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Kafka y sus precursores




Kafka y Borges
Por: Ramón Rocha Monroy

No te afanes, alma mía, por una vida inmortal, sino que apura el recurso hacedero.
Píndaro

Sin otro ánimo que el de reproducir asombros antiguos, recuerdo que leí, ya el siglo pasado, je, un ensayo de Borges que titula Los precursores de Kafka, y extrañé que no se refiriera al más obvio, según paso a contar.

En mi generación, acercarse a Kafka significó la primera forma de estrellar certidumbres nuevitas contra ese muro de niebla en el cual la realidad se disipa y se vuelve incierta, cavilosa, conjetural. No sospeché lo que dice Luis H. Antezana, que Kafka leía sus escritos, y sus amigos y él reían como de piezas humorísticas. Es un ángulo insospechado de un autor que más bien lo asociamos al terror que nos da la incertidumbre, el mito de Sísifo, los trabajos de amor perdidos, la sospecha de nunca llegar a nada.

Por eso Borges habla de la paradoja de Zenón de Elea, relativa a Aquiles y la tortuga, según la cual es matemáticamente imposible que Aquiles gane la carrera al bicho más lento del reino animal. Aquiles nunca llegará a la meta, cosa que nos aflige, aunque la tortuga tarde pero llegue.

Cuando leí ese ensayo de Borges, me extrañó que no incluyera el precursor más obvio: Moisés, según la tradición el autor de cinco libros del Antiguo Testamento. Al huir de Egipto y cruzar el Mar Rojo, Moisés patina cuarenta años en el desierto; al final de su vida logra divisar desde una altura la tierra prometida, pero nunca llegará a ella. ¿No es un claro precursor del agrimensor, que nunca llegará a conocer a K. ni a visitar el castillo; o de ese hombre sometido a un proceso incierto, en el cual lo único preciso es que ha cometido una falta que llena de vergüenza a sus parientes pero él no sabe cuál es?

La Biblia tiene personajes fascinantes, está llena de ovejas negras que van a contracorriente, sometidos a un dios sanguinario, excluyente y cruel. Entre ellos, ¿cómo no fascinarse con la rebelión de Luzbel, con la decisión de Caín sobre su hermano Abel, con los afanes de Noé, con las prevenciones de Lot, con las desventuras de Job, con la aventura marina de Jonás o con ese hombre seductor, fascinante y contradictorio que fundó el Nuevo Testamento? En todos ellos hay algo de la fantasía de Kafka, las pulsiones de la cultura judía, de la cual Kafka era genética y culturalmente heredero.

No hay hipótesis plausible para justificar semejante olvido. He revisado el copioso libro de apuntes de Bioy Casares tomados durante cuarenta años sobre los dichos y hechos de Borges, y no hay una sola referencia a Moisés aunque sí algunas, inevitables, a la Biblia.

No sé cómo uno puede reír leyendo la Biblia. No hay un solo capítulo jocoso. Es un libro grave, a ratos doliente, trágico en sus profecías apocalípticas, lleno de traiciones, ejecuciones, degüellos y crucifixiones. Del mismo modo, no sé cómo Kafka y sus amigos podían festejar con risas esos textos que escribió para poner en duda el huero optimismo de Occidente y para fundar ese desasosiego existencialista del cual también somos herederos.

Fuente: Ecdótica



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