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Reseña del Moleskine literario sobre Norte




Norte de Edmundo Paz Soldán
Por: Iván Thays

Hace muchas décadas, la generación McOndo que inventaron Alberto Fuguet y Sergio Gómez, declaró que la literatura latinoamericana contemporánea (eran principios de los 90) abandonaría el regionalismo real-maravilloso y miraría hacia el Norte, hacia Estados Unidos explícitamente. Algunos se rebelaron ante esa idea imperialista y las novelas, salvo de manera anecdótica, tampoco parecían dar la razón a esta idea revolucionaria. Una antología posterior (esta vez acompañó Edmundo Paz Soldán a Alberto Fuguet) titulada Se habla español quiso enfatizar la importancia del universo norteamericano en los escritores McOndos de América Latina. La antología tenía bemoles, fue dispareja, pero cumplió su fin. Sin embargo, no todos los autores ahí antologados tenían real interés en Norteamérica como locus literario. Algunos –es mi caso- habíamos situado ahí algún cuento solo coincidentemente.

Han pasado aun más años y ahora existe una generación de autores no solo influidos por el mundo de Estados Unidos sino enraizados en su cultura, escritores postnacionales como Daniel Alarcón, Ernesto Quiñonez, Soledad Cisneros, Junot Díaz o Francisco Goldman. Además, algunos autores de MacOndo han tomado bastante en serio la influencia norteamericana, más allá de referencias lingüísticas o tecnológicas, asumiéndola como un territorio conflictivo, un mundo paralelo al que los latinoamericanos acceden en condiciones singulares. La importancia de escritores como Yuri Herrera y sus novelas de la frontera son un ejemplo, aunque en ellas el tono de testimonio y denuncia obligan una lectura social que limita la capacidad simbólica de sus novelas. No sucede lo mismo con Fuguet y Paz Soldán quienes han conseguido en sus novelas Missing y Norte metáforas más precisas sobre el tema.

En Missing, un tío de Alberto Fuguet se pierde en los Estados Unidos. La búsqueda de ese pariente puede leerse como la búsqueda de la identidad del autor, desde luego, pero más importante es subrayar la pérdida o la ausencia de identidad. Missing no habla de una identidad recuperada ni reemplazada sino perdida, vacía. De una desaparición. La antología McOndo hubiera sido más lúcida y acertada al anunciar que la región literaria de América Latina no viraba de identidad o influencia, de una latinoamericana hacia una norteamericana, sino que cambiaba el tema de la identidad por el tema de no sentirse identificado con ningún lugar, y desde ese punto daba lo mismo comerse una salteña o un ceviche o una MacDonald estandarizada. El personaje latinoamericano que se introduce en Estados Unidos no es un “alienado” (como el personaje del relato de los años 50 de Julio Ramón Ribeyro) sino un “desaparecido”.

Como sabemos, las brújulas apuntan siempre hacia el Norte. En ese sentido, la expresión “perder el Norte” significa perder el sentido, perderse, dejarse ir. No es defender una cultura o crear una mixta, sintética, sino radicar en un lugar donde no existe el sentido y no hay identidad posible, salvo el individualismo casi autista. La novela Norte de Edmundo Paz Soldán explora la situación de tres personajes que viven en ese limbo de no tener una cultura o, mejor dicho, no tener un Norte. Los protagonistas (el serial killer Jesús, de ascendencia mexicana; el pintor también mexicano encerrado en el psiquiátrico; y la joven caricaturista Michelle, de ascendencia boliviana) pertenecen a épocas distintas, viven en diferentes ciudades, y no hay mayor contacto entre ellos salvo el de ser inmigrantes y vivir en los Estados Unidos. Edmundo Paz Soldán no ha querido enlazar esas tres historias en una sola, sino que ha dejado que cada una fluya como un río autónomo, que desemboca en un mar general (donde también desemboca la novela Missing de Fuguet) que es el de la pérdida de identidad y la ausencia de una imagen en el espejo del otro, que pueda reconocerse como propia. Paz Soldán no tiene necesidad de plot que sí tiene Fuguet (quien finalmente cuenta una historia cinematográfica sobre un hombre extraviado) sino que se deja llevar por las sensaciones, el lenguaje, la divagación y la necesidad de crear símbolos con las historias de este circo de tres pistas. Y hay que decir, en ese sentido, que Norte llega a varias conclusiones interesantes.

La más importante de ellas es la pérdida del lenguaje. “Otro mundo, y no tienes que hablar” dice la cita de Franz Kafka al comienzo de la novela. Es obvio que en Norte, dos de los tres personajes tienes problemas graves en el habla y buscan, por ello, una comunicación no verbal. El pintor internado en un hospital psiquiátrico en 1948 es incapaz de articular palabras o defenderse ante la autoridad, pero sus cuadros representan su lenguaje que no necesita traducción porque es explícito y objetivo, el lenguaje de quien tiene cosas que decir pero teme no ser entendido si se expresa verbalmente en un lugar cuyo idioma (cuyo lenguaje, cuyo pensamiento) no es el suyo. En el caso de Michelle, vive en el 2009 y está enredada con un profesor también inmigrante (que, dicho sea de paso, no puede escribir) y mientras tanto se dedica a contar historias pero a través de novelas gráficas. Michelle dibuja las cosas que quiere decir, y muchas veces se califica a sí misma como en su fase “autista”. Cada vez que tiene un problema, ve en el dibujo una forma de entenderlo o de salir del pozo. Al final de la novela, la vemos dibujando una historia que tiene como personaje central a Jesús, el mexicano asesino en serie llamado que tiene como seudónimo “Railroad Killer” (el único punto de contacto argumental, aunque leve, entre dos personajes de Norte).

La historia de Jesús o Railroad Killer es la central dentro de la novela, y sucede cuando este muchacho de ciudad Juárez se enamora incestuosamente de su hermana de 11 años, sin ser correspondido. La no correspondencia lo introduce en una espiral de drogas y violencia, que empieza con una violación en 1984 y termina con una secuela de crímenes que duran hasta 1999, donde es atrapado y al fin condenado a muerte. Está claro que la violencia desmedida del Railroad Killer es también una forma no verbal de lenguaje, una manera sanguinaria de decir las cosas. Matar, dejar víctimas, huellas, señales de violencia, es una comunicación que en algunos casos (en algunos asesinos seriales digo) incluso puede ser compleja y altamente codificada. Quien no puede explicar con palabras lo que siente o lo que ama o lo que teme o lo que quiere, lo expresa a su manera se deduce de Norte: Ejerciendo la violencia, dibujando en un psiquiátrico o haciendo historietas gráficas que reemplazan el discurso literario. “No tienes que hablar” dice Kafka. Quienes han perdido el Norte no tienen que hablar, pero sí tienen que comunicarse para decir que están solos, que están perdidos, que no tienen a nadie. No en vano el tema de la familia es también fundamental en la novela. Al perder su país, el inmigrante pierde a su familia colectiva, que es la patria o su cultura. Si la pérdida de esta familia colectiva viene acompañada de la pérdida también de su familia privada, el resultado es el extravío (insisto, la pérdida del Norte). El pintor afásico no tiene familia; la familia de Michelle es un desastre, por lo que ella prefiere el encierro y reemplazar a su familia con otras personas como su profesor; y la pérdida del padre para el futuro asesino, Jesús, lo confunde a tal extremo que se deja seducir por fantasías incestuosas. Los tres son individuos sin familia, perdidos, que no cuentan con nadie que les recuerde que pertenecen a un lugar y a un grupo (ni siquiera a un grupo o cultura mixta, de frontera, como en las novelas de Yuri Herrera). No lo han hecho a propósito, como el protagonista de Missing de Fuguet, pero igual han abandonado a su familia y están solos en la tierra, en ese limbo descrito antes que implica estar en un lugar que no representa nada.

En ese sentido, quizá las novelas de individuos violentos, desclasados y fronterizos en más de un sentido, como las de Cormac McCarthy, sea la identificación más válida para encajar con una tradición literaria a la novela Norte de Edmundo Paz Soldán. Irse al “otro lado”, “cruzar el umbral”, no significa encontrar un mundo distinto sino perder toda posibilidad de encontrar un mundo posible, donde la comunicación sea fluida, la idea de familia exista aun como paradigma de orden y las personas tengan una oportunidad de salir adelante no como inmigrantes, individuos autistas y sin identidad, sino como personas que representan a un colectivo social, cultural e incluso literario (y aquí cabe añadir –lo que sería tema para un artículo más largo- es que en Norte lo real-maravilloso queda sepultado definitivamente, junto como el Boom literario o la posibilidad de una literatura latinoamericana. Los crímenes literarios más contundentes son aquellos que no son premeditados).

Fuente: Basta de Carátulas



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