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Casi nunca de Daniel Sada




Un sujeto sólo camina
Por: Christian J. Kanahuaty

Casi nunca, Premio Herralde de novela 2008, es la más reciente novela de Daniel Sada, nacido en Mexicali, México en 1953. Sada fue conocido por su novela Por que casi parece mentira la verdad nunca se sabe; novela coral y polifónica, múltiple y compleja. Dolorosa en suma porque es capaz de recordarnos algunos episodios que intentamos olvidar.

Sada, sin embargo, con ésta novela aventura a contarnos una historia diferente, la de un amor que tiene que ver con el sexo y, sobre todo, con el saber esperar tanto dentro de él como antes de él. Es también el cuento de un viaje y de una desesperación. El protagonista, Demetrio Sordo, es agrónomo y según él ha llegado a una encrucijada en su vida porque si bien posee un buen empleo, tiempo libre y vive solo no tiene nadie más que ese rancho que cuida infatigablemente. Así que decide, haciendo exhaustivas cuentas que lo mejor es ir a donde una mujer y descargar todo lo que tiene dentro. Pero, poco a poco se va dando cuenta que se está enamorando de aquella a quien paga por sus servicios: Mireya es con la que se acuesta, es la puta que está a su servicio y que se enamora de él.

Hasta aquí parece un culebrón más, de los tantos que nos tienen casi acostumbrados las novelas mexicanas de mediados de los ochenta y finales de los noventa. A Sada simplemente le vale madres ese tipo de historias pues no le complace la historia fácil ni la historia sin problemas, ni los complejos raciales ni sociales y menos aún económicos, lo que le importa es explorar otro tipo de cosas y quizás por eso estuvo casi cuatro años escribiéndola, siempre cambiando el punto de vista, siempre trabajando sobre éste detalle para hacer de la historia algo creíble y real. Porque para Sada, como para muchos escritores entre los que me incluyo, no es tan importante el tema, sino el punto de vista que sobre el cuál ese tema empieza a moverse.

Pero bueno, les decía que Demetrio está empezando a darse cuenta que Mireya se ha enamorado de él y él de ella. Ojo que en el caso de Mireya el amor nace a partir de la complicidad de estar con alguien que la escucha, la entiende y que quiere estar a su lado. Y en el caso de Demetrio, si es amor lo que nace pues empieza a partir del placer y del goce y, sobre todo, de la satisfacción de saber que ella lo complacerá en todas sus peticiones y que poco a poco conocerá más y mejor los placeres del sexo y de la flexibilidad de su cuerpo. Así una felación es la constatación del amor. Y una caricia o un sueño de a poco armado, como una casa, es para Mireya la ventana, puerta, jardín, por donde puede salir de esa vida de puteríos y entrar a otra donde puede hacer feliz a su hombre.

Pero, un buen día Demetrio va a visitar a su madre que vive en Coahiula, y ahí conoce a Renata que es la mujer más bonita del pueblo convirtiéndose en objeto del deseo de Demetrio desde ese instante.

Ojo que Demetrio tarda en llegar a Coahuila tres días y quedarse uno y hacer el camino de regreso durante otros tres y tiene casi poco más de una semana de permiso. Bueno, hablan, poco, mientras bailan y luego la despedida. Pasan los meses y empiezan las cartas, de nuevo el encuentro, de nuevo los silencios y las nulas caricias y besos y demás porque Renata no permite que él se acerque a ella y ni siquiera deja que sus pieles se rocen al menos por unos segundos.

Así que tenemos a Demetrio un hombre acostumbrado a la desnudez y Mireya que sigue complaciéndolo pero también le sigue preguntando sobre su futuro y esa casita que pronto será de ellos. Pero no, no se da, Demetrio después de algunas acciones laborales deja a Mireya y se larga a construir su propio negocio: un lugar de juegos de billar. Lo regenta y le va de maravilla. Tiene ambiciones, quiere construir un lupanar, un prostíbulo, elegante y discreto. Y, sin embargo, encuentra dificultades.

Quizás baste decir que al final Demetrio se queda con Renata y corre un tupido velo sobre lo que sucede sea lo mejor; porque la idea no es hacer un resumen de la novela sino más bien, hablar un poco sobre Sada y su peculiar uso del lenguaje.

Para muchos Sada es barroco, cercano a Carpentier o Lezama Lima, de hecho Roberto Bolaño dice que Sada usa un barroco del desierto mientras que Lezama utiliza el barroco del trópico. A mí la verdad no me parece muy justo lo que dice Bolaño, pues Sada no es sólo del desierto sino de la ausencia, un lenguaje que es vueltero, diferente, pero certero. Cadencioso y melodioso, un sueño, el lenguaje de Sada es como esas tardes calurosas donde vas sudando mientras caminas pero aún así sabes a dónde te diriges. No es circular, es lineal, pero dentro de esa linealidad que es la historia Sada encuentra los detalles, las aristas y sus posibles ramificaciones y aunque no se anima a ser digresivo es lo suficientemente inteligente como para dejar ver que podría haber pasado si tal o cual cosa hubiera sucedido.

Sada nos cuenta de una pasión. Nos habla de un encuentro que puede ser como la mayoría de los que suceden entre un hombre y una mujer debajo de las sábanas, pero lo que también nos cuenta en Casi nunca es que esa pasión a veces es el único impulso de una vida, está ahí Demetrio que parece algo patético y muy retorcido en sus ideas; pero encuentra la forma de moverse en la vida guiado por el deseo o las formas de una mujer como ai él aún estuviera en un rancho oculto y perdido de Oaxaca.

Demetrio Sordo da la impresión de pensar con el glande. Sus neuronas se mueven en otras direcciones, sus sentimientos apuntan a otros lugares. Cuando uno pasa revista a sus acciones a veces tiene la extraña sensación de estar con alguien tímido, muy frágil y demasiado desamparado; uno siente un cierto cariño por él, pero a medida que avanza la historia y nos vamos enterando de qué es lo que hace, pues sabemos que su fuerza estaba en otro lado y sólo tenía que encontrar un detonador que lo haga despertar.

Así Sada en Casi nunca nos muestra otra faceta del deseo, del amor y del placer. Pero también nos enseña la leyenda que se va escribiendo en el reverso de ese placer, una leyenda que tiene que ver con las pulsiones que nos hacen hacer lo que hacemos. La poca cuenta que nos damos cuando hacemos lo que hacemos y lo poco interesados que estamos en conocer las razones que nos incitan a hacer lo que hacemos.

Fuente: Ecdótica



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