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Bicentenario de Robert Schumann




Bicentenario de Robert Schumann
Por: Pedro Shimose

El compositor alemán Robert Schumann (Zwickau, 08/06/1810-Endenich, 29/07/1856) vivió entre el arte y la desolación. La muerte de su madre acentuó su melancolía mórbida precipitándolo a los abismos de la demencia. Su amistad con Brahms y Mendelssohn y el amor devoto de su esposa, Clara, no fueron suficientes para librarlo de sus fantasmas y demonios que lo condujeron a un suicidio frustrado, primero, y a la locura, después. En 1854 fue internado en una clínica para enfermos mentales, cerca de Bonn, donde murió. Clara Schumann, su mujer, custodió, clasificó, perfeccionó y divulgó la vasta obra de su marido: sinfonías, conciertos, composiciones para música de cámara, sonatas, composiciones para música coral y religiosa, una ópera, estudios para piano y 138 ‘lieder’ (canciones basadas en textos poéticos).

La grandeza de Schumann no se entiende sin la presencia tutelar de Clara Schumann, notable pianista y extraordinaria compositora. La gloria de Schumann es su gloria. Rompió con su propia familia, renunció a su apellido de soltera (su padre, Friedrich Wieck, se oponía a su unión con el joven Schumann), le dio ocho hijos y se ocupó de la mantenencia del hogar y del cuidado del esposo enfermo. Fue tan grande su amor que vivió relegada a un segundo plano. Clara difundió la obra de Robert dando conciertos por las principales capitales europeas. La pianista boliviana Teresa Laredo contribuyó al redescubrimiento de Clara Schumann. En 1994 grabó, en el Conservatorio de Zürich, las obras de juventud de esta gran mujer (L’héritage musical de Clara Wieck, CD editado por Disques Gallo, Lausanne). Tanto Robert como Clara Schumann encarnan el ‘pathos’ romántico alemán en su expresión más desgarrada.

Compositor precoz, Robert Schumann compuso, a los siete años, sus primeras piezas musicales. Aspiraba a ser concertista de piano, pero una lesión en la mano derecha le impidió realizar su vocación, por lo que vivió frustrado y atormentado, dedicado a la composición. Hijo de librero, lector voraz y selectivo, asimiló a los poetas y narradores del primer romanticismo alemán –Goethe, Novalis, Hoffmann, Hölderlin– de donde le viene su obsesión por “el misterio de la noche, del sueño y del delirio, entendidos como expresión de una realidad inquietante y aterradora que supera la percepción común y alimentan el enigma de la existencia en permanente agitación”.

De este aspecto de su obra se percataron dos poetas bolivianos. Franz Tamayo publicó un poema titulado Schumann: “Terrores y ternuras / En ledos giros; / Agonía en suspiros / Y apoyaturas / Sus solfas suman; / Y el infierno hecho cielo / Gorjea en Schumann!”. (Del libro Scherzos, 1932). Diez años después, otro poeta paceño, Antonio Ávila Jiménez, publica Fragmento del Quinteto de Schumann: “Gárgolas de mármol negro / al vértice de dos días // urna fantástica el bosque: / recinto tibio de grillos // espectro de los luceros / en las luciérnagas mudas // brazos en cruz de los muertos / al borde de los caminos…// tormento blanco en el lecho / donde agonizan los niños!” (Del libro Signo, 1942). Ávila Jiménez era violinista, pero la obra pianística de Schumann lo conmovía profundamente –el Concierto para piano y orquesta, en especial– según testimonio de Jaime Sáenz. El bosque de Ávila Jiménez es el bosque de Schumann / Hoffmann, pues Ávila Jiménez no conoció el trópico boliviano. Tamayo y Sáenz, tampoco. De los ‘lieder’ de Schumann hablaremos otro día.

Fuente: El Deber



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