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Premio del público. Cosecha Eñe 2011




Pájaros que migran hacia el este
Autor: Hojita

[N. del E. El cuento Pájaros que migran hacia el este de la boliviana Fabiola Morales, residente en España, se encuentra finalista en el Premio del público. Cosecha Eñe 2011 de España. Para ayudarla con su voto pulsen el siguiente enlace eñe]

—Regreso a casa— digo, y Vilhelm, que está desayunando, levanta la vista del periódico y arqueando las cejas pregunta:
—¿Regresas a ………?
—No, allí no, aún no es tiempo de volver a ……… Iré a Venezuela, pasaré unos días en Maracaibo, dos, a lo sumo tres. Me han dicho que Los Roques es lo más parecido al paraíso que hay…
—El paraíso, siempre en busca de la perfección. ¿Cuántos paraísos has visitado con anterioridad?
—Algunos.
—¿Y?
—Nunca son suficientes.
—Dices, regreso “a casa”, y luego resulta que vas a Venezuela.
—Te equivocas, toda América es como volver a casa.

Trato de aprender alemán. ¿Hace cuánto vivo aquí? Cinco, más bien seis años. Primero Vilhelm trató de convencerme, Stuttgart puede sorprenderte, dijo, inténtalo. Y lo hice; salí a la calle sola, sin él, que en los primeros seis meses había sido más que una compañía, mi propia sombra. Durante semanas abrí la puerta de casa y caminé, primero por nuestro barrio y luego por el distrito Este al otro lado de la ciudad, tratando de evitar el Centro. Bad Cannstatt es para los otros, es tan fácil sentirse bien allí, pensarse acompañado, reconocerse en algunos rostros, ser aquello que en el fondo no he dejado de anhelar, estar de paso, figurarme una turista más.
Stuttgart no es lo mío, dije lapidaria al cabo de esas semanas. Mirábamos el informativo de las diez, y la frase se convirtió en una sentencia inapelable, extensible a Alemania entera. Vilhelm se encogió de hombros, murmuró, te acostumbrarás, y sin apartar la vista de la televisión cambió de canal.

A menudo pienso en Roberto, mi hermano, él también tiene sentencias inapelables. Vivió con mi madre hasta el día en que ella enfermó. Entonces hizo sus maletas y se negó a atender explicaciones. Madre sufre de un impulso irrefrenable. Madre rebusca en su cabellera y elige un mechón. Madre cierra los ojos. Madre aprieta los dientes y entonces tira con fuerza, un golpe, dos. Luego forma una bolita de pelos oscuros que amasa con cuidado, con esmero. Madre coge otro mechón y la bolita se hace más grande, no mucho, lo suficiente para que se la pueda tragar.
Roberto prometió volver de vez en cuando, ocasionalmente, quizá dentro de poco, quizá en unos años, fueron sus palabras. Cogió su mochila y abandonó el pueblo, la ciudad y eventualmente el país. Desde entonces, fiel a su promesa, regresa a ……… de cuando en cuando.
Con el tiempo yo también me fui. Consciente del valor de las palabras, no prometí volver. A pesar de estos hechos, Roberto y yo no hemos perdido el contacto. Mi hermano telefonea intermitentemente; a veces cuenta cosas como:
—Perdona si te hablo en susurros. Patricio duerme, no quisiera despertarlo.
—¿Quién es Patricio?
—Un amigo, de momento me quedo con él.
—¿Dónde estás?
—Qué más da… Patricio tiene un proyecto, ¿sabes? Unas tierras, ahora las cultivamos; hemos sembrado tres hileras de lechugas, algunas cebollas, tomates, dos manzanos y cinco vides que formarán un corredor al que llamaremos “El pasaje de los novios”. El naranjo que un sobrino de Patricio plantó el año pasado tiene ahora los frutos verdes, quizá en un mes podamos probarlos.
—¿Qué tipo de proyecto es?
—Planeamos formar un centro ecológico, montaremos un hotel rural, un edificio amigable con el entorno… Estamos terminando los detalles de la primera cabaña. Nos cansamos de dormir en el coche, así que ayer arreglamos las goteras del techo y pusimos vidrios a las ventanas. Es una casa pequeña, medias aguas no más, pero fuera es un infierno, no tienes idea de la de bichos que hay en este lugar. Martín me ha enseñado a reconocer el sonido de la cascabel.
—Así que son tres.
—A veces vienen más, pero no se quedan mucho tiempo. Martín alarga su estadía, hace semanas que se quedó sin efectivo. Parece ser que espera un nuevo negocio, con él nunca se sabe; le gusta tanto beber que casi no come, ni duerme, luego le sale un contrato y entonces desaparece unos días.
—¿Y tú?
—Bebo solo cuando el sol se pone, lo sabes de memoria… Ayer conseguí que una vieja radio volviera a funcionar. Ahora estamos enganchados a ella… Te dejo, parece que va a llover.
—Espera. ¿Tienes dinero? ¿Necesitas algo? ¿Es que no hay un mejor lugar para vivir?
—Tranquila, Patricio corre con los gastos. Me deja incluso hacer telefonazos de larga distancia, es un buen tipo. Ahora cuelgo, me llaman, hay una vaca perdida al otro lado del jardín.

Vilhelm tiene razón, guardo cierta obsesión con la búsqueda de paraísos. Hubo un tiempo en que el paraíso se reducía a un pequeño departamento compartido, yo estudiaba en la universidad y mi compañera de piso trataba de encontrar su primer empleo. No teníamos muebles y muchas noches tampoco teníamos que comer. Vivíamos con un régimen alimenticio basado en espaguetis revueltos en kétchup y orégano. A veces solo quedaban espaguetis, a veces solo quedaba kétchup. Un día Lucía conoció a Héctor en el metro y lo trajo a casa, entonces comenzamos a ser tres.

Hace un año tomé un vuelo a Ontario, mis dos ex compañeros de piso me esperaban en la estación de Amtrak, hacía ocho años desde la última vez que nos habíamos visto. De las manos de mi amiga colgaban dos niños y Héctor traía en brazos a uno más. Horas después descubrí que no era un niño, sino una niña a la que le habían rasurado la cabeza siguiendo la creencia de que por medio de este acto, delictivo lo llamaría yo, gozaría en el futuro de una más fuerte, sana y tupida cabellera. Pasé cinco días en la casa remolque que mis amigos habían comprado, y sin embargo me bastó con media hora y tres cuartos de la primera conversación para darme cuenta de que el tiempo, irremediablemente, termina por hacer estragos. Lo mismo que una fotografía con los años de nítida se torna borrosa o la estatua de un dios que lentamente se deshace en pedazos; del amor de Lucía y Héctor quedaba poca cosa. Nos une lo fundamental, dijeron, la única razón que puede impelernos a dormir bajo el mismo techo: los tres niños. Tres niños que jugaban en lo que podría llamarse la sala. Miré sus pequeños rostros todavía inocentes, ingenuos, y tuve por ellos un sentimiento parecido a la pena, el mismo sentimiento que me invade cuando pienso en mi propia niñez.

Madre aguantó veinte años y dos hijos antes de marcharse y papá relajó esa espera a base de alcohol. Al final el divorcio, tan largamente meditado, se convirtió en viudez. Papá se murió esperando que algo cambiara, que mamá se fuera por fin con alguno de sus amantes, o que él encontrara otra mujer, o que pasara un golpe militar, una guerra, la devaluación, cualquier cosa que lo obligara, sin posibilidad de opción, a emigrar. No quería llevarse la culpa. Tuvo mala suerte, nunca pasó nada. Vivíamos en un país mediocre, incluso para hacer revoluciones. El día en que murió, regresaba del trabajo; parece ser que se detuvo en un bar al borde de la carretera que une la Cementera con ………; tal vez quería tomar una copa, o comprar un par de cigarrillos o quien sabe, es posible que solo hubiera querido orinar. El caso es que antes de llegar a la puerta del local, papá ya estaba muerto, arrollado; su cuerpo, cuarenta y ocho horas anónimo, tendido en mitad del camino.
Tres días después, alguien llamó a casa, mamá hacía las maletas, tuve que ser yo quien reconociera el cuerpo. Firme aquí, dijo el oficial y luego, utilizando el bolígrafo como puntero, me indicó una puerta. Dentro estaba mi padre, habían dejado su cuerpo acurrucado en un rincón de la sala, su sangre manchaba parte del suelo. Es fin de semana, se excusó el forense, la bata reteñida de manchas amarillentas. Se hizo a un lado, entonces pude ver la escasa y una única mesa en la que se apiñaban tres cuerpos más.

Hace dos años me quedé embarazada, Vilhelm tuvo un ataque de nervios. Fue un descuido, traté de justificarme. No tomaste las pastillas. Lo hice, aunque es posible que haya olvidado una o tal vez dos. Mentía. Pensaba que un hijo solucionaría los problemas, dejaría de estar aburrida, ya no tendría tiempo para pensar en mí. Eso es lo que dicen todos; un hijo te cambia la vida, los parámetros; dejas de existir, las prioridades son otras; te anulas y a cambio recibes la satisfacción de verlos crecer, observar cómo estiran las manitas y te dan un abrazo, sus cuerpos cálidos y frágiles, su total y absoluta dependencia hacia ti. Vilhelm amenazó con irse de casa, habíamos hecho un pacto y yo lo había roto. A propósito. Finalmente ganó él. Dijo, elige el lugar; y yo escogí la primera clínica que aparecía en el listín de las páginas amarillas.

No era la primera vez, aunque la otra sí que había sido un descuido. Un error de cálculo. Acababa de cumplir los 16, el chico con el que salía se vio obligado a vender su bicicleta y yo la cadenita de oro que me habían regalado para la primera comunión. No volvimos a vernos. A partir de entonces él evitaba cruzarse conmigo, ……… es pequeña, no verse con alguien puede suponer un esfuerzo titánico. Mi primer novio tuvo que cruzar muchas calles, doblar demasiadas esquinas, no entrar a no sé cuántos cafés, restaurantes, discotecas. Finalmente lo logró; yo aprendí a evitarlo también. Un día una compañera de clase me dijo que él andaba propagando por ahí que yo era una puta. Hice una mueca, no sabía qué responder.

Tres años atrás Vilhelm y yo pasamos nuestras últimas vacaciones juntos, desde entonces viajo sola. Habíamos tenido una pelea sobre mi reticencia a integrarme en su país. Búscate un trabajo normal, gritó, ten amigas, sal a tomarte un trago, ve a cenar a la casa de alguien. Trabajo desde nuestra sala y mi negocio me permite sobrevivir, contesté, no necesito ir a una oficina. La página web mediante la que vendía productos de belleza parecía ir viento en popa. Solo necesito más tiempo contigo, Vilhelm, ya nunca damos paseos cogidos de la mano, hace mucho que no me cuentas nada. ¿Qué podría contarte? Nos vemos todas las noches, dormimos juntos, ocupas todo mi tiempo libre. Ni siquiera veo la tele sin ti. Luego hubo un cierto arrepentimiento en sus ojos. Nos regalamos un viaje a las Maldivas que solo nos sirvió para descubrir que la arena blanca y las cabañas a pie del mar no tienen efectos mágicos en sus visitantes. Incluso allí seguimos siendo los que éramos. Incluso allí eché en falta a Vilhelm, y Vilhelm no dejó de sentirse abrumado por mí. Al regresar a Stuttgart me encontré un mensaje en el contestador. Madre había tenido un ataque de ansiedad y se había hecho varios cortes. Una prima la había llevado al hospital. De eso hacía ya muchos días, marqué el número de casa, nadie contestó.

Hace cuatro años tomé un curso sobre arreglos florales. Poco tiempo después planté rosas en nuestro jardín. Los gajos murieron ese invierno, creo que lloré. Tendrías que haberlo previsto, murmuró Vilhelm, y luego me dio un beso en la frente. Podrías plantar otra cosa el próximo verano.
Obviamente me negué. Yo no iba a plantar nada nuevo, yo no criaba nada dos veces, yo no era como mi madre, que estaba entrando y saliendo de relaciones todo el tiempo. Intentar. Tengo un nuevo “amigo”, decía, y los ojos y la cara se le iluminaban, y luego pasaba el tiempo y el “amigo” la golpeaba o le robaba o simplemente salía un día de casa. Voy por el periódico… y luego no volvía; y mi madre se quedaba junto a la ventana, esperando, siempre esperando.

Hace cuatro años Roberto llamó por primera vez a media noche, estaba borracho. Durante todo ese año siguió llamando a horas intempestivas, a veces lloraba, a veces reía o contaba anécdotas inverosímiles, a veces simplemente escuchaba mi voz durante unos segundos y luego colgaba.
Hace cuatro años madre me escribió una carta en la que ponía en letras mayúsculas, “POR FAVOR VUELVE”. Tres días después, era agosto, le pedí a Vilhelm que nos fuésemos a buscar un paraíso. ¿Cuál prefieres?, preguntó, y yo respondí, las islas Fitji.

Hace cinco años y unos meses Vilhelm y yo nos trasladamos a Stuttgart, tuvimos que firmar ciertos papeles que nos unían ante la ley para que yo pudiera conseguir el visado. Antes habíamos estado viviendo en ………, luego pasamos unos meses en Quito y el último invierno en Sao Paulo, hasta que el proyecto en el que Vilhelm trabajaba terminó. Entonces me regaló el anillo, dude un poco, me pregunté si acaso eso nos estaría pasando de haber nacido yo en un país más rico. De haber nacido en Europa o Estados Unidos o Canadá probablemente solo me habría regalado el pasaje, la estadía y hasta que el aburrimiento nos separe baby. Le pregunté, ¿por qué lo haces?, dijo, no quiero separarme de ti. Entendí que lo suyo era miedo, dije, yo tampoco quiero separarme de ti. Dos horas antes de ir al juzgado envié un telegrama a casa. Madre tardó nueve días en contestarme. No hubo fiesta, no había mucho que celebrar.

En… hacía ya tiempo que mis amigas de la escuela se habían casado. Su progenie nacía y crecía a velocidades vertiginosas.
—¿Y tú cuando lo harás?
—¿El qué?
—Madurar, casarte, tener hijos que jueguen con los nuestros, construir una casa, cuidar un marido.
—He madurado, como todas, no confundamos los términos. ¿Lo otro, lo demás es realmente necesario?
—Imprescindible… ¿Es que Vilhelm no te quiere?
—Vilhelm me quiere, como no me va a querer.
—¿Entonces?
—Hay muchas maneras de querer.
—Pero el tiempo pasa. “Muchas maneras de querer”, eso lo dices ahora, ¿Qué vendrá después?
—No lo sé, no lo he pensado.
—¿Qué dice tu madre de todo esto?
—Mi madre no dice nada, tiene sus propios problemas. Últimamente tiene miedo de que nos pase lo mismo que a ella.
—¿Lo de arrancarse los pelos?
—Lo de sufrir, lo de sufrir tanto que prefieras la muerte.

A comienzos de aquel año, mi madre se compró su primera peluca, le acongojaba ir al salón de belleza y tener que inventar enfermedades que hicieran que solo una parte de la cabeza se le quedara calva. Empezaba a tener problemas con sus parejas; más de uno le había visto el hueco en la cabellera mientras tenían sexo. No es estético, dijo. Unos meses después acabó en la sala de urgencias debido a una obstrucción intestinal provocada por las sutiles bolitas de pelo, cuidadosamente enredado, que se comía. A partir de entonces la fluoxetina y ella entablaron una firme relación. Comenzó a depilarse las cejas.

Seis años atrás yo estaba parada en una esquina, cerca de casa, esperando un autobús que me llevaría al centro. Madre hacía las maletas para marcharse y padre yacía amoratado y tieso en una morgue de hospital, esperando que alguien viniese a por él o por lo que quedaba de su cuerpo. Vilhelm se acercó a preguntarme la hora y cómo llegar a la oficina de correos, era un extranjero, un turista rubio, desorientado y confuso en toda regla. Recuerdo haberle dado una explicación detallada del camino, dije, podrías llegar andando, pero él, negando con la cabeza, contestó, prefiero tomar el autobús; asentí, faltaba poco para las tres de la tarde. Un sol inclemente pegaba sobre nuestras cabezas.

Fuente: Eñe



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