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El cine de la nación clandestina




Haciendo cine en una nación poética
Por: Alba Balderrama

Una lectura personal de El cine de la nación clandestina. Aproximación a la producción cinematográfica boliviana de los últimos 25 años (1983 – 2008) de Santiago Espinoza y Andrés Laguna.

EXT. ATARDECER. WILLKANI

“PI. Paisaje altiplánico en plano general se sostiene 10 segundos. Silencio. Solo el leve viento altiplánico. Asoma cautelosamente en Gran primer plano el rostro del Danzanti Antiguo, gira y sus grandes ojos miran a cámara en posición 1. Vuelve a mirar hacia el paisaje. De pronto, junto con el sonido del tambor y luego de las tarqas irrumpen con fuerza los ahuilas y diabólicos. Bailan junto al Danzanti unos 3 segundos y luego, seguidos por cámara en travelling hasta posición 3. El grupo se detiene a bailar en ese punto”.

Un terrible baile, una enorme máscara, unos desorbitados ojos que miran al pasado, un hombre con su pollera que desanda otra vez el camino para acudir, así, al encuentro consigo mismo. Esta escena inició, hace 20 años, una nueva etapa en la historia del cine boliviano y, más aún del “ser boliviano”. Jorge Sanjinés dirigió la La Nación Clandestina e implantó con esta película la clave para comprender y ver a la nación. El futuro está en el pasado. No se puede andar hacia un futuro sino miramos lo que fuimos e hicimos, eso es finalmente lo que somos.

El libro El cine de la nación clandestina, aproximación a la producción cinematográfica boliviana de los últimos 25 años (1983-2008) que han escrito Santiago Espinoza y Andrés Laguna, se arma como un homenaje a esta película y a este director. Como infundidos por el espíritu y pensamiento de Sanjinés, toman las únicas armas que conocen, las palabras, y se lanzan con todo su amor por el cine a desandar, como lo hiciere Sebastian Mamani, ese inusitado camino que se llama: cine boliviano.

¿Qué los devuelve al pasado? No es únicamente la necesidad de llenar un vacío teórico e histórico del cine boliviano en las librerías, bibliotecas y academias. Es el latir de este tiempo de transformaciones en que vivimos. Son los ecos de todas las películas vistas que reclaman un lugar en la historia, en el pasado del país como parte de una identidad cultural boliviana. Este tiempo de transformaciones también han tocado al cine boliviano y se hacen evidentes, nos dice este libro, en el aumento de películas bolivianas estrenadas, en el avance y la introducción del digital y nuevas tecnologías en las producciones y en el salto temático y estético de un cine político a uno posible y luego poético. Que personalmente pienso, es lo mismo.

Jean-Luc Godard en su maravillosa obra Historias del cine escribe:

En un sistema/ en el que se puede/ hacer todo/ salvo la historia/ de lo que se hace/ donde todo/ puede terminar/ salvo/ la historia/ de esa terminación/ vea usted / Peguy/ dice ella/ siempre/ cae la noche.

una imagen/ no es fuerte/ por ser brutal/ o fantástica/ sino porque/ la asociación de las ideas/ es lejana/ lejana y justa.

Se refiere a la premonición. Para él, el cine es grande cuando prevé, “el cine pudo constituirse en un acto de creación que anticipaba el porvenir”. Y Sanjinés con esta película realizó un acto casi profético anunciando la emergencia de una nación oculta y callada que mira su pasado para reafirmarse. Es por eso que su cine es grande y político.

Para Sanjinés el “cine es arte, y el arte tiene que ver con el vivir bien, y el vivir bien tiene que ver con la política”.

En una entrevista Sanjines remarcó: “cine y política son para nosotros y hablo en nombre del grupo que integro una sola cosa. La política es inherente a la actividad humana fundamental, y el compromiso del artista frente a la problemática que lo circunda, lo define inevitablemente desde el punto de vista político”.

Este libro contiene una investigación que “ha buscado reconocer el sitial que este filme tiene en la historia cinematográfica boliviana, pero sin descuidar la revisión del conjunto de películas aparecidas durante los años medianamente anteriores y posteriores a aquel que fuera estrenado en 1989, y en torno al cual la cinematografía boliviana giro y continúa girando”. (pag. 189)

Todas estas películas bolivianas producidas y estrenadas entre los años 1983 y 2008 son parte de lo que Espinoza y Laguna han venido a llamar el cine de la Tercera Era. El recorrido del libro nos lleva desde este gran lugar que es La Nación Clandestina, con toda su carga política e indigenista hasta los pequeños lugares íntimos del cine hecho por los jóvenes y la representación de los mismos en la pantalla grande.

Es para el lector un interesante camino hacia atrás y de revisión del cine boliviano. Es abundante y completo en la mención de las películas y de los principales realizadores que están creando este cine de la tercera era. Hay en sus páginas aspectos extravagantes que el cine de los últimos 25 años ha explorado incansablemente como el de la borrachera, los viajes, la aparición de lo erótico, la joda y la comedia.

Pero sobretodo, una vez tomado el camino que propone el texto, atravesamos una carretera accidentada, nunca llana, ni recta debido a las muchas dificultades con las que los cineastas bolivianos se han topado. Y en ese trayecto aparecen tres sujetos, tres rostros que son esenciales al momento de entender el proceso de cambio en el cine y seguramente en la sociedad boliviana. El indígena, como el “otro”, el cholo como el “no otro” o su negación y el joven como el “yo”.

Personalmente mi recorrido por el libro tiene que ver con estos tres sujetos.

El contexto político de dictaduras y crisis, dio un cierto espacio para algún tipo de películas, que justamente son las de Sanjinés y Antonio Eguino, que cada uno a su modo plasmo en sus filmes y en sus formas de afrontar una producción. La mirada estaba puesta en los valores comunitarios indios como capaces de establecer un marco cultural y social mas digno y justo para la sociedad boliviana. Y así crear una identidad boliviana, un hombre que finalmente conoce de dónde viene y lo que es.

Luego vino el “boom del 95”, que ahora mirado a la distancia, significó la despolitización del cine tal como lo llaman Espinoza y Laguna. “A partir de ese momento el cine dejó de ser una herramienta política, dejo de ser una herramienta del proselitismo, de denuncia política o de concientización ideológico cultural”. (pag. 172)

Rescato aquí algo muy importante para entender un poco lo que se viene con el cine en Bolivia y que estos autores lo ven claramente: la aparición de un nuevo sujeto nacional, el cholo. “El cholo en el cine boliviano se impone como una categoría del excluido, como el que no hace parte de nada, como el que se encuentra en medio de los márgenes. Ser cholo es estar negado dos veces, no se es indio, no se es blanco”. (pag. 173) Domingo de Cuestión de fe, es un ejemplo. Pero y, tal vez más importante es lo que este sujeto representa: otra estética y otro imaginario.

Es el hombre negado, presa fácil de cualquier cosa que pueda darle un sentido de reafirmación, como el consumismo, la banalidad, el poder, los placeres, etc. Si lo pensamos bien, es un hombre que no termina de encontrarse.

Y finalmente el joven. ¡Qué palabra, tanto peso, tanto peligro!.

En este estudio, con ellos “llega el momento de pensar en lo individual, en lo intimo, en lo singular, en el yo”. Realizadores como Diego Torres, Rodrigo Bellott, Claudio Araya, Martín Boulocq, Tonchy Antezana, entre otros, se lanzan a la representación del “yo”, siendo este un sujeto urbano, con rollos existenciales, globalizado y joven. Los jóvenes en la pantalla boliviana pero además de la mano de jóvenes realizadores. Cuyas películas, desde distintas estéticas y formas, con mayor o menor claridad, nos llevan por un viaje menos espacial, más corporal. Hacia el interior, hacia lo existencial, hacia uno mismo.

Y así, estos tres sujetos retroceden en la carretera del cine boliviano para reafirmar la “teoría del cine junto al pueblo” de La Nación Clandestina, que insta a esa necesidad de mirar el pasado, retornar al hogar, a la tierra, al interior para encontrarse con uno mismo y finalmente ser con los demás.

El cine boliviano habiendo alcanzado su madurez con la Nación Clandestina, intuyó cómo debía ser el sujeto boliviano y al país que habitara. Luego se lanzó hacia un futuro incierto, tal vez porque no quiso mirar el pasado, buscando ballenas rosadas, surcando caminos a camión, en la Ramona o a pie. Buscando llegar lejos, a festivales, a mercados a posibilidades, no importa si se estaba borracho, de fiesta, con amigos, un socio o solo. Y finalmente, tal vez por su juventud, comprendió que el mundo ha cambiado, que no es suficiente una visa americana, que las promesas no sirven y no son espíritus independientes y que retornar a los bonitos y mejores años es cuestión de fe y que solo mirándonos nuevamente podremos llegar a esa inmensa zona al sur que nos permita dejar la clandestinidad.

No es casual que el viaje teórico y analítico de retorno del cine boliviano de los últimos 25 años lo emprendan dos jóvenes, Santiago y Andrés.

Y aquí nuevamente Godard, hablando de la nouvelle vague, cuando era joven:

hubo muy poco/ yo diría diez filmes/ tenemos diez dedos/ hay diez filmes/ el cine/ mi idea la que puedo expresar/ ahora/ era la única manera/ de hacer/ de narrar/ de darme cuenta/ que yo/ tengo una historia/ como persona

Pero que si no hubiera/ cine/ yo no sabría que tengo/ una historia/ era la única manera/ yo, le debía eso/ ese lado siempre culpable/ o maldito/ como decía Marguerite/ ella decía/ que yo era maldito.

INT. ATARDECER. BIBLIOTECA

Termino con la premonición: La Nación Clandestina habló de un cambio, del emerger de un pueblo, que no estaba callado, sino que no era escuchado. Ese cambio político se esta dando hoy.

Este es también, junto al cine, un proceso de cambio poético. Muchas voces, distintas se abren camino, están emergiendo, muchos puntos de vista y muchos encuadres han empezado también a surgir. Y textos como este que acompañan y registran estas voces son actos de pensamiento, de resistencia y de reafirmación de la diversidad. Actos necesarios.

Fuente: Ecdótica



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