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Reseña de Saber perder de David Trueba




Una novela triste y ganadora: Saber perder
Por: Brayan Mamani Magne

Perder es algo universal. Ya sea el caso de un jugador del Real Madrid o de un equipo de la tercera división de la liga vietnamita, el sentimiento es el mismo. Perder como algo frustrante. Perder como aprendizaje. Perder como un suceso, dolorosamente, inevitable. Y David Trueba —escritor, guionista y director de cine— lo sabe. Lo sabe tan bien, que ha escrito una novela que aborda la pérdida desde sus más variadas facetas: la pérdida y el dinero, la pérdida y la virginidad, la pérdida y el fútbol, la pérdida y la muerte, la pérdida y el amor.

Saber perder (Anagrama, 2008) es una novela escrita por el madrileño David Trueba, más conocido por sus películas La buena vida, La silla de Fernando y la adaptación cinematográfica de Soldados de Salamina, la gran obra de Javier Cercas. Esta novela —ganadora, vaya ironía, del Premio de la Crítica en 2008—, es una historia de perdedores. Ahí están Lorenzo, un hombre solo que ha perdido a su esposa y que ha sido estafado por Paco, su mejor amigo; Sylvia, la hija de Lorenzo, una adolescente enclaustrada en una virginidad narcótica y dueña de una madurez anómala para su tiempo; Leandro, abuelo de aquella y padre de Lorenzo, un anciano obsesionado por la piel de una nigeriana a la que disfruta a cambio de cientos de euros a la semana y la hipoteca de su casa; Aurora, esposa de Leandro, mujer buena y valiente, que pelea a toda costa por no tener que peregrinar el irrevocable camino hacia muerte; y Ariel, un futbolista argentino que trata de sobrevivir en un herbaje tan distinto al de su lejano Nuevo Gasómetro. Todos ellos, sin excepción, náufragos en un océano que no admite la palabra “felicidad” en sus aguas. (O si la admite, trata de disimularla a toda costa).

El estilo de Saber perder es sobrio, bien destilado. Si tuviéramos que encontrarle una genealogía, quizá podríamos emparentarla con las plumas de Belén Gópegui, Andrés Neuman y el Bolaño de Llamadas telefónicas y Los detectives salvajes. Los tiempos están bien manejados; y las mudas temporales son tan imperceptibles, que el pasado se mezcla con el presente, y viceversa, sin el menor problema. De la misma manera, la organización de las partes y capítulos es coherente con la historia: le otorga dinamismo, cadencia, misterio, uniformidad.

En el campo de las emociones, la obra del español —más allá de la misma esencia de lo que significa perder— cubre terrenos tan múltiples como delirantes. Por un lado, tenemos los albores y las malas jugadas del deseo: los primeros encuentros sexuales de Sylvia y la masa implacable de pasión que es el cuerpo de su abuelo, Leandro. También están la soledad y el ostracismo: he ahí la vida gris y anodina de Lorenzo, un ser vencido en los terrenos del amor (la disolución de su matrimonio), el dinero (sus problemas financieros y sus relaciones con inmigrantes) y el espíritu (aquel secreto que no deja de quitarle el sueño). Y de una manera serpenteante, tenemos aquel fondo que salpica trascendentalmente las cuatro vidas/historias que hacen la novela: la extranjería. A lo largo de las más de las más de quinientas páginas de la obra, ecuatorianos, africanos, argentinos, brasileños, eslavos, polacos y rumanos, ponen la gota que adereza las conversaciones, situaciones y recuerdos de cada uno de los personajes. (No olvidemos que Ariel, uno de los protagonistas, es argentino; y Daniela —una especie de “actriz de reparto”— es nativa de Loja, Ecuador).

Pero lo que más le ha importado al español a la hora de cincelar su obra es la pérdida, naturalmente. La pérdida entendida como un proceso lento y a la vez doloroso. El perder manifestado no en una muerte o un suceso súbito y apabullante, sino en el día a día que transitamos: en el cabello que se nos cae, en la felicidad que desperdiciamos, en los goles que no metemos, en las decisiones que tomamos. Pese a eso —y pese al gris del contexto— los personajes de Saber Perder, a lo largo de aquel viaje llamado “vida”, llegan a comprender que la pérdida es una especie de humus necesario para la construcción de una nueva existencia. No por nada, en uno de los pasajes más emotivos de la novela, Trueba escribe: “Sería entonces capaz de fabricar un hombre nuevo con los despojos del viejo”. En ese sentido, la pérdida —entendida como un cúmulo de experiencias y grandes dosis de soledad y tristeza—, cobra sentido en aquel viejo y efectivo consejo/kitsch que bien podría ser parte de algún best-seller de autoayuda: aprender de las malas experiencias.

David Trueba se ha dado el gusto de escribir una novela tan actual como importante. Una novela que, al igual que muchas otras publicadas en el último tiempo, ha demostrado que el patetismo, la acción y el retozo con el lenguaje son posibles en una obra seria, entretenida y consistente. Saber perder es una novela —gran, gran novela— que desnuda con su arsenal de sinceridad, versatilidad y frescura. Y al mismo tiempo, es un manual sobre la vida, que nos enseña que perder, después de todo, no es tan malo como parece.

Fuente: La prensa 02-10-1



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