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Víctor Hugo Viscarra




La noche de Viscarra
Por: Mauricio Rodríguez Medrano
Foto: Marcelo Paz Soldán (en La bodega de Jaime Saenz)

Un muerto se ha muerto
Los muertos, tal como los vivos, también pueden morir otra vez.
Tal la revelación del niño epiléptico, durante una tarde de sol.
Los muertos tienen la capacidad de morirse.
El hecho de morir no le priva a uno del derecho de morir otra vez. Ahí está el
secreto de la existencia.
Es por eso que los muertos se han muerto.
Por eso es también que, en cierto modo, los muertos son precoces.

Jaime Saenz

Lo guardó la noche. Fue tragado por sus entrañas y recorrió aquellas calles de miseria, las cicatrices, los gritos que eran silenciados en la oscuridad de los callejones, cuando la luna guiñaba a La Paz, y las fogatas eran avivadas con desechos, cartones y soledad, para tratar de mitigar el frío, sobre todo, el frío.

Víctor Hugo Viscarra escribió como vivió y, tal vez, como murió. Nació un dos de enero del 1958 en la ciudad de La Paz, ciudad de murmullos que sólo son escuchados al caer la noche, y las cantinas apenas son luces percudidas y los pasos de fantasmas son reales, reales para los que viven y mueren todos los días en las calles.

A los doce años fue echado de casa por su padre, así lo cuenta en Borracho estaba, pero me acuerdo. Tal vez, ese fue otro nacimiento, el peor de todos: uno que no eligió. La calle y la bebida lo acogieron. Allí descubrió que las mejores amistades eran las que compartían su forma de vida.

Putas, rateros, aparapitas, vagabundos, despechados, solitarios lo acompañaron mientras descubría todos los laberintos (a manera de esa ciudad de Londres descrita por Borges) más oscuros de La Paz. A veces encontraba en la parroquia de la Max Paredes, San Francisco y Villa Victoria algún sitio para amagar al frío, pero en su mayoría debía soportarlo debajo de un puente o en algún puesto de mercado.

En 1981 su primera obra Coba: lenguaje secreto del hampa boliviano fue rescatada de los policías que decían ser los autores. Luego vinieron los Relatos de Víctor Hugo en 1996. El cronista nos sumerge en la oscuridad de La Paz y nos muestra aquello que callamos.

Muchos de los críticos literarios consideraron que sus escritos no eran literatura, pero a él no le importaba esos comentarios, le satisfacía saber que sus relatos rescataban al lumpen paceño, mostrando pasadizos que pocos conocían.

Aquellas palabras fueron escritas en la nostalgia del Cementerio General. El 2001 publicó Alcoholatum y otros drinks. Otra vez, en los textos desplegó la crueldad habitual que tienen unos y que sólo era soportable gracias a la bebida y a un gran sentido del humor.

Para el 2002, después de publicar Borracho estaba, pero me acuerdo empezó a sentir el precio que se debía pagar por adentrarse en la oscuridad. El hígado ya no soportaba los avatares del alcohol. Aún así, Víctor continuó el camino (la Literatura). Ya no podía dejarlo. Ch’aqui Fulero (obra póstuma) fue un último intento.

Con libros en mano entraba a los pub’s para vender o hacer trueque, por un trago, a otros escritores, artistas, periodistas o algún conocido que ganó su aprecio. Otros lo recuerdan en la San Francisco mirando el caminar de la gente, o comprando un periódico para recortar alguna fotografía sobre él.

Conocía lo más patético de todas las calles y en una de ellas fue dejando, poco a poco, su vida. Ayudado por algunos amigos fue trasladado a la parroquia de Villa Victoria. Los últimos días estuvo en cama, tal vez recordando que en uno de sus escritos decía que esperaba morir antes de los cincuenta años. Lo logró.
Víctor dejó este mundo un 24 de mayo del 2006. Rosones negros. Un amigo dijo: “Murió solo”, alzó la copa y brindó por él. Algunos que lo acompañaron en su último trayecto lloraban, no por la muerte, sino porque, otra vez, la calles, callejones, cantinas, puentes, la noche, la sombra, la violencia, iban a ser sepultados con él.

Fuente: Ecdótica



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