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La palabra “vendimia”




La palabra “vendimia”
Por: Ramón Rocha Monroy

Hay palabras que alegran la vida, que nos recuerdan momentos felices a los cuales uno quisiera volver. Una de ellas es “vendimia”, porque nos trae a la memoria un lugar augusto en el cual unen voluntades el subsuelo, el agua, el cielo, el sol, la lluvia, los elementos y el buen humor de los vendimiadores. Es la palabra “viña”, que ya figura en las páginas más felices de la Biblia, cuando habla de este mundo como “la viña del Señor”.

Digo que los elementos unen voluntades porque el tiempo de la vendimia crea una expectativa similar a la del adviento, a la epifanía de la gestación y del parto, que trae una nueva vida a esta vida. ¿Cómo será la criatura que acaba de nacer? Quizá no haya mayor problema con la papa o el maíz, con la remolacha o el bróccoli, siempre iguales en el tiempo, pero con el fruto de la vid…

¿Cómo será la uva que cosechemos? Y más aún, ¿cómo será el vino? El gran Álvaro Cunqueiro decía que “nada hay más sensible que un racimo. Ni el corazón de Ofelia, ni el ala de la mariposa, ni el hálito de la vela.” Toda vicisitud del subsuelo, del suelo o del cielo imprime sus alegrías o sus penas en la uva. Las bellas mozas que cuidan de los racimos y las que pisan la uva en los lagares deben ser jóvenes y primerizas, púberes y dispuestas al amor, con el ánimo puro de penas o de reconcomios, o preñadas por primera vez y a la espera de su primer alumbramiento. Así parecería que desgranaran su bella dentadura cada vez que ríen mientras el jugo de la uva les recorre la piel de los pies, se enreda entre sus dedos, besa sus talones y sube por sus pantorrillas, con alguna gota audaz que tiñe sus piernas.

De esa vendimia feliz se dirá que fue una cosecha memorable, y el vino recordará los gráciles pies que pisaron la uva cuando llegue a la edad de reflexionar, de recordar con nostalgia y a la sombra saudosa del barril de roble.

Ese vino lleno de vida, producto de una vendimia alegre y bullanguera, se confundirá con los latidos del corazón de sus catadores, soplará dulces tentaciones al oído de las muchachas y redoblará las energías de los varones. Los engendramientos que produzca el calor de ese vino, a la sombra de la parra y en el silencio de la noche, producirán niñas misteriosas y niños gallardos, dispuestos a hacer de sus vidas un capítulo de la música, de la danza, del contar y cantar, del buen decir y nombrar a los seres de este mundo, y de los mundos paralelos.

El alma de la vendimia se refugia en los toneles y luego en las botellas. Cuando un mozo descorcha una de ellas es como si arrebatara la doncellez al amor de su vida, y entonces ese caldo exquisito es imposible que sugiera pensamientos turbios o intenciones mezquinas. Al contrario, un vino así descorchado, producto de un año de buena vendimia, es un vino solidario y generoso, un vino que une, un vino amigo, un vino amoroso, un vino tibio y fecundo como la sangre de las muchachas en flor.

Fuente: Ecdótica



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