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Raúl Lara y Cuestión de Fe




Entre diablos y ángeles
Por: Andrés Laguna

La relación entre el cine y la pintura es larga, fértil y, en muchos casos, evidente. Basta ver la más célebre secuencia de El acorazado Potemkin para comprender que el gran Sergei Eisenstein, la pensó de manera plástica, casi pictórica, intercalando cuadros fijos, que aunque dentro tienen movimiento, en el terreno compositivo están tratados como pinturas, es decir, cada cuadro es una unidad en sí misma. De manera un poco más obvia, basta recordar el segmento que Akira Kurosawa le dedicó a Vincent Van Gogh en esa su obra maestra que es Dreams o en la influencia de la pintura asiática en The pillow book de Peter Greenaway. Otra aproximación que es por demás interesante es la de Eric Rohmer en películas como Perceval le Gallois, La marquesa de O y L’Anglaise et le duc, obras en las que el deslumbrante realizador francés utiliza pinturas en lugar de escenarios, asumiendo que es imposible recrear el pasado, basta con representarlo, sin intentar engañar al espectador.

En el cine boliviano es difícil reconocer la influencia de los maestros de la pintura universal y, mucho menos, de la nacional. Las razones son diversas, pero no es el objetivo de este texto tratarlas. Lo que me interesa, es recordar una secuencia particular de una película, en la que el espectro y la energía creativa de uno de nuestros auténticos maestros está presente y humeante. Carlos D. Mesa y Pedro Susz lo reconocieron mucho antes que yo, la secuencia de apertura de Cuestión de Fe, la extraordinaria ópera prima de Marcos Loayza, parece que hubiese sido pintada por Raúl Lara. Todo comienza con estatuas de yeso, con esos rostros inertes de santos cristianos, de Vírgenes, de frágiles Mesías. De pronto, se escucha una voz que dice: “Hermanos… hermanitos, las gordas no se enamoran, se antojan”. El tipo que pronuncia las palabras tiene el cabello largo, una gran barba. Y está borracho. Los parroquianos que están a su lado estallan en una estruendosa carcajada. El plano se abre y nos encontramos en “La Corajuda” un peculiar bar en el que los rostros humanos, se intercalan con esos tersos e impolutos rostros de las máscaras de los trajes folclóricos. En medio de una bruma más o menos violeta, hombres, morenos, ángeles y diablos, festejan sumidos en el alcohol, en una imagen lírica y mestiza, onírica y al mismo tiempo pedestre, tan fantástica como real, los muertos parecen caminar con los vivos, los seres mitológicos con los simples mortales. Las estatuillas de santos se acomodan entre las botellas de alcohol. Uno entiende que el bar “La Corajuda” es un lugar santo y hereje. Por los colores, por las texturas, por la composición, es imposible dudar de lo que intuyeron Mesa y Susz. El gran homenaje en el cine boliviano a un pintor nacional, lo hizo Marcos Loayza en Cuestión de Fe. No pude evitar preguntarle al realizador paceño si era cierto y me respondió vía mail: “A Raúl siempre lo admiré como dibujante y por su capacidad para mostrar un rostro nuestro que no estamos habituados a mostrar. Creo que siempre hice cosas para homenajearlo. O la influencia suya siempre estuvo presente en mis trabajos. En la primera escena de Cuestión de fe, fue un trabajo más consciente y a quien se le debe dar mayor porcentaje de los créditos es al director de arte José Bozo, encargado de sacralizar el bar ‘La Corajuda’, inspirado en un bar del mismo nombre al que me llevo el Cortito en la ciudad de Tarija”.

Ahora que el maestro Lara ha abandonado este mundo, que es tan descolorido sin su presencia, debemos agradecer haber tenido la oportunidad de ver como sus obras contaminaron otras y las enriquecieron. Estéticamente, el cine boliviano tiene muchísimo que agradecerle, su pérdida sólo es soportable porque su obra siempre permanecerá, siempre será revisitada y, lo que es más importante, siempre germinará en la de otros. Tuve la suerte de conocer al maestro, su genuina y transparente amabilidad siempre me sorprendió. Pero lo que era extraordinario era su capacidad para mirar las cosas, para romper con gentileza el orden de un mundo violento y muchas veces estéril. Magnífico dibujante, creador de espacios y universos inigualables, genio del color, fue un verdadero artista. Siempre será extrañado.

Fuente: Andrés Laguna



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