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Manuela Sáenz, ese legado de amor y ciudadanía




Un tributo necesario: Manuela Sáenz, ese legado de amor y ciudadanía
Por: Ricardo Bajo H.

Carlos Hugo Molina tiene, desde hace tiempo, una teoría: Bolivia debe su nacimiento, entre otros factores, al amor de Manuela Sáenz y al sortilegio de sus palabras ascendentes sobre el Libertador Bolívar y la apuesta por una patria nueva entre Lima y Buenos Aires. Bolivia es esa hija que Manuela y Simón jamás pudieron tener. Somos producto de un acto de amor. Entre un caraqueño y una quiteña. Poético, cursi, irreal, maravilloso. ¿Qué otra nación puede decir lo mismo?

“Bolivia debe su existencia a los triunfos militares contra los españoles, a los quince años de resistencia solitaria de mis hermanos que no cejaron en su persistencia, pero también a una entrega y unas palabras dichas con amor, mil veces más convincentes que el tronar de los cañones”, según escribe Molina. La “hija predilecta” de Bolívar nació del encuentro de dos amantes y así Bolivia llega a ser simplemente un “amor desenfrenado de libertad”.

Esta teoría está sustentada en el libro Manuela, mi amable loca (editorial La Hoguera, en su tercera edición, 2010) que se publicó por primera vez en 2001 (Eureka ediciones). Carlos Hugo Molina, impulsor de la Participación Popular de “Goni”, ex prefecto de Santa Cruz, hincha de Blooming y adulador “voluntario y respetuoso” de la figura de Manuela Saenz pone su granito de arena en esa creciente popularidad de la quiteña que firmaba sus cartas hacia Simón Bolívar como “patriota y amante de usted”.

En esta nueva edición Molina suma nuevas cartas de Manuela hacia Simón. El libro basado en material histórico (la verdadera relación epistolar entre ambos personajes históricos se encuentra en Quito) y ficciones tiene como mejor acierto la voz de Joseph Miguel Justiniano, un vecino ex capellán de Santa Cruz que acompaña al Libertador y que con el paso del tiempo se convierte en confesor, amigo y confidente de Manuela. Amanuense fiel. Molina abandona esa voz narradora (ese testamento escrito en primera persona) que aparece en el primer capítulo (La puerta que se abre) y se deja engatusar por el romanticismo y patriotismo de las cartas reales e inventadas.

Manuela, mi amable loca, a parte de esa sugerente tesis histórica citada, es un libro de amor hacia la capitana Sáenz, amante, rebelde y guerrera: “Sin usted, Bolívar habría seguido siendo el Libertador de Naciones, enamoradizo hasta el cansancio, pero no el Amante Universal que sigue arrancando suspiros”, dice Molina extrañándose y exigiendo monumentos en nuestras ciudades hacia el amor de sus amores. “Es pues, amor y ciudadanía las que hemos heredado de usted, como patrimonio irrenunciable”, añade. “Bolívar, amante de Manuela”, (y no, al revés) dijo el año pasado en una reseña Carlos Mesa en el periódico Página Siete. “En materia de amor, la señora Manuela Sáenz era más grande, mucho más grande”, remata Molina.

Molina traza un retrato de una Manuela apasionada, irreverente, explosiva, atropelladora, sensual, tierna, audaz, transgresora, que rompe con los paradigmas de una sociedad patriarcal y sujeta a normas. “En sus cartas nos transmite la fórmula mágica: conjurar todo el sexismo, ganar todas las batallas y decirle a las mujeres que el pecado es una farsa, un límite inventado, que pretende acabar con el imaginario. Pero también es una mirada hacia la soledad, hacia las tristeza de sus últimos días, olvidada, ignorada y abandonada por la historia y por la injusticia pasada. Amor sin tiempo, soledad sin fin.

Y junto al amor y la soledad, la pasión, el sexo anhelado. “Llueve, como pocas veces; como llovería yo si desatara mis recatos”, le dice Manuela a Simón en una de las cartas de Carlos Hugo Molina. O ésta: “Simón mío, espero verlo pronto. Reciba un beso que le cubra todo el cuerpo”.

La ciudad de Sucre, Charcas en aquella época, vió entrar a Simón Bolívar una mañana de diciembre de 1825 acompañado de una Manuela Sáenz (y sus dos amigas negras, Jonatan y Nathan) vestida con casaca azul, bombacho con cotaina blanca, brandemburgos de oro, vueltas y cuello rojos. ¡Cuánto daría por una máquina de tiempo y sentarme en la plaza para ver pasar a la Libertadora y a Simón, su amante!

Fuente: Ecdótica



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