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Cuento: El sacrificio. Escrito por Claudia Azcuy




El sacrificio
Por: Claudia Azcuy

N. del E. Celebramos la generosidad de Claudia Ascuy por dejarnos compartir con nuestros lectores uno de sus cuentos, que esperamos, sinceramente, sea de su total agrado.

Unos ojos vidriosos que parecían pedir perdón desde el más allá, un charco de sangre y, hacia la derecha, sobre la pared, dos o tres palabras escritas con ella; y, sin embargo, nada.

Hacía unos días había leído en el periódico que dos adolescentes cubanos se habían metido en el tren de aterrizaje de un avión de British Airways, donde murieron congelados por las bajas temperaturas y, aunque la historia lo inspiró un poco, no pudo escribir ni una página.

En África, según informaba un canal de noticias local, se expandía la creencia de que teniendo relaciones con niños se disminuía considerablemente el riesgo de contraer el SIDA. Ésta le llamó mucho la atención, porque se imaginó entonces un montón de negros violando a otro montón de niños, a la multitud excitada y, entre aquellos, un pequeño de seis o siete años con un pantaloncito rojo que ya andaba por el suelo. Pensó entonces en “La lista de Schindler”, así que se desencantó enseguida ante la inconsciente asociación.

Llevaba ya semanas revisando los diarios, sintonizando las emisoras más bizarras y sensacionalistas, recorriendo las calles más peligrosas de la ciudad e, incluso, visitando parques y plazas concurridas donde se quedaba durante horas, sentado, viendo la gente pasar e imaginando sus vidas; y aún no tenía una historia. Lo había intentado todo: desde el insomnio provocado hasta largas jornadas de interminable consumo de todo lo que debería hacerle volar, pero nada; lo mejor que lograba era aterrizar en blanco, sin hambre y con ganas de tirarse a la vecina.

También había intentado con la acupuntura, la homeopatía y las prostitutas (curiosamente, un mismo amigo le había recomendado las tres alternativas). Se suponía que las dos primeras le permitirían hallar el equilibrio faltante en sus funciones orgánicas para luego librarse del bloqueo emocional que lo mantenía aislado de la inspiración; la tercera la utilizaría en caso de que ninguna de las anteriores funcionara y era mucho más simple: pagarle a una mujer para que le contara su vida y, eventualmente, cogérsela. De la última experiencia solo consiguió escribir lo que más o menos fue el diálogo con la puta:

―Es tu primera vez aquí, ¿verdad? ―preguntó ella mientras jugaba con su lengua, los dientes y unos dedos que amenazaban con ser introducidos en su culo. Él, con un tímido gesto, asintió.

―No te preocupes, mañana estarás aquí otra vez… sólo tienes que probarme. ―dijo, con una seguridad y confidencia que no le ayudaban a excitarse. En ese momento Augusto pensó en que una un poco más sumisa hubiese sido probablemente mejor, pero ya había escogido a ésta y no quería perder más tiempo; por último, ella también tenía lo que necesitaba.

―Empecemos de una vez. Desnúdate. Hazlo despacio y luego voltéate, apóyate en el sillón y abre las piernas ―vociferó, recuperando el control y anunciando que durante los próximos cincuenta y siete minutos la situación no sería diferente.

Cuando el sexo concluyó, intentó que la mujer le contara algo ―real o inventado, cualquier cosa que le cediese la facultad de desencadenar una serie de motivos, causas y consecuencias que en algún momento de la noche pudieran convertirse en una historia― y lo único que esta alcanzó a narrarle fue cómo llegó a la prostitución, y ya a nadie le interesa saber cómo una joven de 20 años decide vender su cuerpo por dinero. Al menos no desde que alguien, alguna vez, afirmó que lo hacía por placer.

Agotadas sus opciones, esa noche llegó a la casa y, después de escribir tres o cuatro párrafos sobre el encuentro, abrió una botella de scotch y se fue a sentar a su cama, mirando al techo. Así se pasó casi media hora y, cuando el cuello comenzó a molestarle, alguna sensación divina se le aproximó. Fue a la cocina, agarró el cuchillo de la carne y comenzó a hacerse incisiones en su brazo izquierdo. Los cortes no eran profundos, pero dejaban brotar la sangre.

Unas horas más tarde, ya había avanzado a las piernas, las heridas eran crecidamente hondas y a su lado una pila de papeles escritos comenzaba a amontonarse. Cuando llegó al tobillo, justo cerca del hueso, no pudo más: escribió con tal excitación que las lágrimas que caían de sus ojos no eran de dolor, sino de felicidad.

La tarde siguiente, satisfecho con el resultado de la víspera, intentó reproducir el sacrificio. Esta vez escribiría sobre la importancia de sentir el dolor; no interesaba en ese momento cuál sería la historia, ésta llegaría en cuanto la sangre comenzara a salir o, en el peor de los casos, en cuanto atacara al tobillo. Comenzó de la misma forma: primero los brazos, luego las piernas, tajos delgados y superficiales seguidos de otros agudos. Pero llegó al talón con apenas media página escrita.

Entonces insistió, esta vez procurándose incisiones peligrosas. Los sangrados se intensificaron y, al rozar la una de la mañana, su cuerpo parecía finalmente vaciado. La habitación era un desastre, el flujo rojizo había invadido hasta las pocas palabras escritas y navegaba ahora, despacio, por debajo de la cama y la mesa de noche. Estaría muerto a eso de la 1.10 am. y, aproximadamente a esa misma hora, pero dos días después, el cadáver fue hallado.

Luego de varias jornadas de investigación policial, los detectives descartaron la idea del sacrificio satánico cuando encontraron la narración nacida de la primera noche de cortaduras; en ella, algunas ideas escritas al margen del papel, a manera de diario, esbozaban el origen de la extraña práctica y cuáles habían sido las motivaciones.

Pasaron dos horas y, en el canal local, los periódicos y las emisoras más bizarras, ya se transmitía la noticia. Ese mismo rato, en alguna parte, dicen que otro escritor encontró la historia que buscaba.

Fuente: Ecdótica



11 Respuestas »

  1. Marcelo dice:

    De lejos, una de las mejores cosas que leí últimamente… espero se repita la dosis! 😆

  2. Marco dice:

    Bien jugado, claramente hay una diferencia entre la originalidad y como se logra aprovechar de esta, a la final el héroe es el héroe. Bravo.

  3. valentina dice:

    😆
    felicidades !!!!!

  4. Claudia Azcuy Becquer dice:

    Siempre es bueno recibir este tipo de retroalimentación, así que me complace muchísimo contar con la opinión de ustedes. Quiero agradecer un montón a Marcelo, sin su apoyo quizás El sacrificio no hubiera salido a la luz. Se repetirá la dosis!

  5. Fabiana dice:

    Ah! Me impactó mucho! Me encanta cómo Claudia refleja la crisis creativa! Yo he estado ahí. Gracias Ecdótica!

  6. Confieso que al leer el cuento de Claudia, no la venía venir y me gustó como lo inicia y como lo cierra, bien redondito! Buen trabajo y todos, me incluyo, esperamos más cuentos.
    Marcelo Paz Soldán
    http://www.ecdotica.com

  7. JuanK dice:

    me gusto!!!
    sorpresa no es la tipica historia de chika….

  8. PrisCi dice:

    Excelente historia,
    para nada convencional, pense que seria algo inconcluso al principio.. pero acabo MUY BIEN

  9. indra dice:

    es extraño…. sigue adelante¡

  10. Lau dice:

    Increíble muchacha, me gustó de verdad!

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