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Música para rinocerontes




Los rinocerontes de Terranova
Por: Wilmer Urrelo Zárate

Debo confesar que me gustan los libros raros. Los inclasificables. Me refiero a aquellos que ya la gente pasó al olvido y no los recuerda ni por si acaso. Esos libros que fueron creación de personas ya descartadas por el tiempo y por la literatura llamada «seria». (Eça de Queiroz nos vemos en el cielo). ¿Las razones? No las sé. Puede ser por la esperanza de hallar una gran sorpresa o bien un enorme desencanto. Ya lo dije: lo raro me gusta. Me atrae sin contemplaciones.

Algo así me pasó con Música para rinocerontes (Editorial El Cuervo, 2010) de Juan Terranova. El autor es argentino, nacido en 1975, porteño (pero buena gente, me dijeron). Tiene ya en su carrera un buen número de títulos, sobre todo novelas, aunque también le dio por el lado de la poesía y la crónica. Sin embargo, acá en Bolivia lo empezamos a conocer por estos ¿relatos?, ¿cuentitos?, ¿principios de ensayo?

Ahí, en esas incógnitas, está parte de la fuerza de Música para rinocerontes. Se trata de una serie de doce «historias» a secas que componen este libro. Títulos, de inicio, estrambóticos y por lo tanto desconcertantes: «Una remera con la cara de Stalin», «¿Dónde están los delfines?», «Hombres que saltan en jaulas de animales salvajes». Casi todas estas «historias» tienen como trasfondo a la melancolía, a la gente sola, dos temas que, dicho sea de paso, empiezan a ponerse no sé si de moda, pero sí de «estoy a la orden para lo que usted guste, señor» en aquellos escritores menores de cincuenta años.

Lo bueno es que ambos aspectos están presentes con lucidez en las «historias» de Terranova. Muchas de ellas tienen que ver con lo cotidiano, también, con la vida periodística (y una frase, ojo, lapidaria y premonitoria para todo aquel que desee dedicarse a los medios de comunicación: «Se lo veía feliz de haber dejado el periodismo») o bien con aquellas películas que de niños entusiasmaron tanto a los que ya somos peligrosamente treintañeros: «El planeta de los simios», por ejemplo, de lejos la mejor «historia» de este libro.

Se refiere, por su puesto, a esa obra maestra que fue la primera versión del film (la más contemporánea es mejor olvidarla). Fue gratificante cómo gracias a esta «historia» pude recordar parte de mi niñez olvidada: yo quería convertirme, y ya mismo, en un simio al terminar de ver por primera vez la peli en cuestión; aunque lo malo del efecto Terranova es que me di cuenta ahora, con tristeza y resignación, una veintena de años después, que lo logré.

Y también está aquella imagen del final del largometraje que vuelve siempre a mi mente cuando pasan esas irritantes imágenes turísticas de EE. UU. (¿la fantasía erótica de Bin Laden y de los movimientos sociales?); obvio, me refiero a la Estatua de la Libertad hundida en el mar, derrotada, casi inexistente, un símbolo de que no todo es eterno. Y Terranova rescata esa clave en su esencia, no sólo a lo largo de esta «historia», sino, sobre todo, por una frase que me dejó helado: «…El planeta de los simios es una contradicción del peronismo».

Por suerte, el libro vale la pena ser leído también por Fuego chino, La máquina idiota y Pornopunk.

De manera que lo irresistible reside, pues, en lo desconcertante del argumento de cada pequeña «historia». No me refiero al efecto sorpresa que ya todos conocemos sino al hecho de preguntarte de pronto en medio de la lectura lo siguiente: «¿cómo no se me ocurrió que podía escribirse de esto antes?». En fin, son «historias» que se las disfruta por su rapidez, aunque ante todo por descolocarnos en medio de una realidad que cada día que pasa se parece más a un cuartel militar.
Eso sí, no entendí (una banalidad, ya lo sé) por qué llamarla Música para rinocerontes. ¿Valdrá la pena averiguarlo? Si se puede ojalá alguien me saque de la duda.

Fuente: Ecdótica



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