Luego vinieron los Relatos de Víctor Hugo en 1996. El cronista nos sumerge en la oscuridad de La Paz y nos muestra aquello que callamos.

Muchos de los críticos literarios consideraron que sus escritos no eran literatura, pero a él no le importaba esos comentarios, le satisfacía saber que sus relatos rescataban al lumpen paceño, mostrando pasadizos que pocos conocían.

Aquellas palabras fueron escritas en la nostalgia del Cementerio General. El 2001 publicó Alcoholatum y otros drinks. Otra vez, en los textos desplegó la crueldad habitual que tienen unos y que sólo era soportable gracias a la bebida y a un gran sentido del humor.

Para el 2002, después de publicar Borracho estaba, pero me acuerdo empezó a sentir el precio que se debía pagar por adentrarse en la oscuridad. El hígado ya no soportaba los avatares del alcohol. Aún así, Víctor continuó el camino (la Literatura). Ya no podía dejarlo. Ch’aqui Fulero (obra póstuma) fue un último intento.

Con libros en mano entraba a los pub’s para vender o hacer trueque, por un trago, a otros escritores, artistas, periodistas o algún conocido que ganó su aprecio. Otros lo recuerdan en la San Francisco mirando el caminar de la gente, o comprando un periódico para recortar alguna fotografía sobre él.

Conocía lo más patético de todas las calles y en una de ellas fue dejando, poco a poco, su vida. Ayudado por algunos amigos fue trasladado a la parroquia de Villa Victoria. Los últimos días estuvo en cama, tal vez recordando que en uno de sus escritos decía que esperaba morir antes de los cincuenta años. Lo logró.
Víctor dejó este mundo un 24 de mayo del 2006. Rosones negros. Un amigo dijo: “Murió solo”, alzó la copa y brindó por él. Algunos que lo acompañaron en su último trayecto lloraban, no por la muerte, sino porque, otra vez, la calles, callejones, cantinas, puentes, la noche, la sombra, la violencia, iban a ser sepultados con él.

Fuente: Ecdótica



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