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Cuento inédito: 1902




1902
Por: Mauricio Rodríguez Medrano

Esteban Carrasco murió en la Primera Campaña de la Guerra del Acre, cuatro meses después de la fundación de Puerto Alonso. Cayó de espalda en las arenas del margen derecho del río Aquiry, fulminado por una bala que le atravesó el estómago. En la agonía se sintió desnudo, recostado en un mar de sangre, sus muslos, su pecho, su rostro cubiertos de sangre, de sangre, de sangre. Y lloró, retorciéndose de dolor, hasta que dejó de respirar. Enjambres negros de tábanos revolotearon al atardecer. A la mañana siguiente un pescador manco encontró el cuerpo lleno de ampollas que reventaban borboteando un líquido espeso y amarillo, le quitó las abarcas y el cinturón de cuero y al alejarse pensó que el muerto tenía el rictus burlón de un anciano con la dentadura cariada. Fue el primer fallecido de una guerra que duró cuatro años. Cada día aparecieron más víctimas en aquel arenal fronterizo. Los soldados lisiados se encargaban de quitar los uniformes a los cadáveres. Esos ropajes se repartían a los reclutas nuevos que llegaban en carretones hasta unas trincheras cavadas en un bosque de siringas y de allí retornaron unos pocos. 2 mil trescientas mujeres jamás se enteraron de la muerte de sus esposos, de sus amantes. María Teresa esperó en vano a Esteban Carrasco. De nada sirvió buscarlo en las fotografías de las noticias de los periódicos, en los relatos de los ex combatientes tullidos que regresaban a Mizque convencidos de haber andado por el intestino de un lagarto secado al sol, en un suelo de arcilla.

***

María Teresa se encerró en su dormitorio, no salió más. Miraba, durante varias horas, la calle a través de la ventana, y pensaba en un instante que no se podía olvidar, tan vacío, devuelto por las sombras, tan vacío, rechazado por los relojes, ese pobre instante adoptado por un recuerdo, desnudo, desnudo, sin ojos para volver a mirar a Esteban Carrasco, sin labios para volver a conversar con Esteban Carrasco. Y transcurrió un año.

***

La niña Manuela debió ocuparse de las labores de casa, renunció a las canicas, a las muñecas de trapo, a los soldaditos de plomo. Su infancia había terminado. Cada día trabajaba en el jardín, quitaba las ramas de espinos que avanzaban descascarando el estuco, barría el polvo de las puertas, las ventanas, pero al terminar la limpieza todo continuaba igual como si un dios trastornado hubiera jugado con los relojes hasta descomponerlos y todo era pasado y nada era presente. La casa sucumbió a la naturaleza, la lluvia derruyó varias paredes, las ortigas treparon hasta el techo, las escaleras quedaron en ruinas por las termitas. También empezó a escasear la comida. La niña Manuela se dio por vencida, no hizo nada cuando las gallinas se desmembraron por el hambre, ni siquiera se conmovió al ver morir de sed a los perros.

Enflaqueció por la diarrea, sus piernas vacilaban al intentar ponerse de pie. Se incorporaba apretando su cuerpo contra la pared. La piel se le pegó a los huesos. Y engendró un sentimiento de odio hacia su mamá. Dejó de asistirla durante dos semanas hasta que surgieron risas desde el interior de la habitación. La niña Manuela abrió la puerta y sintió bajar por sus muslos un barro húmedo. Se acercó a la ventana. Ocultó, entre las manos, un puñado de maíz. El cuarto hedía, las moscas volaban alrededor del catre. Vio varias palabras escritas con excremento en las paredes. Esperanza, espera, adiós. María Teresa miraba la lluvia por la ventana. Estaba abierta. En la calle había una vaca recostada en un charco y parecía un promontorio de arcilla en su inmovilidad dura y rebelde, hundidas las pezuñas en el lodazal y la cabeza humillada por la lluvia. María Teresa escuchó la voz de Esteban Carrasco y por un momento fue feliz. Sintió unas manos pequeñas acariciando su espalda, luego sintió por última vez el viento y se estrelló en la tierra húmeda desfigurándose el rostro y todo fue oscuridad.

La niña Manuela escapó de Mizque el 15 de mayo 1901. Corrió por un escarpado hasta el monte. Vio una piara de cerdos que arrastraban el cadáver de un niño y tuvo hambre y sed y cayó sin fuerzas al llegar a un pajonal.

Fuente: Ecdótica



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