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Correr, escribir, leer: el oficio solitario


Correr, escribir, leer: el oficio solitario
Por Fadrique Iglesias Mendizábal

El ser humano siempre ha buscado aficiones y actividades extraordinarias en torno a características personales y sociales. En la época posmoderna actual, con la exaltación de la “persona de vanguardia” y los medios de masas, aquellas búsquedas se han exacerbado. Todos poco a poco buscamos introducirnos en “clubes selectos” de punks, de ecologistas, de cristianos, de intelectuales o de deportistas. Sin cuestionar el valor moral de dichas actividades, asumamos que es saludable para todo el mundo cultivar pasiones. Y si de salud hablamos, mencionemos la afición a correr.

Esta semana ha muerto el escritor británico Alan Sillitoe. Escribió una de las obras de referencia para los corredores y atletas populares a nivel planetario: “La soledad del corredor de fondo” entre otros títulos y fue llevada al cine en los años 60 por Tony Richardson. Además en el mes que ha terminado, ha sido publicada en nuestra lengua la propuesta a modo de ensayo-relato del escritor japonés Haruki Murakami “De qué hablo cuando hablo de correr” a propósito de su experiencia como corredor de maratón, y se ha convertido en uno de los textos más vendidos en España el pasado día internacional del libro.

Murakami, que viene sonando estos años como posible premio Nobel, en su libro abunda sobre las similitudes que percibe cuando se concibe como novelista y cuando lo hace como atleta aficionado: la soledad y su enfrentamiento (o disfrute). Condición necesaria (según él) para triunfar en estos dos modelos, vinculando a éstos, a su vez, el concepto de disciplina.

Se dice de escritores como Murakami o Vargas Llosa se sientan en el escritorio a desarrollar el oficio varias horas al día. Se puede pensar en el aparente antagónico: escritores como Bukowsky o Saenz y posiblemente deportistas como Jan Üllrich o Maradona, con esa aureola de indóciles caóticos con talento pero sin disciplina litúrgica. Pues Murakami precisamente apunta a su falta de talento innato desbordante (modesto el autor) para indicar la compensación con su trabajo, resaltando una visión muy japonesa.

Durante mis días de atleta, en Valladolid, conocí a un grupo humano de entrenamiento magnífico y disciplinado. El capitán del equipo era el ex campeón y recordista europeo de medio fondo Isaac Viciosa. Otro de los grandes, el olímpico Teodoro Cuñado me obsequió amablemente la obra La soledad del corredor de fondo. Me ayudó a entender el oficio del deportista individual y sus conexiones con el mundo real. Antonio Postigo, que fuera mi entrenador y de las selecciones nacionales de atletismo de España y Chile también tenía esa visión integral y humanista del deporte vinculada al resto de actividades vitales, desde la alimentación, pasando por disfrute cultural, hasta el equilibrio espiritual.

En Bolivia también hay escritores que vinculan su vida con el hecho de salir a correr. Gonzalo Lema y Eduardo Scott-Moreno, ganadores del Premio Nacional de Novela, son asiduos corredores populares y no es raro verlos en el estadio de Cala Cala o en la laguna Alalay. Fue muy interesante escucharlos contar sus anécdotas referidas a las actividades creativas y su relación con el deporte en un coloquio realizado en el Martadero poco antes de los Juegos Olímpicos de Beijing 2008.

Si bien la actividad de salir a correr no está hecha para todo el mundo, ya que alguno la considerará soporífera, habrán quienes quizás dándose un asomo por las piezas literarias indicadas, logre el disfrute de la actividad física en carne propia, o sino a través de las letras de Murakami y Sillitoe mediante la propia imaginación, que al fin y al cabo es lo que persigue la literatura.

Fuente: Ecdotica

La broma infinita


Cinco días con David Foster Wallace
Por: Edmundo Paz Soldán

En marzo de 1996, la revista Rolling Stone envió al periodista David Lipsky a acompañar a David Foster Wallace en la última parte de su gira de promoción de la meganovela La broma infinita. Gracias a esa novela, Foster Wallace se había convertido en el escritor norteamericano más importante de su generación, y su fama trascendió los círculos literarios. Con su look atlético y la bandana de pirata, el editor de Rolling Stone sintió al escritor como “uno de los nuestros” y decidió asignar el perfil/entrevista a Lipsky. Así fue cómo Lipsky pasó cinco días con Foster Wallace, durmió en su casa, conoció a sus perros Drone y Jeeves, comió con él en restaurantes de carretera y tuvo conversaciones profundas sobre el sentido de la vida en terminales de aeropuertos. Al final, la entrevista no se publicó, pero por suerte Lipsky grabó todo. Although Of Course You End Up Becoming Yourself: A Road Trip with David Foster Wallace es la transcripción de esos cinco días: repeticiones y todo, trescientas páginas magníficas que son lo más cercano que tenemos a una autobiografía de este escritor.

Lipsky es casi de la misma edad que Foster Wallace, pero está genuinamente impresionado por él y lo admira: “escribía con una mirada y una voz que parecía ser una forma condensada de la vida de todos”. Todos los escritores que conoce quisieran estar en su lugar (notas en Time, reseñas en Esquire, etc). Las primera horas en su casa en Bloomington, Indiana, descubre algunos datos curiosos: Foster Wallace está suscrito a la revista Cosmopolitan (leer sus artículos, dice, “calma su sistema nervioso”), y tiene en su habitación un póster de Alanis Morrisette (está obsesionado con ella) y una toalla con la imagen del insoportable dinosaurio Barney.

Foster Wallace se muestra cuidadoso al comienzo de la conversación, tiene miedo a ser devorado por la fama y quiere controlar su imagen y la entrevista. Sin embargo, no tarda en establecer una relación de camaradería con Lipsky y se va soltando. En el apogeo de su carrera, se muestra lúcido, divertido, autocrítico, constantemente autorreflexivo: leerlo es escuchar a sus personajes, ver una mente muy consciente de estar consciente, entender que no eran gratuitas las notas al pie de página que marcaban su estilo.

Foster Wallace habla de todo. Le fascinan las películas de acción con muchas explosiones, no soporta a Updike, piensa que Stephen King debería ser más valorado, entiende de política (“Reagan permitió la fantasía de que los últimos cuarenta años no habían ocurrido”) y de cine (David Lynch es lo máximo, ha llorado con Braveheart, Spielberg sabe cómo hacer que una película se te meta bajo la piel pero es un ejemplo vívido de cómo “Hollywood mata lo que adora”). Cree que nada se compara a la literatura, un arte que nos hace trabajar, que no nos da las cosas digeridas como la televisión, pero a la vez reconoce que hay mucha “belleza y profundidad” en la cultura popular más basura.

Dos temas que aparecen una y otra vez en sus conversaciones son los de la soledad y la adicción. Foster Wallace ha luchado varias veces contra la depresión, y ha concluido que el principal objetivo de los libros es lograr que nos sintamos menos solos. El gran tema de La broma infinita es la adicción de los Estados Unidos al entretenimiento fácil -el cine, la televisión– y la forma en que esta adicción puede llevar a la cultura a la muerte: todo está bien en dosis pequeñas, pero “nosotros no paramos con las dosis pequeñas”. A la vez, Foster Wallace no tiene miedo de escribir en un tiempo tan superficial como este: lo que ha hecho la televisión, dice, “es darnos el regalo precioso de hacernos más difícil el trabajo”.

Después de esos cinco días, Lipsky no volvió a ver a Foster Wallace. Pero la charla le cambió la vida, y hubo frases que se quedaron con él para siempre (“Dame veinticuatro horas solo, y puedo ser muy, muy inteligente”). Este libro conmovedor hará lo mismo con muchos lectores.

Fuente: Ecdótica

Cuento del mes: mayo 2010


Mayo 2010

Título: Man-man
Autor: V.S. Naipaul

Para mayo del 2010 Bartolomé Leal ha seleccionado y revisado la traducción de Man-man del Premio Nóbel de Literatura 2001, V.S. Naipaul, quien nació en la isla de Trinidad en 1932, descendiente de emigrantes pobres de la India. Conoció hambre y penurias hasta que una beca lo llevó a estudiar en Oxford, Inglaterra. Su porfiada determinación lo hizo adoptar la carrera de escritor, hasta alcanzar el Premio Nobel en 2001. Es uno de los más grandes narradores y ensayistas del Caribe, pleno de humanidad, sarcástico humor y conocimiento profundo y cálido de su pueblo. Varias de sus novelas, El curandero místico (1957), Miguel Street (1959) y Una casa para Mr. Biswas (1961), pueden considerarse obras maestras del género. El relato que presentamos es un capítulo de Miguel Street, una obra donde bajo el paraguas de novelar a los personajes y sucesos de una calle en Puerto España, crea retratos inolvidables de los tragicómicos seres que componen el abigarrado universo popular trinitario. En la traducción no se capta el gracioso inglés de los diálogos.

Para bajar el cuento en PDF pulse aqui o entre en nuestra sección Cuento del mes

Fuente: Ecdótica sección Cuento del mes

Muere Alan Sillitoe el autor de La soledad del corredor de fondo


Libros con rabia
Por: Miqui Otero

“Nada más llegar al reformatorio me hicieron corredor de fondo de campo a través ( … ) No me importó demasiado, porque correr ha sido algo que en nuestra familia se ha hecho mucho, en especial correr para escapar de la policía”.

El autor de La soledad del corredor de fondo, Alan Sillitoe, fallecía ayer en el hospital londinense de Charing Cross a los 82 años. Autodidacta e hijo de un padre analfabeto, sus humildes orígenes sólo acentuaron una conciencia de clase que canalizó con obras rabiosas, que lo convirtieron en uno de los novelistas más emblemáticos de la Gran Bretaña de posguerra. Una fama obtenida también gracias a las adaptaciones al cine de sus obras.

Sillitoe empezó la carrera en la última fila. Nacido en Nottingham (Inglaterra), dejó los estudios a los 14 años, trabajó en una fábrica de bicicletas e ingresó en la Real Fuerza Aérea con un carné falso. En la guerra contrajo una tuberculosis que lo llevó al clima de Mallorca. Allí descubrió su pasión por los libros y una escritura directa.

Su ideología le hizo rechazar premios literarios. Pasará a la historia por retratar esa Inglaterra gris previa a la explosión tecnicolor de los sesenta.

PALABRASSILENCIADAS — 13 de febrero de 2010 — Drama. Free Cinema / SINOPSIS: Colin Smith es un joven de clase obrera que vive en los alrededores de Nottingham. Un día, comete un robo en una panadería y es enviado a un reformatorio, donde cumplirá condena. Una vez allí, empieza a correr y, gracias a sus cualidades como corredor de fondo, va ganando puestos en la institución penitenciaria. Durante sus entrenamientos, piensa en su vida anterior y empieza a ver que la situación actual en la que se encuentra es privilegiada.

En los años sesenta el Free Cinema inglés, al igual que la Nouvelle Vague, retrató a menudo la juventud de su época, centrándose especialmente en sus elementos más conflictivos, su relación con una sociedad que detestaban, y los métodos educativos, represivos y obsoletos, con los que ésta intentaba reeducarlos. Tres años más tarde que “Los 400 golpes”, del francés Truffaut, pero seis antes de “If…”, de su compatriota Anderson, Richardson dirigía esta excelente obra, en la que un joven internado en un reformatorio desahoga su frustración y rabia corriendo. La magnífica interpretación de Courtenay, el inteligente intercalado de flash-backs para contar la vida anterior del protagonista, y la contundente dirección de Richardson (a pesar de algunos recursos, muy de la época, poco afortunados: el uso de la cámara rápida, esas cortinillas en estrella, alguna estridencia musical al final… todos por fortuna anecdóticos) se quedan en la retina. El final, sencillamente impecable.

Fuente: http://www.adn.es y youtube

A(r)mar la trama, artículo de Christian J. Kanahuaty


A(r)mar la trama
Por: Christian J. Kanahuaty


A Clara.

Desde hace un tiempo vengo pensando qué fuerzas son aquellas que nos impulsan a tomar un libro y no soltarlo hasta dar cuenta de él, a veces en todo ese proceso tomamos notas, subrayamos líneas que nos parecen sugestivas y hacemos anotaciones al margen de la hoja y marcamos el número para que cuando la necesitemos ella siempre esté ahí. Pero ahora quisiera hablar de ese influjo que nos dan las primeras frases y no tanto del poder casi metafísico que nos envuelve un libro.

Siempre se ha escuchado decir que las primeras líneas de un cuento o de una novela son fundamentales para atrapar y seducir al lector. Y es verdad. Uno no puede esperar mucho de un libro que no te atrapa en las primeras imágenes o a través de las ideas iniciales que te va dando; así, por ejemplo tenemos, “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Paramo”. (Pedro Paramo, Juan Rulfo). Rulfo de entrada nos propone un lugar Comala, pero luego de eso todo se torna ambiguo, un tal Pedro Paramo, y a él, al narrador de la historia le dijeron que ahí, en ese lugar, vivía su padre, ese Pedro Paramo que será fundamental para entender luego la literatura mexicana y sobre todo la literatura latinoamericana; sobre todo por la potencia de esas líneas, la ambigüedad y la sobriedad de ese tono, su ritmo cansado pero para nada aburrido, saturado de imágenes, imágenes como esas difusas donde si bien hay ciertas aclaraciones, todo puede ser diferente. Es un clima que viene desde un pasado que cada vez está más lejos. En cambio, las frases: “No dejará que la imaginación lo lleve donde él no quiere ir. Al menos donde no quiere ir ahora; porque después cuando ya estamos en camino… bueno, uno no puede saber lo que quiere (…) lo que puede un pequeño acto de voluntad. Un salto y ya está. Creo que si todos los días me hubiera levantado una hora antes, ahora tendría diez años menos” (Los Deshabitados, Marcelo Quiroga Santa Cruz). Poseen una fuerza interior cercana al existencialismo dentro de la literatura como al existencialismo que es filosofía humanista que indaga la esencia del ser a través de una mirada propia, interior y cercana a la angustia de saberse en el mundo. El mundo que crea Quiroga Santa Cruz a lo largo de ésta novela responderá entonces a esas líneas, a esa sutil trasformación del punto de vista que está hacia adentro y hacia fuera, puede ver el espacio pero sobre todo está preocupado por recolectar impresiones y juicios sobre el espacio interior que configura tanto el cuerpo de sus personajes como su psicología. Pero como no se trata de hacer un estudio freudiano de las actitudes de sus personajes, lo que nos resta es adentrarnos en ese espacio deshabitado paradójicamente habitado por el que narra.

Otro caso importante es el que nos plantea Jeanette Winterson, en Escrito en el cuerpo. Sus primeras líneas son estas: “¿Por qué la perdida es la medida del amor? (…) ¿Por qué lo menos original que podemos decirnos uno a otro sigue siendo lo que más anhelamos oír?”. Aquí es diferente el caso, ya no se trata de una exploración de un lugar ni de un espacio interior, se trata más bien, de hacer preguntas, de responderlas en el camino. Pero, sobre todo, de que todos seamos participes de esa respuesta. Se trata de una novela sobre el cuerpo, la pasión, el olvido, la separación y la nostalgia por aquello que se tuvo y ya no se tiene más. No es como Graham Green en El ocaso de un amor que arranca diciéndonos: “Escribiré un libro, el libro del odio (…) tratará del odio que le tengo a esa persona”. No, no se trata de un caso como ese, sino de uno más impersonal por un lado, ya que la narradora se cuida de decirnos explícitamente si es hombre o mujer. Pero también, porque Winterson nos lleva a recorrer los espacios del cuerpo, a través de los ojos de la pasión y ahí adquiere todo una diversidad de significados. El todo es cuestionador, nada resuelto de antemano, las respuestas se van construyendo a lo largo de la novela, y esas mismas preguntas van cambiando de forma según las circunstancias y eso enriquece tanto la fuerza evocadora de sus imágenes como la profundidad de los sentimientos que pretende explorar. Cercana a esa forma, pero que luego se llevará a otros niveles se encuentra la siguiente frase: “Estoy en la arena, tumbado, raja, pegoteado por la humedad, sin fuerzas para arrojarme al mar y flotar un rato hasta desaparecer. Estoy aburrido, lateado: hasta pensar me agota. Desde hace una hora, mi única distracción ha sido sentir cómo los rayos del sol me taladran los párpados, agujas de vudú que alguna ex me introduce desde Haití o Jamaica, de puro puta que es”. (Mala Onda, Alberto Fuguet). Si bien aquí de nuevo está el cuerpo, el tono aparentemente inquisidor con respecto a su misma situación, no se siente responsable ni invitado a seguir esas reflexiones, lo que importa es nombrar lo que se siente, lo que pasa en el cuerpo y decírnoslo para que quizás también a nosotros nos recuerde un momento lejano o cercano en que nos sentimos igual. No hay mucho espacio para la ambigüedad, es íntimo y lacónico, pero no latoso ni pretencioso. Su tono es suelto, desenvuelto, las cosas normales o no tan normales, que pasan a lo largo de un verano. Un verano que estará marcado por el paisaje exterior y por las imágenes de los lugares paradisíacos que siempre se quiso conocer y sólo se puede nombrar. Es una novela donde la configuración de lo espacial no importa tanto como los acontecimientos.

Y para hablar de acontecimiento mejor entrar en las dos últimas novelas que me parecen que tienen gran potencia en ese ámbito. “Es cierto que es la hora la que nos escoge pero no es menos cierto que uno tiene que estar de acuerdo con que ella te escoja, es una decisión que toma ella pero que en el fondo tienes que tomar tú también, como si fuera una decisión tuya ante la que sólo te estás rindiendo…”. (Tristano muere, Antonio Tabucchi). Con Tabucchi pasa algo interesante, hay una fuerte interpelación, como si el narrador nos hablara a nosotros, pero a nosotros no como unidades o individuos, sino como parte de algo, de una generación, de un segmento de la humanidad y desde ese lugar nos va contando la historia de un acontecimiento ya pasado, pero aquí el rigor de cómo y desde dónde contar la historia adquiere mayor sofisticación pero es tan sutil que casi es imperceptible porque cuando nos dice que es la hora la que nos escoge está diciéndonos también no sólo que es la hora de partir sino la hora de comenzar, de iniciar el cuento de la historia que se ha guardado hasta ahora y él como narrador está dispuesto ahora a dejarse llevar. El tono es si bien intimista es mucho más triste y melancólico que las anteriores historias y si bien no lanza una pregunta en las primeras líneas toda la novela es sí es una gran pregunta. Es una cuestión de saber detenerse en las frases hechas casi exclusivamente para la meditación. Es una novela que transmite ideas más que imágenes. Aunque claro que las ideas son dichas por personajes en determinados contextos imaginarios. La novela es la vida después de la vida, la vida a través de la vida última, la vida que se recuerda y ahí entra la historia, porque después de todo Tristano muere es una novela que bien podría ser denominada como una suerte de novela histórica con coordenadas imaginarias.

Y emparentada a ese estilo de armar una novela se encuentra Dos veces junio de Martín Kohan que lanza la siguiente pregunta al inicio de la novela: “¿A partir de qué edad se puede empezar a torturar a un niño?”. El error de escritura en empezar no es casual la novela arranca con una fuerte discusión monologada sobre ese error y sobre la extraña forma en que esa pregunta aparece en el cuaderno de notas de un oficial en plena dictadura argentina. Cuando se lanza una pregunta de esas características ya no hay retorno, no hay posibilidad de bajarle el tono a lo que se ha dicho, el reto es o subirlo o mantenerlo y si se sube, vaya las cosas horrendas pero reales que serán capaces de salir a la superficie del texto son inimaginables. La novela es fuerte porque posee oraciones cortas pero ideas que te rompen el alma por mucho tiempo después de haber cerrado el libro, es una novela dura y sutil, que dice las cosas grotescas sin complicaciones y sin morbo. No hay tiempo para el morbo cuando se intenta hacer buena literatura parece decirnos Kohan. Y le creemos.

Luego de leer esas frases quedan dos salidas: leer esos libros ó pretender que no se las escucho jamás. Luego de leer esas novelas, si es el caso, a uno le queda la sensación de que la literatura es el arte de la exploración por excelencia. Uno se adentra en ella con la falsa ilusión de encontrar respuestas a grandes preguntas, y lo que pasa es que a medida que avanzamos en la lectura lo que uno reconoce es que la respuesta es justamente lo que no existe, lo que existe, lo que aparece permanentemente es la pregunta. Preguntas, son las que nos deja la literatura, y claro, espacios abiertos sin respuestas, con dudas que, como adictos, nos lleva en busca de más y así nos la pasamos, leyendo, dudando.

Fuente: Ecdótica



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