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Andrés Caicedo: “Mi cuerpo es una celda”




Memorialistas & Viajeros
Por: Bartolomé Leal, desde Armenia, Colombia

Tras su primer intento de suicidio, un joven escritor colombiano, nacido en 1951, escribía a su madre una carta de despedida: “Yo no estaba hecho para vivir más tiempo. Estoy enormemente cansado, decepcionado y triste”. Corría el año 1975, el escritor tenía 24 años. Su tercer intento sería exitoso: el 4 de marzo de 1977 ponía fin a su vida tras una ingestión letal de tranquilizantes. Nacía así el mito de un autor que no era sino una promesa; pero una promesa sólida en las letras de su país. Ese mismo día había recibido por fin una copia de la edición de su novela ¡Que viva la música!, tras años de esfuerzos por lograr que se la publicaran. Una novela imprescindible, conmovedor testimonio de una generación desgarrada.

Andrés Caicedo es una auténtica metáfora viviente del drama de un pueblo hermano, como el colombiano, que se ha debatido durante siglos con la violencia, el narcotráfico, la corrupción y la injusticia. Todo ello fue asumido con dolor por este autor nacido en Cali, uno de los centros de tal violencia. Un joven intelectual, culto, cinéfilo, ultrasensible, inestable, creativo, huraño y sincero. Son inmensas las decepciones que sufrió, aunque lo fueron a la medida de sus ambiciones. Trató, en su cinefilia cuasi fundamentalista, de vender guiones a las productoras de Hollywood. Y para allá se fue. Se los rechazaron una y otra vez. Desde ya, porque estaban mal escritos en inglés (traducidos por él con ayuda de su hermana, residente en Estados Unidos). Una ingenuidad sin límites lo llevó a esta aventura destinada al fracaso.

Afirma en un poema del libro: “Hay gente que puede ser poeta y bailarín al mismo tiempo. Pero yo no puedo. Yo soy un hombre melancólico”. Y en otro poema, un texto que es un credo (manifiesto): “Creo en fantasmas, vampiros y en empleados públicos que una mañana salen volando de su casa… Tengo 19 años y escribo cuentos fantásticos”. La pasión por la escritura nunca lo abandona, aunque siempre se cuestiona lo que hace. No ceja: “Escribir aunque sea mal, aunque lo que escriba no sirva de nada, que si sirve para salir de este infierno (ja, ja) por el que voy bajando, que sea esa la razón verdadera por la que he existido…”. Sus lecturas son caóticas, sin embargo persistentes.

Un aspecto que caracteriza el arte de Caicedo es su relación con el cine. Autocalificado de “cinépata”, cuenta sobre las extensas jornadas que pasó, desde niño, metido en un teatro de proyecciones, de la mañana a la noche, sin comer ni dormir, mirándolo todo. De allí conformó un gusto estético sólido, hizo descubrimientos e identificó supercherías, engendró amores fulminantes (parecidos a los de muchos de su generación: Truffaut, Ford, Bergman, Kazan, Nicholas Ray…). Llegó a crear una revista de cine, cuyos escasos números son objeto de colección. A propósito, uno de sus referentes fue la revista peruana “Hablemos de cine”, un hito de la cinefilia latinoamericana. La figura de su director, Isaac León Frías, fue fundamental para Caicedo y uno de los grandes sufrimientos de su vida fue no haber podido recibir a adecuadamente a este crítico, de visita en Colombia, por encontrarse en ese momento internado en una clínica siquiátrica,donde su familia lo había metido tras sucesivas crisis de drogas, alcohol y violencia. (Es curiosa la filiación que se puede hacer entre este libro de Caicedo, “Mi cuerpo es una celda”, y la cinefilia latinoamericana. Se trata de una autobiografía montada a la manera de un guión por el narrador y cineasta chileno Alberto Fuguet. Fascinado por la figura de Andrés Caicedo, Fuguet consiguió materiales inéditos, cartas, trozos de diarios, reflexiones íntimas, poemas. Cabe señalar que las primeras armas en la escritura las hizo Fuguet en una revista de cine chilena, llamada “Enfoque”, que por los años 80 se orientó en líneas parecidas a la mencionada revista peruana, que incluso se relacionó con una colombiana, “Arcadia va al cine”, de algún modo sucesora de “Ojo al cine”, la revista de Caicedo. Un colaborador de “Enfoque” fue Pedro Susz, desde la Cinemateca Boliviana).

A medida que se va desquiciando, Caicedo comienza a recibir el acoso de su familia, sus amigos, sus novias, sus admiradores mismos. Se transforma en un tipo insoportable, no puede vivir sin marihuana ni Valium. Se siente perseguido y menospreciado. Llora con o sin razón. Se refocila en describir sus intentos fracasados de suicidio. Acosa a sus amigas con cartas llenas de acusaciones y pedidos de perdón. Él mismo se reconoce en frases que revelan una desesperación profunda: “Me da miedo atroz pensar en que se está debilitando mi interés por todo. No resisto esta soledad, busco compañía y no resisto la compañía”. Odia a su ciudad natal: “Calicalobozo” la llama, pero sufre fuera de ella. Sus estadías en Bogotá lo dejan exhausto y deprimido: “Tengo la ponzoña en los bronquios y la nariz y la pared de la boca y el conducto urinario y tengo la ponzoña en mi semen escaso y en la forma que tengo de abrirme de piernas cada vez que defeco. Huelo la ponzoña en lo que defeco, y en el color de bosque nuevo que tienen mis excrementos adivino allí todo el sentido de mis nostalgias…”.

Andrés Caicedo no fue propiamente un drogadicto. Uno lo podría afirmar al leer textos como éste: “Probé los hongos y tuve experiencias maravillosas (pero inútiles, a no ser que se encaminaran hacia la mística), con sonido y con furia”. Amores extraños fueron a veces los suyos: circula escandalosamente con una pareja de niños, los hermanos Clarisol y Guillermo Lemos, “superprecoces y superperversos”. Caicedo inventa con ellos un juego altamente explosivo: “Tú aparentas mi edad y yo la tuya”. Hay frases que son devastadoras para el lector: “Quiero volver a ser el que era antes, quiero que mi tristeza se encamine por la creación”. Un libro que se lee de principio a fin con un nudo en la garganta.

Para los que quieren descargar la novela de Andrés Caicedo ¡Que viva la música! pulse aquí
Fuente: http://www.mauroyberra.cl / La Ramona



Una Respuesta »

  1. lus dice:

    Brutalisimo tu articulo! Me ha encantado.

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