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Roberto Bolaño: El escritor del mal




Roberto Bolaño: El escritor del mal
Por: Mauricio Rodríguez Medrano

Su vida la dejó junto a la cajetilla de sus inseparables cigarrillos, aunque no fue por esa razón que La Soberana lo llamó. El beso de la muerte le quitó el último suspiro la madrugada del 15 de julio del 2003. Un mal hepático lo dejó en el confín de la soledad donde no existen los finales, al igual que en sus escritos.
Nacido en su Santiago de días nublados, a los 13 años se fue a vivir a México. En la adolescencia aprendió el valor de los libros encerrado en una biblioteca pública. Pasaba los días descubriendo páginas y más páginas de historias (Pierre Louis, Sade, Cervantes) y el alma de la poesía, a pesar de tener dislexia. Descubrió los mundos laberínticos de Borges, las habitaciones místicas de Cortazar y el corazón de Nicanor Parra, Pablo Neruda y Vicente Huidoro.

En 1973 regreso a su natal Chile para apoyar el proceso gubernamental de Salvador Allende. Llegó tarde. Pinochet estaba en el poder y había destruido el gobierno de Allende con bombas lanzadas desde aviones que se perdieron entre las nubes de humo que recorrían la ciudad. Roberto Bolaño fue apresado.
Pasaron ocho días y, gracias a un compañero de la infancia, que en ese momento era detective, fue liberado y pudo escapar de la dictadura. Ese acontecimiento le ayudaría a escribir un cuento: Detectives de su libro publicado en 1997, Llamadas telefónicas.

Migró a España donde su madre ya vivía allí. Trabajó de vendimiador en verano en los campos de Cataluña, vigilante nocturno y vendedor de un almacén de barrio, hasta que al fin pudo dedicarse a la literatura, a tiempo completo, porque sus obras fueron ganadoras de premios que le sustentaban el vivir, su alma se nutría con sus escritos.

Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce, obra escrita a cuatro manos, su primera novela publicada. Después vinieron La pista de hielo, La literatura nazi en América, La estrella distante y Llamadas telefónicas, antes de su consagrada: Los Detectives Salvajes que ganó el premio Rómulo Gallegos y sólo pudo ser sobrepasada por su novela póstuma 2666 que tiene 1129 páginas dedicadas el subgénero negro de la literatura.

Obras que se inmiscuyen en el mal, en el misterio, las desapariciones y asesinatos (el desierto de Sonora como espacio de un espejismo donde todo puede ocurrir), reflejan a un Roberto Bolaño, de respuestas irónicas para cada entrevista, como un ser humano: El bien y el mal fundidos sin fronteras que los delimiten.

Fuente: Ecdótica



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