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Reseña inédita a La caja mecánica




La tensión de una caja mecánica
Por: Christian J. Kanahuaty

Miguel Ángel Gálvez ganó el 2000 el primer Premio Nacional de Primera Novela Nuevo Milenio, con la novela La Caja Mecánica. Eso me atrajo, debo confesarlo, a la novela –lo que no garantizaba que la lectura iba a ser placentera, como realmente lo fue–, pero comento lo que llamó mi atención:

La lectura de la novela me generó, desde el inicio, una gran tensión y esto se debió a que a medida que la trama se va desarrollando el autor logra un cierto nivel comunicativo intertextual. Me explico: la novela narrada en primera persona tiene el aliento de novelas emblemáticas del terror y del suspenso clásico. Hay cierto ánimo que nos hace recuerdo a Las aventuras de Arthur Gordon Pym de Edgar Allan Poe, pero también en cuanto a su manejo del miedo y de lo latente no visto, se acerca a, por ejemplo, El Terror de Dumwish y El que asecha en el oscuridad de Lovecraft; porque si bien hay algo que se planta como misterio desde el inicio y luego se revela como artefacto del mal: la caja mecánica, ella, La Caja, nunca se pierde de vista, es el centro de toda la narración.

Y aquí es cuando la novela no sólo reconstruye el género de terror o misterio, sino que se adentra en un pasaje aún más profundo al dialogar con cierta tradición narrativa que a decir de Italo Calvino, “diremos que desde que un objeto aparece en una narración, se carga de una fuerza especial, se convierte en algo como el polo de un campo magnético, un nudo de una red de relaciones invisibles. El simbolismo puede ser más o menos explícito, pero existe siempre. Podríamos decir que en una narración un objeto es siempre un objeto mágico”(*). En el caso de la novela de Gálvez, es justo esto lo que pasa, el objeto que nos convoca a la reunión en el departamento de Arturo (personaje central de la novela) es la caja mecánica, y es ella la que luego desplegará sus poderes hacia todo lo que la rodea. Al principio pensamos que Beto, el sobrino de Arturo, puede ser mucho más importante que la caja misma y que la caja es sólo una distracción y que el peso de la narración caerá sobre él en cualquier momento, pero no, es sólo un artilugio más.

Y puede que en ese sentido se encuentre el otro aspecto importante de la novela. El hecho de que el mismo autor va construyendo la novela de a poco, sin premeditación; él mismo disfruta de la historia que se está contando a sí mismo. No conoce el final, no conoce el nudo, pero quiere contarlo. Por ello tal vez muchas de las entradas al diario que hacen de capítulos, empiecen de la misma forma, y bajo el mismo aliento. Si uno fuera quisquilloso, desecharía la novela por ésta extraña imperfección, pero si uno sigue leyendo, se dará cuenta que esa aparente imperfección está gobernada por el estado de animo del narrador de la historia y no del autor de la novela. Pues hay que saber dividir estas dos personas para poder estar plenamente dentro de la novela: el autor no es el narrador de La caja mecánica, el narrador de La caja es Arturo, el personaje central de la novela.

Cuando Calvino nos dice que el objeto mágico aparece para convertirse en el centro mismo de la narración no está haciendo otra cosa que dar su punto de vista, surgido a partir, en principio de su actividad como lector, y luego como narrador, porque para decir eso, recuerda una leyenda medieval que tiene como protagonista a Carlomagno. Doy ese rodeo porque creo que Gálvez, tal vez, sin proponérselo, hace su propio camino dentro de la narrativa boliviana. Su novela es algo completamente nuevo en nuestro espectro y quizá los únicos antecedentes de algo semejante sean La piedra imán de Jaime Saenz y La muerte mágica de Oscar Cerruto.

En la novela hay un gran despliegue de situaciones a cuarto cerrado, no ocurre nada concreto en el exterior del departamento donde está situado el narrador, salvo claro uno de los pasajes finales y violentos de la novela. Todo es un ir y venir a través de los recuerdos y las pesadillas de Arturo, nos movemos con él, como quien se mueve con alguien a través de un campo cubierto de bruma, en medio del amanecer. Los objetos inanimados, son vividamente retratados y tienen, por supuesto, cierta influencia en nosotros, como lectores. No es que sean imágenes, son cosas vivas que se mueven, por eso decía que todo en la novela de Gálvez oculta y encubre algo latente; algo que desde el principio está mal, o si no lo esta, al menos está descompuesto, averiado y es interesante que sean éstos adjetivos los que use, porque después de todo, la novela trata de una caja mecánica que empieza a sufrir ciertos cambios en su funcionamiento.

La novela se podría leer en claves de la modernidad, pero también en claves de mecanicista. Pero esas notas que uno podría sacar de la novela, quizá sólo encubran aún más lo que la novela intenta contar y no quiero decir que sea leída con un armazón culturalista. No, lo que digo es que la novela se juegue la trama por su propio tema. Porque su propio acercamiento al tema. Porque en última instancia si todos los temas ya han sido trabajados, lo que nos queda es dar un nuevo sentido y organizarlos de una forma no sólo novedosa sino intrépida y eso es lo que Gálvez logra con La caja, y a mi juicio eso es lo que lo hace un buen narrador: tiene un punto de vista propio, intimo y es capaz de exponerlo y seducirnos con él.

Finalmente, la novela no deja puntos rotos, se cierra sobre sí misma, hay sí un final abierto que presumiblemente desencadene en unos hechos, por decirlo de alguna manera, más vertiginosos que los que hemos presenciado hasta ese momento, pero, eso ya no es cosa del autor, sino de los lectores. Y puede, entonces, que las únicas preguntas sean ¿qué pasó con Gálvez? ¿Dónde se encuentra? ¿Por qué no publicó nada más después de La Caja mecánica, o es que yo no me enterado que ha publicado algo nuevo? Y si no publicado nada más tras La caja, ¿por qué algunos narradores sólo necesitan de una (muy) buena primera novela para poder desaparecer?

NOTAS

(*) Italo Calvino, Seis propuestas para el próximo milenio. Editorial Siruela, 2001, España. Pág. 47.

Fuente: Ecdótica



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