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Tres apuntes sobre una antología de no ficción





Tres apuntes sobre una antología de no ficción
Por: *Javier A. Rodríguez Camacho | 01/01/2012

Lo que aparece aquí abajo es una transcripción más o menos fiel de lo que dije la noche del 27 de diciembre de 2011, en la presentación en Cochabamba de Bolivia a toda costa. Había asistido como parte del público, pero el brazo poderoso de Marcelo Paz Soldán, el oficio diplomático de Leonardo de la Torre y la delación de un agustino (tocayo del bardo de Duluth), pudieron más que mi resistencia. La verdad es que un emprendimiento como este, mérito mayúsculo de Editorial El Cuervo y Editorial Nuevo Milenio, vale mucho más que un puñado de ideas improvisadas. Pero si mis temblores públicos, las tonterías que dije y mi aparición en la testera con polera y zapatillas, despeinado y luciendo bigote de quinceañero, sirven para que nos percatemos que detrás de la imprudencia de los editores está el audaz deseo de debatir las distintas formas que tenemos de entender Bolivia, estoy dispuesto a aguantarme la vergüenza y el amago de infarto sufrido aquella noche. Una última cosa, disculpen si hago trampa y aumento una o dos palabras alrededor de lo que intenté decir el martes pasado. Es lo que pasa cuando no se tiene una máquina del tiempo.

1.

Hace un par de días leí en una antología de ensayo sobre la música popular brasilera una frase que se quedó conmigo: “Sólo a los académicos ricos les gusta la tradición, a los pobres les gusta la tecnología”. Me parece un epígrafe que encaja perfectamente con la idea que trabajo en “Kosmische cumbia”, el texto con el que participo en esta antología. A lo que apunto ahí es a las chicherías del camino antiguo a Quillacollo y sus rocolas repletas de hits de Electronic Body Music, a los puestos de La Cancha en los que de ordinario se escucha música electrónica, al repertorio dance de las amplificaciones que animan las bailantas frecuentadas por estudiantes de colegios nocturnos. Pues, si es que los sectores populares son sociológicamente más cercanos a las expresiones culturales originales, ¿por qué es más fácil encontrar morenadas y sayas en boliches de la clase media (y más que media)? De acuerdo, lo de la cumbia post-punk puede ser una especulación, un dispositivo narrativo, una categoría artificial y caprichosa como todas, pero… ¿esto cómo lo explicamos?

Eso sí, no confundamos el pop post-occidental con memes-señuelos racistas como Wendy Sullca o Delfín Quishpe, con los que nos cobramos en privado el quinquenio del Evo y el revoltijo en el régimen discursivo provocado por las NTICs; ni con el arribismo de La Dama de la Cumbia o los DJs que por pinchar cumbia amazónica creen haber encontrado el doblez más obsceno del Estado Plurinacional. Robándole a uno que sabía mucho de esto: “Todo arte, y todo pensamiento, se estropea cuando aceptamos la autorización para consumirlo, para comunicarlo y disfrutarlo.” Eso mismo.

2.

La crónica parece una expresión literaria hecha a la medida de Bolivia. ¿Cómo empezó el Nuevo Periodismo en Estados Unidos? Con un texto sobre un concurso de guaripoleras, “Twirling at ole miss” de Terry Southern. Sí, claro que tenía el trasfondo de la segregación y todo eso, pero el enfoque y la técnica no pueden ser más distintos del origen latino de la crónica: Rodolfo Walsh y su Operación Masacre, un alegato duro y combativo. Perdonen el reduccionismo, pero lo cierto es que del New Journalism recordamos mucho más los “Fear and loathing” que “Black like me”, mientras en Sudamérica tenemos más presentes los textos al estilo de la “Fundación Nuevo Periodismo”, que emanan de una praxis provista de las armas del ensayo y del relato informativo, recelosa del autor protagonista. ¿En cuál de estas tradiciones encaja Bolivia? ¿En la vivencial-pop o en la sociológica-militante? No lo sé, pero creo que Bolivia a toda costa nos tiene que dar pistas, así como la aparición reciente de similares antologías y otros espacios de difusión de textos de no ficción.

Hablando de autores protagonistas, en Bolivia nos creemos el ombligo del mundo; estamos convencidos de que somos un país que, cuando es tratado como una idea, como nación-concepto, merece estar siempre en la agenda mediática. No en vano le declaramos la guerra a la Alemania nazi y Melgarejo se ocupó de sitiar a cañonazos el Vaticano. Sin embargo, cuando uno comienza a hablar de Bolivia por el individuo boliviano, todavía nos sentimos raros; pensamos que ese es un esfuerzo menor, egocéntrico, frívolo, reduccionista. Da risa cuando nos percatamos que es simplemente una cuestión de enfoque. Procesos complementarios, hasta conjugados: Micro-macro. Plano detalle-paneo. La aparición de antologías como ésta es una evidencia de que nuestros tiempos ya no están para disputas ontológicas dentro del periodismo o la literatura. Estamos felizmente convencidos de que se necesita otro tipo de herramientas, otros textos, para entender otros tiempos. Y ahí la crónica parece una expresión literaria hecha a la medida de Bolivia.

3.

Es probable que en 2050 los viejos archivos y cuentas de Twitter y Facebook sean para nuestros nietos una forma de folklore. Un mecanismo para transmitir una tradición, los usos y costumbres de un tiempo. Lo raro es que si “In the pines” o “Celia” sobrevivieron décadas de refinamientos colectivos, en lo que aquello más parecido a lo ideal permaneció, lo que heredarán nuestros nietos será una especie de legajo intimo repleto de comentarios en los márgenes. Una visión perfectamente personal del hecho objetivo, una puntita del ovillo del discurso de consenso. Seguimos buscando el juego de isonomías que será necesario operar sobre esa pluralidad, pero ese tipo de registro es algo a lo que la crónica se anticipó varias décadas –y no le hizo falta plataforma tecnológica alguna para ello.

Peor aún en la Bolivia de hoy, donde el avance de la hipermodernidad se está dando en paralelo a un proceso de reconfiguración simbólica profundísimo. Entender esa simultaneidad va a necesitar que diseñemos nuestras propias estrategias para lidiar con ella, si no queremos extraviarnos en el vértigo del correlato. Si como dice Michael Pisaro, el arte es el último dominio en el que la verdad y el ideal son relevantes y contemporáneos; la no ficción puede ser el reducto final (y perfecto) para “con el rigor de una demostración matemática, el sigilo de una emboscada nocturna y la altura de una estrella distante”, intentar darle sentido a estos tiempos agitados pero interesantes.

Fuente: La Ramona / Opinión



2 Respuestas »

  1. […] parece ser el género por excelencia para retratar las diferentes capas de la realidad boliviana. Bolivia a toda costa reúne crónicas del país andino. El esfuerzo de las editoriales paceñas que lo editan hace que […]

  2. […] favoritas de cualquier lector, La Central de la calle Mallorca. Me acompañó a la cita mi carnal Javier Rodríguez. Antes y después de la charla, Fresán pasó varios minutos en la sección de libros infantiles, […]

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