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Aprendiendo a leer en Cochabamba




Fojas Cero
Aprendiendo a leer en Cochabamba
Por Marcelo Gonzales Yaksic

“Aprendí a leer a los cinco años, en la clase del hermano Justiniano, en el Colegio de la Salle, en Cochabamba (Bolivia). Es la cosa más importante que me ha pasado en la vida. … El paraíso de la infancia no es para mí un mito literario sino una realidad que viví y gocé en la gran casa familiar de tres patios, en Cochabamba”. Así comenzó y discurrió el elogio a la lectura y la ficción que nos ofreció el escritor universal Mario Vargas Llosa, a la hora de compensar el premio Nobel de Literatura del año 2010 que tan merecidamente ha recibido. De pronto todo el mundo ha buscado la ciudad de Cochabamba en el mapa para entender que hay lugares reales en la tierra que pueden ser considerados unos paraísos; y en cuyas espesuras se pueden generar cosas muy trascendentales en la vida de un ser humano cualquiera. Lo que sí debemos exaltar es en lo que se ha convertido Vargas Llosa después de pasar por las aulas del Colegio La Salle, sufriendo una metamorfosis que le ha permitido leer y escribir libros de tal calidad que le han valido un homenaje tan grande que nos enorgullece y levanta.

Pocas voces disonantes se escucharon muy lejos, casi imperceptibles, cuando Vargas Llosa aludió directamente a las dictaduras férreas de Cuba y Venezuela y algunas democracias falsas y populistas como las de Bolivia y Nicaragua, calificándolas de poco serias, y a sus líderes como propensos a hacer reír con sus dichos y sus hechos. Pero, sin ruborizarse el vicepresidente boliviano García Linera, afirmó el miércoles pasado que el escritor premiado, es un gran literato pero también es un político fracasado y “un ignorante en el ámbito de las ideologías políticas”. Es que a este nuestro dignatario de Estado le ha de sobrar el color rojo encendido en la cara para reconocer que el Premio Nobel dijo la verdad cuando afirmó que “una dictadura representa el mal absoluto para un país, una fuente de brutalidad y corrupción y de heridas profundas que tardan mucho en cerrar, envenenan su futuro y crean hábitos y prácticas malsanas que se prolongan a lo largo de las generaciones demorando la reconstrucción democrática.” Esta conclusión no puede ser producto de la ignorancia, y es precisamente la constatación real del camino que han elegido aquellos que están pretendiendo alejarnos de la libertad.

Escuchando o leyendo a Vargas Llosa, debemos compartir su lamento sobre la existencia de gobiernos democráticos que, como el boliviano, “en vez de dar el ejemplo, solidarizándose con quienes, como las Damas de Blanco en Cuba, los resistentes venezolanos, o Aung San Suu Kyi y Liu Xiaobo, que se enfrentan con temeridad a las dictaduras que sufren, se muestren a menudo complacientes no con ellos sino con sus verdugos.” Sólo tenemos que hacer un inventario de aquellos verdugos con los que el gobierno boliviano coquetea, sólo para emular los métodos represivos que estos utilizan sobre los valientes que “luchando por su libertad, también luchan por la nuestra.”

Es Cochabamba el paraíso que cobijó la niñez de un premio Nobel y aquí aprendió a leer, convirtiéndose en su salvación. Con esta ventaja comparativa tan motivadora, a los ciudadanos y ciudadanas de esta urbe se les ha inyectado las fuerzas necesarias para no dejarse intimidar por quienes quisieran “arrebatarnos la libertad que hemos ido conquistando en la larga hazaña de la civilización”. Si para Vargas Llosa, al igual que escribir, leer es protestar contra las insuficiencias de la vida; para nosotros deberían ser las armas más poderosas para defender “nuestro derecho a soñar y a hacer nuestros sueños realidad,… derrotar a la carcoma del tiempo y de convertir en posible lo imposible”. Todo sea en la ruta que nunca debemos abandonar, la de la libertad.

Fuente: Ecdótica



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