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Cunumi letrao, en Santa Cruz, cierra sus puertas




Un sector que lucha por evitar un naufragio
Por: Juan Pablo Rodríguez Camacho

Santa Cruz tiene una librería menos, lo que quiere decir que la ciudad con cerca de dos millones de habitantes sólo cuenta con seis tiendas que venden exclusivamente libros originales.

El jueves, los propietarios de la librería Cunumi Letrao, ubicada en la calle Beni Nº 48, cerraron sus puertas, almacenaron alrededor de 4.000 ejemplares y también guardaron los estantes de sus otras dos sucursales instaladas en el aeropuerto Viru Viru y el Cine Center. Los empresarios argumentaron que el negocio no funciona porque los costos operativos son muy altos, las ventas no son auspiciosas y la competencia con la piratería es desventajosa.

Este hecho activó la alarma en el sector librero, generó desilusión en la comunidad intelectual e inició un debate por demás de interesante: ¿Es un buen negocio la venta de libros en Santa Cruz?, ¿se lee en la ciudad? ¿el ‘boom’ editorial cruceño es proporcional a la población lectora?, ¿cómo pretende desarrollarse el sector librero en Santa Cruz?

Ricardo Serrano, propietario de Cunumi Letrao, aclara que la responsabilidad del cierre de su librería es exclusivamente suya. “No quiero quejarme, tal vez hemos ido fallando con nuestras innovaciones y ahora queremos probar con la venta por Internet habilitando una tienda virtual de libros”, explica. “Además, pareciera que le estamos responsabilizando únicamente a los piratas, siendo que la venta de libros no es un negocio próspero ni para ellos”, añade Serrano.

Contradiciendo a aquellos que afirman que Santa Cruz es una sociedad lectora, Serrano hace cálculos. “Sólo si tomamos por ejemplo a la población estudiantil de la Universidad Autónoma Gabriel René Moreno, que tiene alrededor de 70.000 estudiantes y supusiéramos que cada uno compra un libro por año a Bs 70, el resultado sería un movimiento de Bs 4.900.000, que divido entre siete librerías, cada local recibiría un ingreso de Bs 700.000 anuales. Ahora imaginemos si hacemos este cálculo con la población total de las 15 universidades que hay en Santa Cruz”, ejemplifica Serrano.

El resultado sería cuantioso si es que a este cálculo se sumara también el porcentaje de escolares, docentes, profesionales, etc; sin embargo, hay quienes creen que la realidad es otra. Jorge Luis Rodríguez, presidente la Cámara Departamental del Libro, que tiene experiencia en la venta de libros puerta a puerta desde 1991, respalda la teoría de Serrano y señala que se trata de una cuestión de costumbre social. “La piratería significa un 50% de nuestro problema, la otra mitad es la falta de incentivo y hábito en el cruceño por la lectura”, afirma.

Por su parte, Claudia Requena, coordinadora del Plan Municipal de Fomento a la Lectura, refuta esta posición y sostiene que hay una población lectora aceptable y toma como sustento el dato de las más de 70.000 personas que visitaron la Feria Internacional del Libro de Santa Cruz 2010 y los 60 nuevos títulos que se presentaron en el evento. “El problema es que estamos mal acostumbrados. Se ha arraigado la conducta de comprar libros piratas como si fuera normal. Las generaciones actuales no dan el valor real al libro”, dice Requena.

Y en este punto se agrega la discusión del precio de los libros. Partiendo de la premisa de que el poder adquisitivo del cruceño promedio es descompensado con el nivel inflacionario y que el salario mínimo nacional es de Bs 679, es difícil suponer que un libro sea considerado un producto de primera necesidad en los gastos familiares. Diego Moscoso, miembro de la organización Lectores de a pie, confiesa que compra libros piratas porque busca accesibilidad a la lectura. “Hay que socializar la información, aunque me resulta contradictorio con las obras de los escritores nacionales, ya que trato de comprar las ediciones originales para incentivar la producción”, explica Moscoso.

Los intelectuales alegan que la lectura es una actividad indispensable para el desarrollo de una sociedad, por ejemplo, el escritor peruano Mario Vargas Llosa, ganador del Premio Nobel de Literatura 2010, considera que el ciudadano impregnado de buena literatura es un ciudadano que piensa, que coteja ese mundo ideal que crean los poetas y narradores con el mundo real, un cotejo en el que descubre que la realidad está mal hecha y que no alcanza nuestros sueños. “Eso hace que los ciudadanos sean críticos de su entorno y siempre sientan la necesidad de cambiar y mejorar el mundo en que vive”, sostuvo Vargas Llosa en un discurso reciente.

Este principio es compartido por Rita Gravato, propietaria de la librería Ateneo e hizo que en su momento sea el sostén para que la empresaria continúe con el negocio que inició hace 25 años. “Cuando estaba en las mismas condiciones de Serrano también pensé en cerrar la librería; sin embargo, un sentimiento romántico por los libros y la certeza de que Santa Cruz merece una librería moderna y amplia me impidieron a desistir”, confiesa.

Fue así que Gravato invirtió junto a su familia alrededor de $us 150.000 hace dos años en un nuevo local ubicado en Casa Design Center. Ateneo es la librería más grande de Santa Cruz con 300 m2 de superficie y cerca de 15.000 títulos. “Decidimos habilitar un café literario, un sector exclusivo para libros infantiles, además de ofrecer al cliente una atmósfera relajada y acogedora”, revela Gravato, al tiempo de identificar otros competidores del negocio: la Internet y los nuevos soportes electrónicos.

Antes de debatir sobre esto es necesario señalar que los libreros consideran a su cliente promedio como un profesional, por encima de los 30 años, que busca títulos sobre temas políticos, históricos y sociales. Y que tiene el ensayo y la investigación entre los géneros más apetecidos, seguidos por los de autoayuda y literatura. Lo que significa que los potenciales lectores como los universitarios y adolescentes que están más interesados en las nuevas tecnologías, las redes sociales y los soportes electrónicos de comunicación, no son precisamente los ‘salvadores del negocio’.
Este amplio porcentaje de la población concentra su atención en aspectos que requieren menos esfuerzo en el proceso cognitivo a comparación de la lectura, como la exposición a la televisión, juegos electrónicos y fiestas juveniles.
El sociólogo Rodrigo Barahona se refiere a dos conceptos para analizar el fenómeno de la lectura en Santa Cruz: el hábito individual y la costumbre social; el primero se construye en un entorno cercano como la familia y la escuela; mientras que el segundo se crea mediante la apropiación colectiva de determinadas conductas. “Hay sociedades que son más lectoras que otras. Y esta tradición se arrastra por generaciones, además, esta tradición depende de distintos fenómenos que contribuyen o dificultan su formación”, argumenta Barahona.

Hay voces que señalan que el Gobierno Nacional debería ser el principal operador de fomento a la lectura en la sociedad; sin embargo, el ejecutivo no tiene ninguna preferencia con el sector librero y cobra el 13% por concepto del Impuesto al Valor Agregado (IVA), el 3% del Impuesto a las Transacciones (IT) y el 25% por el Impuesto a las Utilidades de las Empresas (IUE). Peter Lewy, que cuenta con 40 años de experiencia en el área, señala que en otros países el negocio de los libros está liberado de impuestos para abaratar los precios a los consumidores. “Hace 10 años tengo esta pequeña librería (Lewylibros) y si aún continúa abierta es porque no tiene empleados, pues la atendemos mi esposa y yo sin cobrar sueldos”, señala el librero.

Mientras ésa sea la realidad, los propietarios de las librerías se las ingenian para hacer subsistir su negocio, por ejemplo, Ruth Hohenstein, responsable de la librería Los Amigos del Libro, comenta que ha tenido que ingresar al negocio de la papelería y la juguetería educativa para no cerrar. “Con las ventas de libros tenemos problemas, pero porque estamos hace más de 40 años en Santa Cruz y tenemos un cariño profundo por lo que hacemos es que seguimos adelante, defendiendo la cultura y la intelectualidad”, sostiene. Y Rita Gravato afirma que estudia la posibilidad de habilitar una librería campestre para captar nuevos lectores. “Tengo confianza en mi proyecto porque somos gente romántica”, dice.

Fuente: El Deber



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