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Cuento inédito: El secuestro




El secuestro
Por: Mauricio Rodríguez Medrano

En otoño de 1967 una camioneta sin placa recorrió la zona de Miraflores. Se estacionó al frente del almacén Vergel. Tres hombres vestidos con chamarras negras de cuero atravesaron la calle. Uno de ellos miró su reloj, la manecilla se había detenido a las 5:00 con cinco segundos y no avanzó más. Los otros dos hombres forzaron la cerradura de una puerta, ingresaron en penumbras al dormitorio principal y secuestraron a los padres de Francisco Javier. La madre, luego de que su rostro fue cubierto con un talego de yute, imaginó a su hijo abandonado en medio de una llanura infinita de légamo y un cielo cenizo recién creado a imagen y semejanza de la ausencia.

***

Media hora antes el padre aún no había previsto aquel destino infausto. Continuaba traduciendo el último verso de un poema t’simane y tenía en la mente las palabras que conformarían el final de su obra. Durante varios años había escrito, en un centenar de cuadernos, diversas versiones y frases inconexas y apenas recordaba el día en que había iniciado aquella labor. Fue después de haber descubierto en su oficina quince archivos de una investigación realizada en 1962 por tres antropólogos ingleses. Los investigadores habían desaparecido en el tramo medio de una carretera de tierra, al regresar a una de las provincias del Beni para recopilar más datos. En las primeras páginas se hallaban transcritos varios poemas t’simane en castellano, menos el último. En los siguientes archivadores había una reseña del poema no traducido. Uno de los investigadores lo catalogaba como el mayor legado de la literatura precolombina en tierras altoperuanas. El padre, luego de leer todos los argumentos, resolvió terminar el trabajo de los antropólogos por un interés historiográfico y, poco a poco, esa tarea se fue convirtiendo en una manía, un intento de hallar la perfección. El escrito se hizo parte de una doble vida. Por las mañanas el padre impartía cátedra de historia en la universidad y por las noches, mientras su mujer dormía agotada por las reuniones clandestinas para desbaratar la dictadura, buscaba los significados exactos en base al alfabeto construido con apuntes de los ingleses.

En un primer intento de interpretación creyó que los versos describían a un hombre, herido en el vientre, que recorría un sendero de arcilla y se acercaba a un mapajo de hojas negras y caía muerto. Meses después el padre se dio cuenta que existían varios errores. El hombre no era hombre, era una mujer desnuda, no caminaba por un sendero, sino miraba el cielo, sentada a las orillas de un río, gritaba a un monstruo de mil ojos que se cernía sobre ella y se cubría una herida a la altura del ombligo. Pero esa imagen del final de la edad dorada de la humanidad no le satisfizo.

Pasaron cinco años. El padre se hizo experto en el dialecto t’simane, realizó doscientas interpretaciones para cada palabra, descubrió que buscar la perfección era como arrastrarse por eriales de demencia y sucumbir al tedio y a la fatiga, y la madrugada del 1 de mayo de 1967 elaboró una traducción en su mente, aunque no perfecta, aceptable para él. Prefirió, en ese instante, darle fin a todas las noches de insomnio, dejar de recorrer compartimientos que se abrían sólo para ingresar a otros en un juego infinito de significaciones. Decidió entonces escribir el último verso y contempló en aquella obra sus anhelos, convicciones y pesares. Ya nada le pertenecía al verdadero autor. Luego leyó otras dos veces el poema:

La desfloración
La flor de perotó se ha abierto y ha caído;
igual que el pene es la flor de perotó.
Él me ha desflorado,
por eso estoy así, cuñada.
Igual que la flor del perotó es el pene;
él me ha causado este daño.
Él ha entrado en mí, él me ha causado este daño.
Por eso mi vagina está como una olla, como un mate.
Ahora me acuesto con un hombre, ya no me duele.
Cuando la flor de perotó entró en mí por primera vez,
dolió, hubo sangre.
Cuñada, ahora ya no duele más.

Sintió cada palabra transfigurada: las palabras en el aire soporífero de las cinco y diez de la mañana, las palabras en la callada respiración de su mujer, las palabras en la humedad de los vidrios empañados de las ventanas, las palabras en todas partes y las palabras para siempre. Quiso salir corriendo a la terraza y ver la ciudad ajedrezada debajo de un cielo carnoso, gris o perla, ver las partículas de la escarcha meciéndose en las flores marchitas del jardín como si hubieran sido parte de una esfera de cristal que guardaba en su interior el jirón de un estremecimiento de la piel. Escuchar en el vagido de las calles recién despiertas el ritmo oculto, la afinación oculta de las sílabas, de los acentos. Tal vez intentar llorar o gritar o reír o verle el rostro a ese ser llamado Dios, descubrir en aquella faz una oscuridad alquitranada atestada de palabras jamás pronunciadas y allí, en un espacio insignificante, quizá encontrar las huellas del poeta t’siname y esconderlas sobre otras huellas. Después vagar abrumado y feliz a través del humo alucinógeno de la literatura. Pero el padre no salió corriendo hacia el exterior. El timbre del teléfono sonó. Su esposa, aún dormitando, levantó el auricular.
—Tienen la lista, los nombres… ¡Carajo!… Quince minutos… —murmuró la voz. Colgó. Y se escuchó un pitido corto y constante.

***

Los padres de Francisco Javier se conocieron en 1959. Los dos estudiaron en la Universidad de Chile. Ella se inscribió en la carrera de Ciencias Políticas y vivió junto a su madrastra en una vivienda del barrio de la Recoleta, muy cerca del Cementerio General. Había llegado a Santiago dos meses después de la muerte de su padre. Se perdió cinco veces la primera semana por no estar acostumbrada a esa ciudad llana, sin cuestas. Cuando cursó quinto año fue invitada a participar de las reuniones clandestinas del Frente Socialista (FS). Conoció a quien sería su esposo en una asamblea. No existió ni siquiera un gusto al principio. La joven no soportó que un muchacho delgado, melenudo, encorvado, con cierto aire de melancolía, le quitara la palabra en medio de un discurso. Le pareció inaguantable que él manifestara en términos históricos la soledad de Bolivia, Chile, toda Latinoamérica, y no con nociones marxistas. No quiso siquiera escucharlo en las siguientes reuniones del FS cuando relató pasajes de la historia de Bolivia, desde la época de la colonia hasta la revolución de 1952. En esas narraciones todos los personajes morían al final o tenían una caída súbita como si un titiritero se hubiera olvidado de ellos. La joven incluso inició una campaña para que sólo los estudiantes de Política fueran parte de las reuniones y se expulsaran a los de Historia. Arguyó que la mayoría de ellos desarrollaban ideas contrarias a los conceptos de la lucha de clases, no participaban en la organización de mítines, huelgas, paros, y también fabulaban relatos inciertos como aquél de los quinientos españoles desorientados en busca del país de la canela.

La campaña no dio resultado, se sumaron más estudiantes de Historia, pero el muchacho dejó de asistir a las actividades del FS. El disgusto se fue transformando en preocupación. La joven empezó a extrañarlo. Más bien, extrañó el sentimiento causado por esa presencia fastidiosa. No podía dejar de pensar en él, mientras instalaba dinamitas en unos postes del barrio de La Cisterna. Al día siguiente corrió la voz de que los inasistentes, 20 muchachos, habían sido apresados por mandato del gobierno. Ella conformó parte de la Comisión de Averiguación del Frente Socialista y fue a buscarlo para no incumplir las órdenes de sus camaradas pero, más tarde, se dio cuenta de que lo buscaba por una necesidad de verlo a cada minuto en las reuniones. Preguntó en la carrera de Historia. Nadie supo dar el paradero. Preguntó en la jefatura de carrera. Los administrativos no quisieron entregarle datos porque explicaron que iba en contra del estatuto de la universidad.

Quince días después de iniciada la búsqueda, la madrastra encontró a la joven en la cocina, llorando de impotencia. La consoló. Mientras le limpiaba las lágrimas se enteró del terror invisible en las calles, de la desaparición del muchacho, de aquella mirada intrigante, de aquellas palabras bien pronunciadas en los discursos del partido, de aquella sonrisa leve, arcana. La madrastra comprendió que en esos detalles existían los signos de algo muy parecido al amor, entreverados a los ideales revolucionarios. Y prometió averiguar junto a la joven el paradero del muchacho. Decidieron buscar en casas que alojaban a estudiantes extranjeros, cerca del casco viejo. Visitaron viviendas pequeñas de fachadas descascaradas. En el interior, los cuartos estaban divididos con maderas delgadas, no llegaban al metro cuadrado, ni siquiera era posible recostar un colchón entero en el piso. Se escuchaban, a través de las paredes, rumores en diferentes idiomas o acentos, como si los habitantes estuvieran debajo de los escombros de la torre de Babel. La mayoría de los cubículos estaban repletos de libros usados o robados de bibliotecas de la ciudad. Y en una de esas casas, en el barrio de La Providencia, encontraron al muchacho, en medio de trapos y vómitos biliosos, sucumbiendo a los dolores de una hepatitis. La madrastra decidió llevarlo a casa contrariando a la joven que había pedido dejarlo en ese cuarto a merced de la muerte por haberse comportado como un tonto, imprudente, falto de conciencia de clase, ¡no es justo, mamá!, no es uno de los desaparecidos políticos, me hizo preocupar en vano. Luego de una falsa discusión resolvieron cuidarlo hasta que su fiebre amainara. Fueron doce días en los que él, poco a poco, se fue recuperando.

Un martes en la mañana, mientras la madrastra salió de casa para ir al mercado, se levantó de la cama. Aún sintiendo mareos caminó hacia la cocina para tomar un vaso de agua. Se equivocó de habitación y entró al dormitorio de la joven y cometió la indiscreción de verla desnuda, sin el brasiere ni las pantaletas. Ella, en un ataque de ira, le lanzó todo lo que tuvo entre las manos. Gritó. Él se acercó como pudo cubriéndose la cabeza, le agarró los brazos e intentó que se calmara pero los gritos persistían calificándole de depravado, capitalista, imperialista y huevón. Y de un instante a otro las patadas, los rasguños, los manoteos se acumularon de una forma cuantitativa hasta llegar a dar un salto cualitativo y todo se convirtió en parte de un juego de caricias, de besos, de explorar palmo a palmo sus pieles como si se reconocieran, el uno al otro, después de haber estado perdidos en un desierto que tenía hordas de salvajes balbuceando las primeras palabras de la humanidad. Los gritos se hicieron jadeos, los cuerpos fueron carne trémula encima del catre. La joven, aferrándose en la mente al himno de La Internacional, cantado de derecho y de revés, intentó soportar la primera embestida del pene y sintió las entrañas retorcidas, una a una, y llenándose de espuma, el ardor húmedo de la vagina fragmentándose en una explosión de colores y el himen desgarrado y luego todo fue placer. Apagó sus gemidos mordiendo los pezones del muchacho, el cuello, le arañó los brazos y sorbió, chupó, mamó el sudor mezclado con la sangre, hasta que los dos quedaron exhaustos entre las sábanas, debajo del catre, en lo que pareció los residuos de la Revolución de Octubre, donde años más tarde se construyó el Café Pushkin.

La madrastra asumió que el contagio de hepatitis de la joven fue un descuido, no intuyó siquiera los rastros de una pasión desordenada. Los jóvenes se casaron en un registro civil, tres meses después de obtener sus licenciaturas. El 21 de mayo de 1960 regresaron a su patria, horas antes del terremoto de Valdivia. No vieron las casas chilenas derruidas, desmoronadas en mil pedazos, no sintieron la impotencia de los ciudadanos cubiertos de cascajos e intentando salvar sus vidas.

Los jóvenes llegaron a su ciudad natal el 24 de mayo de 1960, se instalaron en una vivienda en el barrio de Miraflores, ingresaron a la Universidad Mayor de San Andrés para impartir cátedra, también para fundar un partido socialista, émulo a los pensamientos de la FS de Chile. Ella se encargó de atraer militantes de las diferentes carreras de la universidad, él de escribir manifiestos. Los nuevos camaradas organizaron planes para desbaratar a los gobiernos de turno, hicieron explotar postes de electricidad en el camino a Oruro, secuestraron a líderes derechistas de la universidad, pegaron afiches en las puertas de las casas de los políticos. Fueron años de convulsión. Organismos secretos de los militares buscaron y apresaron a varios cabecillas, intentaron descomponer las células comunistas de la ciudad. Las reuniones del partido se hicieron cada vez más clandestinas. La madrastra tuvo que ocuparse de cuidar la casa, de hacer desaparecer los frascos de tinta, de ocultar el mimeógrafo, los panfletos de los proyectos del Sueño Socialista (SS).

En mutuo acuerdo, los jóvenes decidieron no tener hijos hasta que el socialismo triunfara o consiguieran enlaces con la milicia cubana. No fue así. La joven se embarazó el día en que cien estudiantes de la universidad hicieron retroceder a la policía, asesinaron a tres de ellos e impidieron que ingresaran a los predios del Monoblock para controlar las elecciones de rectorado. No le importó ni a él ni a ella el olor de los gases lacrimógenos, el humo de las fogatas en el interior del patio central, las esquirlas de balas regadas en el piso. En una esquina oscura hicieron el amor cubriéndose las bocas para no dejar escapar algún gemido, alegres porque el SS cumplía una de sus metas.

Francisco Javier nació el 15 de enero de 1963. La joven había preparado un discurso para un mitin. Jamás llegó a pronunciarlo, iniciaron sus contracciones mientras esperaba las noticias del primer intento de secuestro de dos comandantes del ejército, el líquido amniótico se deslizó por el suelo del atrio de la universidad y varios panfletos volaron hacia el cielo. El muchacho la quiso llevar al Hospital de Clínicas pero no pudo hacerlo, los militares habían cercado el Monoblock. Junto a un camarada que estudiaba Medicina la trasladaron a un aula del edificio viejo, la recostaron en uno de los pupitres y pujó y transpiró y dio a luz, y el polvo de tiza se esparció en el suelo por el viento que entraba a través de los vidrios rotos de las ventanas.

La primera palabra de Francisco Javier, al cumplir dos años, no fue papá o mamá. Se acercó gateando a los pies de la abuelastra, vio aquel rostro arrugado, vio aquellos ojos pardos, vio desde una realidad acuosa las manchas de la vejez en la piel blanca, el cabello encanecido y con grande esfuerzo balbuceó la palabra Manina.

***

La madre supo que tenía menos de quince minutos para esperar lo peor. En un principio planeó escapar con toda su familia pero desistió de la idea porque intuyó que el tiempo no se lo permitiría. Sabía que los hombres estaban buscando los folios de una investigación en los que se implicaba a varios militares de crímenes realizados desde el inicio de la dictadura, sabía que también buscaban a los responsables del asesinato de dos coroneles, sabía que los hombres no descansarían hasta cumplir las órdenes del alto mando. Ella había enseñado en la SS que la lucha prevalecía antes que la familia. Pero no podía entregarlo todo. La madre decidió despachar a su hijo con Manina, no quiso que corrieran el mismo destino del insurgente político, ser llevados al Matadero de Achachicala. Su esposo apoyó la decisión, los dos permanecieron en casa, él no la dejó hasta que fueron separados en dos celdas diferentes. La madre arrastró a la madrastra hacia la puerta trasera a pesar de los ruegos de que no cometiera una locura, de decirle a su estúpida hijastra que no abandonara al niño. La madre gritó a la madrastra que no se detuviera hasta salir de la ciudad y lograra esconderse. Le dio las últimas instrucciones y ocultó los folios en la mochila de su hijo. Francisco Javier vio por última vez el rostro de su mamá, las lágrimas, las muecas que no parecían de dolor sino más bien de espanto. Y la puerta fue cerrada. Diez minutos después los hombres ingresaron a la casa. Los padres escucharon el sonido de la chapa al ser rota, cada una de las astillas del umbral de la puerta cayendo al suelo, el murmullo de la ciudad, el sonido de las botas al atravesar el patio. Olieron el tenue aroma de los trozos de madera, confundiéndose con el olor del miedo. Luego todo se tornó en oscuridad, en violencia. La madre creyó, hasta después de ser ingresada a la camioneta, en sus valores socialistas. Para ella estaban por encima de todas las cosas. Sabía que los hombres no se detendrían hasta encontrar aquellos folios, pero había ganado un poco de tiempo. Un militante del SS sabía que su muerte no era en vano. Estuvo segura de sí misma hasta que pensó en su hijo siendo parte, sin que lo supiera, del último plan del SS. La lucha antes que la familia resonó en su mente. Se imaginó diciendo al niño ¡Ven! ¡No te asustes! ¡Ven! ¡Corre! El niño corría un momento, y volvía a detenerse sobre el camino, llamando a la madre. Uno de los hombres retrocedía, haciéndole miedo. Y el niño se quedaba en suspenso, llorando y azotándose la cara. La madre le gritaba ronca, a través del talego, ¡Ven! ¡Corre! ¡No seas expulsado de esta salvación! Reía a carcajadas. El niño no se movía. Detenido sobre la orilla de una acequia vacía, junto a Manina, sollozaba mirando crecer la distancia que le separaba de la madre.

Fuente: Ecdótica



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