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Un grande entre los nuestros: David (y no Goliath) Mondacca




Cuando el artista es el personaje
Por: Marcelo Paz Soldán
Fotografía: Fernando Cuellar


“Pero hay algo en una narración, una historia, que siempre estará vigente. Yo no creo que los hombres se cansen de contar o escuchar historias. Si esto se acompaña con el placer de que a uno le cuenten una historia tenemos el placer adicional de la dignidad del verso, entonces algo grande habrá pasado”.

Jorge Luis Borges – This craft of verse

N. del E. Este sábado 28, a horas 21:00, David Mondacca hará un fragmento de la obra de Teatro El santo del cuerno en el Salón de Honor de la XV Feria Internacional del Libro de La Paz. Quedan todos invitados y, posteriormente, David estará firmando ejemplares de No le digas y El santo del cuerno.

Conocí a David Mondacca el 2004, en La Paz, cuando con Luis. H. Antezana J. (Cachín) investigábamos acerca de la vida de Jaime Saenz para el libro digital La bodega de Jaime Saenz (2005). Cachín me lo presentó en el Café Ciudad de la Plaza del Estudiante de La Paz. Yo portaba mi cámara fotográfica, ya que una de las intenciones que teníamos era recorrer esa La Paz descrita en Imágenes Paceñas (1979). David no reparó para nada en mí. Intervenía en raras ocasiones y él volvía de manera insistente a hablar con Cachín, como si yo no existiera o no fuera parte de la conversación. Yo tenía referencias de Mondacca ya que había vivido trece años en La Paz, pero él no tenía ni la menor idea de quién yo era (él ciertamente se encontraba en desventaja). Sin embargo, tampoco conocía todo lo que Mondacca había hecho con la obra de Saenz y estaba a punto de descubrirlo, lo que cambiaría mi vida de manera definitiva. Ya luego él se enteró que yo era el coautor del libro, y no el fotógrafo que creyó trajo Cachín (yo, a cada rato, les sacaba fotos casi en primer plano a ambos) para ilustrar el libro que hacíamos. Él, con el tiempo, se convertiría en un actor relevante del libro que hicimos.

Me quedé unos días más en La Paz y tuvimos tiempo de conversar y hablar de la obra de Saenz. Me impresionó lo mucho que había hecho, pero el poco material que quedaba disponible, uno de los eternos males de los bolivianos, esa falta de memoria, lo que no debemos dejar que suceda. Mondacca había hecho No le digas (1999), Santiago de Machaca (2001), De madera hermano, de madera (2003), Los cuartos (2005), Don Carlos (2005). Su productora/amiga/cómplice, Claudia Andrade, había guardado algunos VHS que pronto nos encargamos de digitalizar y luego comprimir para luego utilizar. A veces pienso que, si bien La bodega es un libro homenaje a la vida del poeta paceño, es también un homenaje implícito a la labor de Mondacca y su rescate de la obra de Saenz.

Mondacca se encargaba de mostrarnos, visualmente, lo que Saenz nos contaba. Creaba un mundo de ficción. ¿Pero qué es la ficción? Jorge Volpi, en su ensayo “Novelas, virus y medios” (2004) nos recuerda que lo contrario de la verdad es la mentira, pero la ficción no es lo contrario de la verdad por más que esté construida como una mentira intencional; la ficción no busca preservar en el engaño, sino construir una verdad distinta, autónoma y coherente con sus propias reglas. De allí que, con su afán pragmático de siempre, los anglosajones prefieren decir que lo contrario de la ficción es, simplemente, la no – ficción. Por ejemplo, una novela como Luna caliente (1984), de Mempo Gardinelli, no es una historia que a él le ha sucedido, y por tanto no es verdad. Sin embargo, tampoco podemos decir que es mentira, por tanto, la obra se queda en una especie de limbo literario, de esas que están flotando. Muchos lectores comienzan a ver con desconfianza a los autores tratando de descubrir qué de lo que cuentan en sus historias son verdades que le han ocurrido a él y qué son fruto de su imaginación —lo que ellos insisten en llamar “licencias literarias.”

En el teatro, sin embargo, el actor personifica libremente a los personajes que han sido creados por el mismo o por otros. Vemos a David transformarse en los personajes que crea incluso si otro es el autor, es una especie de traductor que interpreta el texto y a su personaje y, a partir de ellos, crea uno propio. Mondacca me contaba que incluso los personajes, una vez creados e interpretados por él, iban adquiriendo personalidad propia. Ariel Mustafá, uno de los autores de los que David ha interpretado a un personaje de uno de sus cuentos, me decía, no sin cierta incertidumbre, que el personaje que David había creado de uno de sus textos no era lo que él quería decir. Cuando le pregunté a Mondacca sobre el tema, me dijo que ni él mismo ya no tenía control de los personajes, que estos tomaban vida propia.

Por ejemplo, en su obra de teatro En Amores que matan, en la que interpreta a personajes creados por autores bolivianos como Ramón Rocha Monroy, Edmundo Paz Soldán, Ariel Mustafá y Giovanna Rivero, David se transforma, deja de ser él, para convertirse en el personaje que representa.

La primera vez que vi No le digas, en VHS, me llamó la atención el hecho de que Mondacca había logrado personificar al mismo Saenz y a los personajes creados por este lo que Cachín/Paz Soldán dijeron en la Bodega de Jaime Saenz: “Como verá el lector, David Mondacca ha sido pieza clave para poder ilustrar varios personajes de Jaime Saenz y […] al propio Saenz”. Mondacca era entonces capaz de convertirse en el propio Saenz y a la vez personificar los personajes que este había creado en distintos libros, como La Piedra Imán (1989) que contiene varias anécdotas relativas al propio autor. Pero Mondacca, pronto lo sabría, no se quedaba ahí, en el mero representar, sino que él creaba sus propios personajes. Es así que creó memorables personajes como el de Aurora, basado en textos de Ramón Rocha Monroy o Ariel Mustafá o el de Giovanna Rivero.

La herencia que ha dejado Jaime Saenz procede de su poesía, principalmente, y de él como personaje. Hemos podido conocer la poesía de Saenz por las publicaciones y reediciones, pero al Saenz personaje, para aquellos que no lo conocimos, lo hemos descubierto gracias a Mondacca. Es innegable la influencia de la poesía de Saenz en la narrativa, pero Saenz como personaje mitológico de la urbe paceña se la debemos en buena parte a Mondacca actor. Gracias a David sabemos, o al menos intuimos, cómo hablaba Saenz, cómo caminaba, cómo fumaba, cómo vestía.

Mondacca leía a autores nacionales (y escritores de afuera), transformaba sus obras, las adaptaba al teatro, los representaba. Con esto quedamos en deuda con él. Asimismo era profesor de dramaturgia, enseñaba a sus alumnos de la Universidad Católica Boliviana y El Alto a actuar y poner en escena las obras de su creación o los ayudaba a crear sus propias historias e interpretarlas. Una labor tan grande y exhaustiva que el teatro boliviano le debe mucho.

Pero Mondacca se llenó de Saenz y no podemos negar su influencia en Mondacca actor. Mondacca se ha llenado de Saenz y a partir del maestro ha creado sus propios mitos urbanos. Saenz creó el aparapita con su saco lleno de remiendos como la ciudad misma y Mondacca crea ahora el lustra y a partir de él lo simboliza como mito paceño en El Santo del cuerno, obra que ahora se presenta.

El Santo del cuerno gana el Premio Nacional de dramaturgia Adolfo Costa du Rels en el 2008, obra en la que Mondacca crea distintos personajes, todos ellos zapateros, no necesariamente unidos entre sí. Existe, sin embargo, un personaje central que es un lustrabotas, que por un azar de la vida muere y se convierte a su vez en el santo de los lustras. Los lustras, como el aparapita de Saenz, son indudablemente personajes de la urbe paceña. Es raro verlos con sus pasamontañas, cubriendo su rostro ya que muchos no quieren mostrar su cara debido a que estudian o tienen otro tipo de actividad. Mondacca, sin embargo, les quita el pasamontañas, los descubre para nosotros, los saca del anonimato para que estos tomen vida propia en El Santo del cuerno. Al prologar este libro, en nombre de Editorial Nuevo Milenio, no sólo espero que el lector disfrute de él, sino, también, sea un justo homenaje a David Mondacca, a su placer por narrarnos historias, por dejarnos verlas, disfrutar de ellas y ahora contárnoslas por escrito dejando, junto a la memoria de sus presentaciones teatrales, un legado literario para la narrativa boliviana.

Fuente: Editorial Nuevo Milenio



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