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Revisitando a Caicedo, esta vez con música




Revisitando a Caicedo, esta vez con música
Por: Christian J. Kanahuaty

Caicedo es inigualable, escribe la novela ¡Que viva la música! de marzo de 1973 a diciembre de 1974 la que a mi gusto se convierte en aguas silenciosas, o mejor, en una bomba de tiempo que estallará sin que nadie se dé mucha cuenta de ello.

Escribí en una nota anterior de Caicedo al referirnos al libro que montó Alberto Fuguet alrededor de sus cartas y sus notas sobre cine, pero ahora nos ocupa para reflexionar sobre algunos puntos de su escritura y de su propuesta. Para empezar, habrá que decir que la novela ¡Que viva la música! está narrada por una mujer, un personaje femenino bastante explosivo, una chica que sólo quiere divertirse, pasar la noche en una sala de baile y no importa si ésta es de un salón concurrido o en las cuatro paredes de una casa oscura ubicada en algún lugar remoto de la ciudad. Ahí radica todo: en el espacio, porque Caicedo se preocupa de otros detalles, no se establece el espacio de por sí, sino a partir de ciertas acciones de sus personajes, es decir, que la ciudad que él crea es el lugar donde pertenecen sus creaciones lo que se va armando poco a poco, a medida que ingresan en ella, se podría decir incluso que los mismos personajes no conocen a ciencia cierta la ciudad dónde están entrando.

Otro detalle es el audio, no sólo las referencias musicales, que oscilan desde el rock hasta la salsa, el merengue o el ballenato, sino la oralidad de sus personajes, se entiende al instante que sí son colombianos, pero influenciados por la música y el inglés, aparecen a momentos ciertas palabras que hacen una suerte de spanglish socializador y catalizador. El lenguaje y las referencias musicales son lugares que configurarán la identidad de éstos jóvenes.

Y así uno podría leer que la novela está construida en tono de ajusticiamientos contra los sistemas culturales o los medios de comunicación o la gran maquinaria que nos da cosas materiales y objetos culturales pop para sentirnos parte de un mundo que somos incapaces de (re)conocer. Un mundo que sólo se entiende a partir de lo que se puede consumir, o de lo que se espera consumir. Pero no, porque la música, las radiograbadora o los dicos de vinil son sólo el decorado, pienso que Caicedo está poniendo esos objetos ahí como ahora lo haríamos con un ipod, o un DVD, o una camisa estampada con la cara de Leonard Cohen, es decir, son objetos, símbolos que representan más que las palabras a quienes se quiere representar: los personajes. Ellos y sólo ellos poseen la verdad en Caicedo, por eso la voz de la narradora es importante, por eso la dosis extra de que sea mujer y su “sensibilidad” sea, por decirlo de alguna manera, dócil y a la vez aguerrida y sumamente juguetona. Cosa que no sucedería con una voz masculina, aunque claro que ha habido casos posteriores, ciertos cuentos de Rodrigo Fresán, o algunos pasajes de novelas como Mala Onda o Por Favor, rebobinar, o pasajes de Río Fugitivo e incluso momentos en que hay una tónica que nos recuerda Vargas Llosa y Donoso, claro que sólo éstos dos últimos podrían de alguna manera definirse como contemporáneos a Caicedo.

La narrativa versaba en otros temas ya que eran tiempos de dictaduras y de compromiso político, de ideologías y de historicidad en la literatura. La literatura al servicio de la sociedad más, incluso, que el periodismo o más incluso que la misma historia o las sociologías existentes fue la narrativa de los países latinoaméricanos la que funcionó como un sistema de interpelación en muchos casos, bastante sólido, hacia los regimenes totalitarios. Pero Caicedo se desmarca de todo eso y escribe la novela urbana que nosotros, hoy, en pleno 2010, deseamos leer y escribir. Lo hace bajo una sola consigna, entregarlo todo en ese manuscrito, no quiere ser total, no estará TODA la ciudad en su novela, pero sí la que él entiende como suya.

Y ahí radica su apuesta mayor. Es un rompe aguas dijimos con anterioridad y se debe también a ésta apuesta que mueve el punto de mira y pide que se ponga atención a esas otras cosas que estaban pasando en una ciudad como Cali que ahí sí se convierte en el microcosmos ejemplar de lo que podía estar pasando en las ciudades que no eran la capital del país o el centro del poder político. El peso de la periferia es importante porque le permite pensarse de una forma nueva y radicalmente despojada de imposturas políticas, lo que no hay en Caicedo es política, hay aires nuevos de descubridor de una época que se siente está cambiando, pero que al mismo tiempo, no se pretende entenderla, sino sumergirse en ella, ser parte de los tiempos que van cambiando.

Ese Caicedo es importante, es un detonador capaz de adelantarse en el tiempo y poner por escrito los debates que se tendrán en Bolivia, Perú, Argentina y Chile con respecto a los “nuevos” escritores latinoamericanos y su rol dentro de sus países. O la forma que tendrá su compromiso político dentro de sus escritos. Ese debate que nos cuestiona sobre el terreno de la literatura y sus temas, Caicedo ya lo resolvió sin hacerse tanto problema. Caicedo la única preocupación que tenía era la de dejar una obra antes de partir, o sea, de matarse luego de cumplir los 25 años. Su apuesta y su vida giran sobre esto, dejar una obra y escribirla y escribirla y escribirla, sin importa cómo, pero hacerlo, porque sólo así podría dejar un testimonio de su paso por éstas tierras. Y al mismo tiempo quería entender su condición de joven, tartamudo, tímido, lúcido y diferente dentro de sus textos, de las películas que veía y de los libros que fue leyendo y analizando.

Y quizá en ese espacio radica su imperfección. El apresuramiento, que muchos de nosotros sentimos por publicar, más y más, para que nos lean y conozcan fue también un signo de Caicedo; hay pasajes en ¡Que viva la música! que son de una belleza incalculable y de una fuerza visual fortísima, pero se pueden leer otros que hubieran podido ser mejores, como si el manuscrito descansando un poco habría tenido el chance de madurar más y convertirse en algo mejor, pero eso, lo sabemos bien, en literatura y más que todo, en la novela, es también ser demasiado especulador; porque nunca lo podremos saber y mucho menos comprobar. Lo que tenemos es lo que hay y punto. Y sí, por supuesto habrán quienes nos digan que a veces la imperfección es un acto conciente del escritor, porque no desea entregarnos una novela perfecta, sino una novela honesta, real y si eso depende de sus imperfecciones y cuestiones irresueltas, pues el precio es menos del que se pensó. No importan las imperfecciones a la larga, lo relevante es lo que esa novela es capaz de hacer: que se la lea. No es cuestión de estilo o de uso del lenguaje, es lo que se dice. Y lo que Caicedo dice en esos momentos es sorprendente.

En www.ecdotica.com y en el suplemento Fondo Negro leí que también Liliana Colanzi estaba visitando la obra de Caicedo y me parece mucha coincidencia, de esas que me hacen pensar “que no se está razonando fuera del recipiente”, Colanzi decía que Caicedo se parece mucho a algunos de los personajes de J. D. Salinger por estar al margen, sentirse excluido y tomar la decisión de matarse. Y sí el símil me parece interesante, no estoy tan de acuerdo en su apreciación. En principio su lúcides no es como la de los hermanos Glass, incluso Seymour es diferente a Caicedo, ni que decir de Franny o Zooey, que son niños cuando los conocemos y que disfrutan mucho de participar en programas de televisión donde prueban su inteligencia. A Caicedo eso no le hubiera interesado, no era cuestión de probar su inteligencia, ni de divertirse sabiendo cosas, por lo que sabemos de él a través de las cartas que dejó y que recogió Fuguet y las notas que están en El libro negro, podemos inferir que a él su inteligencia le pesaba y quería más que todo distribuir el conocimiento antes que jactarse de él. Pero volviendo al tema, Seymour y los antes mencionados deciden vivir en el mundo, acomodarse a él, sin muchas pretensiones, sin esperar dar mucho de sí porque simplemente están hartos. Me recuerda una secuencia de Antes del atardecer, cuando Céline le dice a Jessy que “las personas que tienen mayores habilidades y capacidades para hacer que las cosas mejores son justamente aquellas que no tienen la ambición de hacerlo, porque no quieren el reconocimiento, quieren hacer cosas pequeñas”; es un poca esa la salida de los hermanos Glass. Para Caicedo esa no es la salida, hubiera continuado con su revista Ojo al cine, o el videoclub o los trabajos de corresponsalía cultural para los periódicos en los cuales ya estaba trabajando y de alguna forma, forjándose un nombre, pero su destino o lo que él entendía cómo su destino, era otro.

Ni si quiera el personaje emblemático de Salinger, Holden Caulfield, es capaz de resolver las cosas a la manera de Caicedo. En el guardián en el centeno, Caulfield, luego de algunas peripecias, en el parque central o preguntándose adónde van los patos en invierno o frente a la prostituta, está irremediablemente a terminar mal, contándonos lo que fue de él desde un centro psiquiátrico y es como si él mismo hubiera precipitado su final, hay, o mejor dicho, subyace una decisión/apuesta por la autodestrucción única que en el caso de Caicedo es aparentemente así, pero no, bueno, sabemos que Caicedo terminó en una oportunidad en un psiquiátrico, no por locura, sino por desintoxicación. Luego sabemos que Caicedo adoraba la música y la escritura, cosas que a Caulfield no parecen impórtale demasiado, a Caicedo le apasionan las mujeres, su amor con Patricia será inenarrable incluso para él, y Holden bueno, él, las detesta. A los demás miembros de la familia Glass salvo algunas cosas de música clásica o de cierto tipo de jazz o ciertas filosofías orientales nada parece importarles mucho, ni siquiera el dinero, posee, un miramiento extraño a quien tiene mucho dinero y cree además que gracias a él puede llegar a ser feliz. En Caicedo y en sus personajes no hay eso, el dinero, sólo es una forma más por las cuales la vida y las relaciones adquieren denominación, no es un medio ni es un fin, quizá tan sólo un accesorio. Pero ya en la vida el peso del dinero es importante para Caicedo es por él que saca a flote su revista y el cine club y el viaje a Los Ángeles. Caicedo y sus personajes se metan más a la droga que a la reflexión sobre su sociedad, no hay ese desencanto que posee Caulfield, hay un cierto sentido de que sólo importa el momento, el ahora y lo demás tras la resaca ya se verá cómo es.

Caicedo podría haberse retirado lúcidamente del juego y decir, “bueno, yo me conformo con estar aquí en un periódico y sacar mi revista y publicar un libro de cuando en cuando”, pero no, esa salida a él no le sirve, no es un tipo que puede seguir las reglas de juego ni de la sociedad ni del mercado, como lo hacen algunos de los personajes de Salinger. Caicedo prefiere sustraerse del mundo. No vivir en su margen. Ya conoció el margen y lo narró y lo convirtió además en un centro. Eso es suficiente, entonces, debía hacer algo verdaderamente importante: eliminarse.

No ver nada, a pesar de haberlo visto casi todo. Los personajes de Salinger se van a resistir a dejar de ver, son tentados, pero al final es mejor para ellos tener una mirada crítica, irónica y desencantada de lo que les rodea que no ver nada.

Habría que seguir estudiando el caso de Caicedo, no como antropología literaria, sino como un antecedente inmediato de lo que estamos viviendo en términos de narratividad en nuestro continente. Ver hasta qué punto el silencio del cuál gozó la obra de Caicedo hizo que la búsqueda de la “nueva generación” de narradores pase por esa misma propuesta: la de Caicedo, el silencioso. Creo que más que cerrar el umbral sobre el cuál se podría hablar de Caicedo habría que abrirlo y modificar un poco los parámetros, preguntarnos si no habrán habido más Andrés(es) Caicedo(s) por ahí, olvidados. Redescubrirlos, revisitarlos. Entendernos a través de ellos y reconocernos como parte de algo ya no boom o McOndo, sino sustancialmente diferente no sólo por precursor sino por la mirada que se ha planteado Caicedo desplegar a lo largo de sus cartas, artículos, novelas y apuntes que realizaba en su libro negro.

Finalmente, que sea él quien nos diga lo que se propuso: “lo único que yo quiero es dejar un testimonio, primero a mí de mí, luego a dos o tres personas que me hayan conocido y quieran divertirse con las historias que yo cuento, aunque sean familiares míos, no importa, pero trabajar, escribir aunque sea mal, aunque lo que escriba no sirva de nada, que si sirve para salir de este infierno (ja, ja) por el que voy bajando, que sea esa la razón verdadera por la que he existido, por la que me ha tocado conocer (aunque de lejitos) a la gente que he conocido”. Gracias y hasta pronto.

Para leer la novela de Andrés Caicedo Que viva la música pulse aquí
Fuente: Ecdótica



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